Educación para Adultos

 

Comentarios sobre la Torá del Canciller Schorsch
                (Seminario Teológico Judío de América)

 

Va-Ishlaj 5762
Bereshit - Génesis 32:4 - 36:43
1° de diciembre, 2001

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum



            El judaísmo no es una religión ascética. No considera una virtud la mortificación de la carne. Al final del Shabat, día dedicado a la renovación del cuerpo y del espíritu, le pedimos a Dios no solo que nos perdone nuestros pecados sino que también aumente el número de nuestros hijos y de nuestras finanzas. Cada mañana, al alistarnos para decir las oraciones, declaramos reconocer la obra de Dios en el funcionamiento perfecto de nuestros cuerpos maravillosamente intrincados. El judaísmo ha logrado evitar la dicotomía de la naturaleza humana entre lo físico, que no es sagrado, y lo espiritual, que es divino.

Esa perspectiva integrada ya está implícita en las narraciones del Génesis. Todos los patriarcas se
convirtieron en hombres de grandes riquezas. En la parashá de esta semana Jacob, quien 20 años antes escapó de la ira de su hermano con tan solo un cayado, regresa cargado de posesiones. El relato no muestra ni asomo de incomodidad ante el materialismo. Por el contrario, Jacob ordena preparar gran cantidad de regalos para mitigar el temido resentimiento de Esaú:

“Y pasó allí aquella noche; y tomó de lo que le vino a la mano un presente para Esaú, su hermano: doscientas cabras y veinte machos de cabrío; doscientas ovejas y veinte carneros; treinta camellas paridas con sus crías; cuarenta vacas y diez toros; veinte asnas y diez pollinos.” (Génesis 32:14-16)

Sospecho que, para nosotros, esta lista tan prosaica solo evocaría un comentario al efecto de que en verdad Jacob era un hombre rico. Pero el midrash citado por Rashi interpreta la lista de una manera sorprendente e inesperada. Lo que le impulsa es la observación de que esta lista parece destacar no solo la inclusión de machos y hembras en cada especie sino también una proporción distinta entre ellos. Así, doscientas cabras vienen con veinte machos cabríos. Entonces, bajo la superficie del texto en cuestión también subyace el tema de las obligaciones conyugales que el hombre le debe a su esposa, difícilmente objeto de interés para una religión con fuertes inclinaciones ascéticas.

Según la Torá, un marido debe proporcionarle a su esposa alimento, vestido y sexo; si no lo hace, ella tiene derecho a pedir el divorcio (Éxodo 21:10-11). Tanto las traducciones antiguas como los rabinos entendieron el término hebreo “oná” como los derechos conyugales de la mujer. El Prof. Nahum Sarna afirma en su comentario que: “Si estamos en lo correcto, ésta sería la única instancia en las leyes del antiguo Medio Oriente en que se estipula que una esposa tiene derecho a la gratificación sexual.” El midrash afirma esta obligación y después intenta definir subrepticiamente su extensión:

“Los hombres ociosos, todos los días. Los que trabajan, dos veces por semana; los marineros, una vez cada seis meses. ‘Doscientas cabras’ necesitan ‘veinte machos cabríos’. ‘Doscientas ovejas’ necesitan ‘veinte carneros’. ‘Treinta camellas paridas con sus crías’, esto es quince de cada una.” (Bereshit Rabá, 76:7)

Rashi añade las omisiones: “A mi juicio, la obligación de satisfacer los derechos conyugales de la esposa no es igual para todos los varones, sino que está definida por la labor en que se ocupa. Este es el punto en la frase “un macho cabrío para cada diez cabras” y también en “un carnero”, etc., pues están libres de trabajos y pueden dar rienda suelta al acto de apareamiento y, por ende, preñar fácilmente a diez cabras . . . Así mismo, cuando se trata de ganado que trabaja, solamente le concede cuatro hembras a cada macho, o a los asnos que recorren largas distancias, solo dos hembras por macho, o a los camellos que viajan aún más lejos, una hembra por cada macho.”
(la traducción es mía)

En conjunto, el midrash y Rashi conforman una movida exegética muy valiente. Las relaciones conyugales no son una concesión repugnante a la debilidad humana ni deben restringirse a la procreación. El derecho de la esposa a la intimidad no termina cuando su marido ha cumplido el mandamiento de engendrar al menos un hijo y una hija.  Aún más, la Mishná confirma que nuestro midrash no refleja un punto de vista aislado sino más bien normativo. Afirma categóricamente que está prohibido que un marido le niegue el sexo a su esposa por más de dos semanas, según la escuela de Shamai, o hasta por una semana, según la escuela de Hilel (Ketubot 5:6). Maimónides se inclina a favor de Hilel y exige el divorcio cuando el marido persiste en negarse a tener sexo con su esposa (Mishné Torá, Hiljot Ishut 14:6). El Talmud también le da derecho a la mujer de negarse a un cambio de trabajo de su marido si su nueva forma de ganarse la vida puede aumentar el tiempo en que estarán separados (TB Ketubot 62b). En resumen, el judaísmo rechaza el enfoque negativo que contempla la erradicación o supresión de los impulsos sexuales como el ideal humano.

Lo que encuentro igualmente digno de alabanza es el reconocimiento de las diferencias que existen entre los humanos. En lo que a las relaciones conyugales se refiere, el judaísmo le concede legitimidad al pluralismo en la práctica. La Mishná, que sustenta claramente nuestro Midrash, señala las expectativas que acompañan a cada línea de trabajo, incluso a la de los estudiantes de Torá, a quienes no se les permite ausentarse más de treinta días sin el consentimiento de sus esposas. No se da, sin embargo, ninguna base sacada de las escrituras. Simplemente se declama la taxonomía. Es el midrash el que inventa ingeniosamente la matriz de la Torá, reforzando así su empuje pluralista. Los derechos conyugales de la esposa constituyen un principio inviolable; en la práctica, hay campo para ajustarse a las circunstancias. A mi juicio, ambos demuestran un entendimiento iluminado de la realidad.

Finalmente, este midrash es un ejemplo de la interacción entre la ley y la interpretación, halajá y agadá. Los dos reinos no están herméticamente sellados uno del otro. Claramente se ve que, en este caso, la ley y su valor subyacente dieron origen a la exégesis. En otros casos, el flujo creativo se mueve en la dirección opuesta. La mente midráshica es una mente integral, que une la teoría y la práctica para encontrar siempre nuevos significados a las palabras de la Torá. Regado por muchas corrientes, el árbol de la vida del judaísmo nunca se marchita.

Shabat Shalom,

Ismar Schorsch

Ismar Schorsch es el Rector del Seminario Judío de Teología. La publicación y distribución del comentario del Dr. Schorsch de la parashá Va-Ishlaj ha sido possible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website.

 

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Última actualización:    16 de junio, 2003