|
El judaísmo no es una religión ascética. No considera una virtud la
mortificación de la carne. Al final del Shabat, día dedicado a la
renovación del cuerpo y del espíritu, le pedimos a Dios no solo que nos
perdone nuestros pecados sino que también aumente el número de nuestros
hijos y de nuestras finanzas. Cada mañana, al alistarnos para decir las
oraciones, declaramos reconocer la obra de Dios en el funcionamiento
perfecto de nuestros cuerpos maravillosamente intrincados. El judaísmo ha
logrado evitar la dicotomía de la naturaleza humana entre lo físico, que
no es sagrado, y lo espiritual, que es divino.
Esa perspectiva integrada ya está
implícita en las narraciones del Génesis. Todos los patriarcas
se convirtieron en hombres de grandes riquezas. En la parashá de esta
semana Jacob, quien 20 años antes escapó de la ira de su hermano con tan
solo un cayado, regresa cargado de posesiones. El relato no muestra ni
asomo de incomodidad ante el materialismo. Por el contrario, Jacob ordena
preparar gran cantidad de regalos para mitigar el temido resentimiento de
Esaú:
“Y pasó allí aquella noche; y tomó
de lo que le vino a la mano un presente para Esaú, su hermano: doscientas
cabras y veinte machos de cabrío; doscientas ovejas y veinte carneros;
treinta camellas paridas con sus crías; cuarenta vacas y diez toros;
veinte asnas y diez pollinos.” (Génesis 32:14-16)
Sospecho que, para nosotros, esta
lista tan prosaica solo evocaría un comentario al efecto de que en verdad
Jacob era un hombre rico. Pero el midrash citado por Rashi interpreta la
lista de una manera sorprendente e inesperada. Lo que le impulsa es la
observación de que esta lista parece destacar no solo la inclusión de
machos y hembras en cada especie sino también una proporción distinta
entre ellos. Así, doscientas cabras vienen con veinte machos cabríos.
Entonces, bajo la superficie del texto en cuestión también subyace el tema
de las obligaciones conyugales que el hombre le debe a su esposa,
difícilmente objeto de interés para una religión con fuertes inclinaciones
ascéticas.
Según la Torá, un marido debe
proporcionarle a su esposa alimento, vestido y sexo; si no lo hace, ella
tiene derecho a pedir el divorcio (Éxodo 21:10-11). Tanto las traducciones
antiguas como los rabinos entendieron el término hebreo “oná” como los
derechos conyugales de la mujer. El Prof. Nahum Sarna afirma en su
comentario que: “Si estamos en lo correcto, ésta sería la única instancia
en las leyes del antiguo Medio Oriente en que se estipula que una esposa
tiene derecho a la gratificación sexual.” El midrash afirma esta
obligación y después intenta definir subrepticiamente su
extensión:
“Los hombres ociosos, todos los
días. Los que trabajan, dos veces por semana; los marineros, una vez cada
seis meses. ‘Doscientas cabras’ necesitan ‘veinte machos cabríos’.
‘Doscientas ovejas’ necesitan ‘veinte carneros’. ‘Treinta camellas paridas
con sus crías’, esto es quince de cada una.” (Bereshit Rabá,
76:7)
Rashi añade las omisiones: “A mi
juicio, la obligación de satisfacer los derechos conyugales de la esposa
no es igual para todos los varones, sino que está definida por la labor en
que se ocupa. Este es el punto en la frase “un macho cabrío para cada diez
cabras” y también en “un carnero”, etc., pues están libres de trabajos y
pueden dar rienda suelta al acto de apareamiento y, por ende, preñar
fácilmente a diez cabras . . . Así mismo, cuando se trata de ganado que
trabaja, solamente le concede cuatro hembras a cada macho, o a los asnos
que recorren largas distancias, solo dos hembras por macho, o a los
camellos que viajan aún más lejos, una hembra por cada macho.” (la
traducción es mía)
En conjunto, el midrash y Rashi
conforman una movida exegética muy valiente. Las relaciones conyugales no
son una concesión repugnante a la debilidad humana ni deben restringirse a
la procreación. El derecho de la esposa a la intimidad no termina cuando
su marido ha cumplido el mandamiento de engendrar al menos un hijo y una
hija. Aún más, la Mishná confirma que nuestro midrash no refleja un
punto de vista aislado sino más bien normativo. Afirma categóricamente que
está prohibido que un marido le niegue el sexo a su esposa por más de dos
semanas, según la escuela de Shamai, o hasta por una semana, según la
escuela de Hilel (Ketubot 5:6). Maimónides se inclina a favor de Hilel y
exige el divorcio cuando el marido persiste en negarse a tener sexo con su
esposa (Mishné Torá, Hiljot Ishut 14:6). El Talmud también le da derecho a
la mujer de negarse a un cambio de trabajo de su marido si su nueva forma
de ganarse la vida puede aumentar el tiempo en que estarán separados (TB
Ketubot 62b). En resumen, el judaísmo rechaza el enfoque negativo que
contempla la erradicación o supresión de los impulsos sexuales como el
ideal humano.
Lo que encuentro igualmente digno de
alabanza es el reconocimiento de las diferencias que existen entre los
humanos. En lo que a las relaciones conyugales se refiere, el judaísmo le
concede legitimidad al pluralismo en la práctica. La Mishná, que sustenta
claramente nuestro Midrash, señala las expectativas que acompañan a cada
línea de trabajo, incluso a la de los estudiantes de Torá, a quienes no se
les permite ausentarse más de treinta días sin el consentimiento de sus
esposas. No se da, sin embargo, ninguna base sacada de las escrituras.
Simplemente se declama la taxonomía. Es el midrash el que inventa
ingeniosamente la matriz de la Torá, reforzando así su empuje pluralista.
Los derechos conyugales de la esposa constituyen un principio inviolable;
en la práctica, hay campo para ajustarse a las circunstancias. A mi
juicio, ambos demuestran un entendimiento iluminado de la
realidad.
Finalmente, este midrash es un
ejemplo de la interacción entre la ley y la interpretación, halajá y
agadá. Los dos reinos no están herméticamente sellados uno del otro.
Claramente se ve que, en este caso, la ley y su valor subyacente dieron
origen a la exégesis. En otros casos, el flujo creativo se mueve en la
dirección opuesta. La mente midráshica es una mente integral, que une la
teoría y la práctica para encontrar siempre nuevos significados a las
palabras de la Torá. Regado por muchas corrientes, el árbol de la vida del
judaísmo nunca se marchita.
Shabat Shalom,
Ismar Schorsch
Ismar Schorsch es el
Rector del Seminario Judío de Teología. La publicación y distribución
del comentario del Dr. Schorsch de la parashá Va-Ishlaj ha sido possible
gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l)
Hassenfeld.
Este
comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de
Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido
supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la
Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo
Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión
original en ingles, en este mismo
website. |