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Cuando Franz Rosenzweig publicó su poco convencional traducción de 92 poemas en hebreo de Iehudá Halevi, comenzó su prólogo modestamente con una petición del traductor alemán de La Ilíada: “O querido lector, aprende griego y tira al fuego mi traducción.”
Mi empeño por transmitir la sensación de vastedad en el almacén de la interpretación creativa de la Torá, amasada por los judíos a través de los siglos, recoge ese mismo ruego. Sin un poco de conocimiento de hebreo, es casi imposible apreciar el uso inventivo del lenguaje de los exégetas judíos, lenguaje como herramienta para preservar la fluidez y fecundidad del texto bíblico. La fe en la divinidad del texto transformó sus palabras y letras en materia casi infinitamente maleable. El midrash termina siendo el polo opuesto de la perspectiva fundamentalista.
Mi ejemplo para ilustrar este fermento espiritual es un simple versículo en la parashá de esta semana, un detalle notable dentro de una emocionante narración que demostró ser un callejón sin salida para los racionalistas, y una fuente de inspiración para los místicos. El cambio de una única letra hebrea hizo fértil a lo inerte. Antes de expulsarlos del Jardín del Edén por haber comido del árbol del conocimiento del bien y del mal, Adán y Eva fueron vestidos por Dios: “E hizo el Señor Dios para el hombre y para su mujer túnica de piel, y los vistió” (3:21).
En el relato, este despliegue repentino de ternura divina viene inmediatamente después de los duros castigos infligidos por Dios a Adán y Eva y la serpiente, al haber fracasado a la hora de obedecer la única prohibición explícita que gobernaba la vida humana en el Jardín. Aún más, Adán y Eva ya no estaban desnudos. Inmediatamente después de su pecado “se abrieron los ojos de entrambos, y conocieron que estaban desnudos; y cosieron hojas de higuera, e hicieron para si ceñidores” (3:7). En consecuencia, el gesto solícito de Dios pareciera tan inesperado como innecesario: una expresión fugaz de dolor por el destino que le espera a la humanidad fuera del Jardín.
En el siglo XII, Abraham Ibn Ezra, un comentarista bíblico español de los mejores, de tendencia decididamente racionalista, trató de descifrar lo que verdaderamente sucedió en este indecoroso momento de antropomorfismo. Se decidió por tres posibles explicaciones. La primera: Adán y Eva habían sido creados sin una capa externa de piel. Anatómicamente, estaban hechos de carne y huesos. Tal vez solo necesitaban eso en el ambiente protegido del Edén. Ahora, movido por la preocupación, Dios les ciñó una epidermis.
La segunda: la frase “túnicas de piel” podía entenderse simplemente como vestidos con que cubrir su piel. Y finalmente, Ibn Ezra cita otra opinión que sostiene que, en ese tiempo, existía un animal con la misma forma del ser humano, y Dios lo despellejó para beneficio de los hombres. Pero tras esa rebuscada conjetura, no hubo más. El racionalismo de Ibn Ezra no lo pudo llevar más lejos. Con un dejo de escepticismo, confiesa extrañamente su fe en la credibilidad del texto: “Este es el fin de nuestra investigación. Creamos simplemente que Dios hizo vestidos para Adán y su esposa. Pues, ¿quién puede hacer un recuento de los actos poderosos de Dios, y quién puede contar las proezas y maravillas de Dios? ¡La grandeza de Dios no tolera el escrutinio!” (ad loc. 3:21).
Un siglo mas tarde, con el cambio de una única letra, el clásico de misticismo judío, el Zohar, un comentario bíblico escrito también en España, logró despejar el callejón sin salida con el que había tropezado Ibn Ezra. El contexto para este movimiento exegético fue una discusión sobre las vestimentas especiales usadas por Aarón al oficiar en el santuario del desierto, el Tabernáculo. Debido a la santidad del lugar, sus vestidos eran en realidad semejantes a los usados en el mundo celestial, hechos de restos de pura luz (“hilo azul celeste y púrpura y carmesí”). El Zohar interpretó el raro y opaco sustantivo serad en bigdei serad (vestidos de serad – Éxodo 39:1, 41) como derivado del verbo sarad, que significa sobrevivir o sobrar, es decir, restos. Puesto que el Tabernáculo era una isla del cielo en la tierra, la vestimenta sacerdotal consistía de restos provenientes de lo alto. La santidad del sitio determinaba la naturaleza etérea del traje.
Según el Zohar, el Jardín del Edén era igual de sagrado. No debemos imaginar que antes de las “túnicas de piel” hechas por Dios, Adán y Eva estaban completamente desnudos. Por el contrario, su atavío original, igual que el de Aarón en el tabernáculo, consistía de luz, en consonancia con la pureza de su paraíso terrenal. En hebreo, las palabras para luz y piel son homónimas; ambas se pronuncian ‘or pero se escriben diferente, luz con alef y piel con ayin. Esa semejanza lingüística permitió al Zohar remontarse: por haber pecado, Adán y Eva tuvieron que sufrir el que sus vestidos de luz celestial fueran reemplazados por “túnicas de piel”, las cuales simplemente protegían pero ya no iluminaban. En efecto, no era su forma exterior lo que había cambiado sino su forma interior. Fuera del paraíso, ya no había consuelo ni seguridad ni sabiduría (Zohar II, 229a-b). La luz etérea, que alcanzaba a cubrir a todo lo humano, había mermado.
Aproximadamente tres siglos y medio después, otro cabalista, Isaías Horowitz, autor de un trabajo meta-halájico de gran alcance y poder, hizo de la explosiva distinción del Zohar entre vestidos de luz y vestidos de piel el eje central de su perspectiva mística. Nuestros vestidos constituyen nuestras limitaciones cognitivas. Despojados de la luz del Edén, ya no somos capaces de distinguir la conexión entre cielo y tierra, entre espíritu y materia. Hasta la perfección de la Torá nos elude. En el Edén, por ejemplo, habríamos reconocido instantáneamente que la Ley Oral (el Talmud) era una parte integral de la Ley Escrita, y nunca hubiéramos tenido la necesidad de extraerla mediante el estudio y la interpretación concienzuda, o de preservarla en forma escrita. La expulsión del paraíso hizo que todo fuera mucho más oscuro e impenetrable. De todos los seres humanos posteriores, solamente Moisés alcanzó los poderes espirituales e intelectuales que una vez estuvieron destinados a ser nuestra dote común. (Shnei Lujot Habrit, Israel 1997, Pesajim 348-355).
En retrospectiva, entonces, la profesión de fe de Ibn Ezra fue una declaración de pobreza racionalista, mientras que el ardor espiritual de los místicos transformó el barro en oro.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
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de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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