|
Mis tíos nunca tuvieron hijos. En realidad, mi hermana y yo fuimos su familia sustituta. Los visitábamos a menudo, pasábamos los veranos con ellos y los queríamos muchísimo. En Alemania, mi tío había sido vendedor de telas. Cuando llegaron a América en 1937, decidió trabajar con perros, su pasión de toda la vida, en lugar de seguir con los textiles. Eventualmente, pudieron comprar una perrera en Yaphank, Long Island, y rápidamente, gracias al trabajo duro, se hicieron de un nombre. Hospedaban, criaban y hasta exhibían perros. Mi tía crió más de una camada de perritos con chupón. La clave para su éxito fue el amor que sentían por los animales, que cuidaban como si fueran sus hijos. Aunque su casa era muy pequeña, siempre hubo campo en ella para un dachshund, un poodle o un pastor alemán. En nuestro apartamento, cerca de un secretaire alemán que data de 1883 y que siempre estuvo en su casa, tenemos una foto en blanco y negro de mi tía y mi tío en su jardín, junto a dos de sus queridos pastores alemanes. Los recuerdo con cariño por muchas razones, pero sobre todo por la forma tan creativa que tuvieron para sobreponerse al vacío que tenían en el centro de sus vidas.
El tema de la infertilidad ocupa un lugar principal en la literatura bíblica. La lista de mujeres con dificultades para concebir es larga y distinguida: Sara, Rebeca, la madre sin nombre de Sansón y Jana, la madre de Samuel el profeta. La Biblia está llena de tristeza. La realidad pareciera burlarse del ideal. El primer mandamiento mismo de las Escrituras a Adán y Eva, repetido a Noé tras el diluvio en un lenguaje casi idéntico, es llenar la tierra de descendencia (1:28; 9:1). Adán le pone de nombre a su esposa Javá, "la madre de todos los vivientes" (3:20), a pesar de las pruebas que les esperan fuera del Edén. Y aun así, en los relatos siguientes, se siente una ansiedad profunda por la infertilidad. El foco de atención no es la mortalidad infantil, de seguro más común y aguda, sino la incapacidad, una y otra vez, para concebir hijos.
Al comienzo de la historia de Abraham, al final de la parashá de esta semana, se introduce el tema de refilón: "Y Sarai era estéril, y no tenía hijos" (11:30). La escena se desarrolla en Ur de los caldeos, en el sur de Irak, cerca del Golfo Pérsico. La corta narración, sin embargo, implica que la infertilidad de Sarai corre en la familia. Téraj, el padre de su esposo Abram, logra engendrar a sus tres hijos (Abram, Nahor y Harán) solo después de alcanzar los setenta años, lo que equivale al doble de la edad de sus ancestros. De los tres hijos, Abram no tiene hijos propios, y aunque Najor se casa con la hija de otro hombre llamado Harán, todavía no hay noticias de ninguna descendencia. Harán, el hijo menor de Téraj, tiene un solo hijo, Lot, y después muere súbitamente. Así pues, Téraj disfrutaba en ese tiempo de un único nieto.
En su extenso comentario bíblico, Don Isaac Abravanel sugiere que fue esta pausa en la progenie lo que movió a Téraj a dejar su lugar de nacimiento, para dirigirse a la tierra de Canaán. La Torá relata la partida, sin mencionar la razón: "Y Téraj tomó a Abram, su hijo, y a Lot, hijo de Harán, el hijo de su hijo, y a Sarai, su nuera, mujer de Abram, su hijo, y salieron juntos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán. Y llegaron a Jarán, y se asentaron allí" (11:31). Según Abravanel, Téraj, perturbado por las desdichas que habían caído sobre su familia, buscó cambiar su suerte cambiando su lugar de residencia. El destino de la familia extendida estaba encapsulado en la condición de Sarai.
Pero por supuesto, una vez que se asentaron en Canaán, el futuro de Sara y Abraham continuó siendo incierto. La prosperidad y el poder no trajeron consigo la fecundidad. La promesa divina de una descendencia igual a las estrellas del cielo o a la arena a la orilla del mar, solo exacerbó la dolorosa realidad (15:5; 22:17). Aun cuando, momentáneamente, en Egipto y un poco mas tarde, bajo los reinados de David y Salomón, el antiguo Israel alcanzó un nivel de preponderancia numérica, esto no perduró; para la época de la restauración bajo el dominio de los persas, en las décadas finales del siglo VI aEC, el minúsculo número de exiliados que regresaron apenas llenó Jerusalén. El lenguaje encumbrado del Segundo Isaías, la haftará para este Shabat, profetizó una restauración diferente, en la que el estado endémico de infertilidad nacional terminaría para siempre:
¡Canta, oh estéril, tú que no parías:
prorrumpe en cánticos y alza el grito de júbilo, tú que no estuviste de parto!
Porque más son los hijos de la desolada que los de la casada, dice el Señor. (54:1)
En realidad, excepto en casos muy raros, los números pequeños siempre han sido la plaga del pueblo judío. La precariedad de existir como minoría, con su concurrente desgaste, ha cobrado una pérdida segura. Aunque ninguna pérdida ni siquiera se acerca al impresionante número de seis millones de judíos asesinados por los nazis y sus cómplices, nuestra recuperación numérica a partir de 1945 ha sido penosamente lenta. El profesor Della Pergola, de la Universidad Hebrea, calcula que la población judía mundial en el año 2002 se acercaba a los trece millones, o casi dos millones más que los once millones vivos en 1945, pero todavía cuatro millones por debajo de los diecisiete millones anteriores al Holocausto. Lo que ha impedido esa recuperación no es ya la persecución, sino las consecuencias de vivir con seguridad en una sociedad abierta.
En los Estados Unidos, según el más reciente Estudio de Población Judía Nacional, el número total de judíos ha mermado en aproximadamente 300,000 personas desde la última década del siglo XX, para un total de 5,200,000 judíos. Mucho más alarmante a este respecto es el patrón cada vez más extendido de postergar el tener hijos. En cada uno de los rangos entre los 25-29 años y los 30-34 años, más de la mitad de las mujeres judías todavía no tienen hijos, un promedio que excede en mucho al de sus contrapartes americanas. Aunque el promedio de nacimientos se estrecha en los dos rangos siguientes, las mujeres judías conciben en promedio solamente 1.86 hijos, comparados a los 1.93 hijos que conciben las mujeres americanas. De seguro, ninguna de estas proporciones se acerca a la proporción de reemplazo de 2.1, pero cuando unimos el promedio judío con la proporción de 47% de matrimonios mixtos, en los que solamente el 33 por ciento de los niños serán criados como judíos, la estabilidad a largo plazo de la judería americana se ve seriamente amenazada.
Al final de la ceremonia de havdalá, que concluye el Shabat, es costumbre cantar un poema medieval en el que se pide la salvación de Dios. La primera estrofa impone el tono: "Quiera Dios, quien separa lo sagrado de lo profano, perdonar mis pecados y aumentar mi simiente y riqueza, como la arena y las estrellas en la noche." El carácter urgente de la prédica refleja el sino de vivir en el margen de la sociedad civil. ¡Qué triste sería si, tras 350 años de haber llegado a América, donde los judíos han logrado un grado de bienestar y prosperidad sin precedentes en nuestra experiencia de la Diáspora, despreciáramos la obligación religiosa de reproducirnos en números lo suficientemente grandes como para florecer comunalmente!
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Noaj ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|