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El judaísmo es una religión de polaridades. Una perspectiva más profunda de la realidad requiere de un estetoscopio. Ningún lente común puede hacerle justicia a ningún aspecto de la complejidad de nuestra experiencia del mundo. Veamos un ejemplo entre muchos: según el Rabí Yojanan (amora palestino del siglo III), “Dondequiera que encontramos en las Escrituras una descripción de la grandeza de Dios, siempre encontramos en el mismo pasaje una descripción de la humildad de Dios” (Talmud Meguilá 31a). Este patrón se aplica a las tres secciones de las Escrituras, aunque me referiré a solo una de las citas de R. Yojanán. En la Torá, Moisés retrata al Dios de Israel como “Dios supremo y Señor supremo; Dios grande, poderoso y terrible”. Pero inmediatamente después Moisés añade que este mismo Dios “hace justicia al huérfano y a la viuda, y ama al extranjero, dándole pan y vestido.” (Deuteronomio 10:17-18)
La verdad de la percepción teológica de R. Yojanán reside en su equilibrio. La grandeza irrefutable de Dios como creador del cosmos también acepta un despliegue de la empatía de Dios por los sufrimientos de todos y cada uno de los individuos en desgracia. Experimentamos repetidamente ambas dimensiones de Dios. La lejanía de Dios no pone fuera de nuestra alcance lo divino, ni Su cercanía engendra irrespeto. Intelectualmente, nos inclinamos ante el temor reverencial incomprensible que nos inspira Dios, pero emocionalmente, nos mantenemos a flote por el sentimiento de la presencia solícita de Dios, especialmente en épocas de tragedia. Al nunca separar estas caras contrastantes de Dios, el Tanaj implícitamente afirma la proposición de que Dios es tanto trascendente como inmanente. La ingenuidad exegética de R. Yojanán formula una teología bipolar, que capta la realidad completa de Dios en nuestras vidas.
Lo que me interesa en este momento, sin embargo, es usar esta polaridad de grandeza y humildad para comprender el carácter de Abraham. Si la imitatio dei (imitación de lo divino) es la escala mas elevada del comportamiento religioso, entonces la vida de Abraham revela una mezcla bastante consistente de poder y restricción. Aunque no en todos los casos, Abraham generalmente parece renuente a invocar la fuerza, no por causa de su pasividad o debilidad, sino precisamente por su fuerza.
Él y Sara regresan de Egipto a la tierra de Canaán colmados de bienes terrenales, “ganado, plata y oro” (13:2). Viajan despacio por el peso de sus posesiones. Aunque todavía extranjero, Abraham ya no carece de poder. Hasta su sobrino y compañero, Lot, ha amasado una riqueza considerable. En efecto, entre ambos exceden la capacidad de su tierra para alimentar sus rebaños, y sus mayordomos pronto sucumben a los pleitos. Sin embargo Abraham, fuente de la buena fortuna de Lot, decide no tomar partido. Más bien sugiere separar a las familias, concediéndole magnánimamente a Lot ser el primero en elegir el lugar donde quiere asentarse: “Si tú te diriges a la izquierda, yo iré a la derecha; y si tú tomares por la derecha, yo tomaré por la izquierda” (13:9). Cuando Lot se apodera de la tierra más fértil, Abraham todavía no vacila. En ningún momento de el relato hace valer su autoridad, para imponer su voluntar sobre su irrespetuoso y codicioso sobrino. Por la razón que sea, ya sea por el deseo de evitar conflictos o porque está cegado por el amor, se rehúsa a resolver la disputa por la fuerza.
Abraham hace uso de la fuerza sólo como último recurso. Cuando cuatro reyes provenientes del este invaden la región y saquean Sodoma y Gomorra, tomando a Lot y su casa como rehenes, Abraham los persigue con sus propias tropas, liquidándolos con un atrevido asalto nocturno. No solo rescata a Lot y a su casa, sino que también le restituye propiedades al rey de Sodoma. A pesar de los apremios del rey, Abraham no toma más que las provisiones que sus hombres han consumido y la parte que por derecho le corresponde a sus aliados.
De nuevo, lo que me impresiona es la demostración extraordinaria de moderación. Tras su asombrosa victoria, Abraham podría haberse apoderado del dominio sobre toda la región, convirtiendo la promesa divina en realidad política. Pero la victoria no equivale a la autorización. Abraham se rehúsa a sacar provecho de sus hazañas. Aun más, en el episodio siguiente, Abraham acepta sin protestar una triste promesa divina: su progenie no tomará posesión de la tierra por los siguientes cuatrocientos años, y después solo lo logrará tras una experiencia brutal de esclavitud en tierra extranjera (15:13). La seguridad de una descendencia próspera e innumerable probablemente fue para Abraham un pequeñísimo consuelo. La yuxtaposición de estas historias en la narración demuestra una dialéctica notable entre el poder y la modestia. La política divina se rige por sus propias reglas.
Un tercer episodio de nuevo deja ver claramente la aversión de Abraham por el uso de la violencia. En este caso, justamente celebrado, procura suavizar la mano de Dios cuando quiere arrasar las pecadoras ciudades de Sodoma y Gomorra. No encuentra ningún placer en la idea de ver a los malvados recibir su justo castigo. Trata de avergonzar a Dios al contemplar la destrucción de unos pocos justos junto a una multitud malvada. ¿Pero cuántos buenos ciudadanos serán necesarios para salvar una ciudad malvada? Comenzando con cincuenta, termina en diez, el número mínimo indispensable para impedir la destrucción de las ciudades gemelas donde Lot se apresuró a conformar su casa. Como saldo a su favor, Abraham logró torcer la libertad de acción de Dios. Su aborrecimiento de la violencia logró extraer de Dios un punto de referencia al alcance de la mayoría de las poblaciones urbanas.
En resumen, la compasión de Abraham por sus hermanos humanos provino de un vigor y una vitalidad firme. Su virtud quedó demostrada en su auto dominio mas que en su dominio sobre los demás. Criado en un mundo de muchos dioses y mucha crueldad, Abraham personificó el logro heroico de ir más allá de sus dotes naturales. En las altisonantes palabras del observador alemán, Friedrich Nietzsche, los miembros más sublimes de la humanidad son aquellos que logran subyugar y subliminar sus pasiones indómitas y sus impulsos malvados: “Verdaderamente, a menudo me he reído de los débiles que se consideraban a sí mismos buenos por su carencia de garras” (El Nietzsche Portátil, traducción de Walter Kaufmann, pág. 230). Solamente aquél tocado por la grandeza puede ser verdaderamente humilde.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Lej-Lejá ha sido posible gracias a la generosa donación
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La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión Judía
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Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe,
con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en
español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación
B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearit
Israel, Panamá.
Versión original en inglés.
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