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En 1981, la Union of American Hebrew Congregations (UAHC) publicó “La Torá: Un Comentario Moderno”, admirablemente editado por el Rabino W. Gunther Plaut. En su papel de primer comentario reformista, combinaba una perspectiva erudita resuelta con una reverencia por las lecturas tradicionales. Sin embargo, el trop quedó visiblemente ausente del texto hebreo; trop, término en ídish que designa las notas musicales por medio de las cuales se canta la Torá en la sinagoga. La omisión reflejó la práctica reformista: en la mayoría de las sinagogas reformistas donde se lee la Torá, se lee literalmente; no se canta. Pero la omisión desató una tormenta de críticas, hasta que la UAHC sacó una segunda edición que incluía el trop.
Esta historia casi olvidada es un tributo al poder de nuestro antiguo sistema de canto. Los textos sagrados se deben cantar; sólo los textos profanos son leídos. Rabí Iojanán, Amora palestino del siglo III, llegó hasta a asegurar que quienquiera que estudiara Torá o Mishná sin salmodiar el texto, se apegaba a las oscuras palabras de Ezequiel: “Y además, les he dejado andar en estatutos que no eran buenos, y en preceptos en los cuales no podrían vivir” (Ezequiel 20:25; Talmud Meguilá 32a). En efecto, existen manuscritos babilónicos en los que los pasajes de la Mishná vienen marcados con trop, al igual que algunas de las primeras ediciones de la propia Mishná (Sabioneta).
La música no solo le quita a un texto el efecto adormecedor de lo ordinario; también facilita su memorización. Y la cultura rabínica era en gran parte oral. Al profesor Yojanán Muffs, de la facultad del JTS, uno de los mejores estudiosos de la Biblia en el mundo, le encanta recordar cómo, siendo un jovenzuelo que trataba de aprender pasajes del Tanáj, acostumbraba sentarse al piano a ponerles música. Antes de la invención de la imprenta, los judíos en la sinagoga rezaban y escuchaban la lectura de la Torá sin el beneficio de ningún texto escrito. La música servía como medio de transmisión.
Con toda seguridad, diferentes comunidades judías desarrollaron diferentes versiones de la salmodia. Para el Shabat Lej Lejá, la Escuela Cantoral H.L.Miller del JTS, en conjunto con el Archivo Milken de Música Judía Americana, cantaron un servicio como hubiera sonado en una sinagoga sefardita colonial. El trop poco modulado de la Torá era mucho menos melodioso que el trop de Europa Oriental, al que estamos acostumbrados en nuestras sinagogas conservadoras.
A mi llegada al Campamento Ramá para mi primer verano como consejero, en 1955, todavía acostumbraba cantar, tanto la Torá como las haftarot (porciones proféticas), apegado a las salmodias alemanas de mi padre. Ese verano, me tocó ser consejero de un dormitorio de revoltosos niños de doce años. El más ruidoso era también el más versado en judaísmo. Intuitivamente, decidí ganarme su cooperación pidiéndole que me enseñara su trop estilo Europa Oriental. El truco resultó. Aprendí a cantar un nuevo trop y el grupo se hizo más manejable. Pero hasta el día de hoy soy un alma dividida. Continúo cantando la haftará de acuerdo al encantador trop alemán de mi infancia.
El término hebreo para trop es te’amim, una forma plural para designar marcas de acentos. Como las vocales, estas marquitas aparecen sólo en las ediciones impresas, pero nunca en los rollos de la Torá de los que leemos. Una nota musical acompaña a cada palabra de la Torá. La función de los te’amim va mucho más allá de la música. El lugar donde se encuentre la marca indica la sílaba que debe acentuarse. Cuando uno canta en público o estudia a solas, es importante pronunciar las palabras correctamente. Los te’amim proporcionan además un sistema de puntuación para el texto, que lo divide en unidades tales como oraciones, cláusulas o frases. Algunos te’amim unen, mientras que otros separan. Finalmente, los te’amim más distintivos le añaden matices e interpretación a las palabras señaladas.
Nuestra parashá contiene un ejemplo maravilloso de esta función interpretativa. Esta marca en particular se llama shalshelet o cadena. Con su forma ondulada, parece un gusano, y aparece siempre sobre la palabra que la rige. Su sonido extendido, más largo que el de cualquier otra marca, se refleja en su forma, esto es, ondula de arriba hacia abajo en la escala dos veces antes de terminar en un tercer ascenso. La música connota un torbellino emocional, como sería de esperarse en el caso que nos ocupa.
Abraham, de edad muy avanzada y deseoso de arreglar un matrimonio para su hijo Isaac, envía al mayordomo de su casa de vuelta a Mesopotamia para que le encuentre una pareja idónea. La narración está llena de ternura. El siervo llega al lugar y se dirige a la fuente donde se reúnen las mujeres. Viéndose totalmente solo, le pide ayuda al Dios de Abraham. Sobre la primera palabra de la narración, “vaiomar” (y él dijo), aparece una shalshelet, que logra transmitir toda la angustia y emoción que siente el siervo al enfrentarse a tan imposible misión (Génesis 24:12). ¡Qué elección tan inspirada para llenar de vida la lectura!
No sorprende que la shalshelet, que ocurre solamente siete veces en toda la Torá, señale el libro del Génesis. La vimos la semana pasada en el rescate de Lot por los mensajeros divinos, cuando lo libraron de las ciudades condenadas de Sodoma y Gomorra. A pesar de la urgencia, la indecisión paraliza a Lot: “Mas él se demoraba y trabaron los varones de su mano, y de la mano de su mujer, y de la mano de sus dos hijas...” (19:16). La shalshelet viene unida al raro verbo que significa demorar, para subrayar el estado emocional de Lot.
Y la veremos de nuevo en la fracasada seducción de José en Egipto, por la esposa de Putifar. Él rechaza sus avances: “Y aconteció, después de estas cosas, que la mujer de su amo puso sus ojos en José y dijo: ‘¡Acuéstate, por favor, conmigo!’ Mas él rehusó” (Génesis 39:7-8). La última palabra viene marcada por otra shalshelet, lo que sugiere que la respuesta de José solo fue dada tras una lucha interna.
En resumen, leer la parashá sin el trop equivale a leer tan solo una tercera parte de ella. Ambos ejemplos violentarían el delicado y multifacético tejido del texto. El valor real de Etz Jaim, el nuevo comentario conservador de la Torá, es proporcionarnos un maravilloso medio para el estudio en casa. En la sinagoga, debemos ser tocados por la música del Monte Sinaí tanto como por el mensaje. Saquémosle provecho a los productos de educación judía seria que tenemos entre nosotros, tanto nuevos como antiguos, para crear una alberca siempre creciente de lectores de Torá competentes.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Jaié Sará ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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