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Al igual que su padre Abraham, Isaac se ve obligado a refugiarse en la ciudad de Guerar, en el Néguev occidental, al noroeste de Beer Sheva, para escapar de la hambruna. La abundancia de agua para sus enormes rebaños es lo que los lleva a cambiar de lugar, y es precisamente sobre el agua que ambos patriarcas disputan con los locales. En el primer caso, Abraham acusa al soberano de Guerar, Abimélej, de haber hecho a sus sirvientes apoderarse de un pozo excavado por él. Abimélej afirma ser ignorante del robo y se muestra dispuesto a llegar a un arreglo, lo que tiene como desenlace el que Abraham y él hagan un pacto. Un regalo de siete ovejas hecho por Abraham servirá para establecer legalmente su carácter de propietario del pozo. En efecto, según el relato bíblico, de este pacto se origina el nombre Beer Sheba, “el pozo de siete”. En esa época, el dominio de Guerar debía llegar hasta más al este de Beer Sheva, que aparentemente carecía de gobernante propio (21:22-32).
Pero el pacto no sobrevivió a los firmantes. Una generación después, los habitantes de Guerar, identificados ahora como filisteos, habían rellenado los pozos cavados por Abraham. Conforme Isaac se hizo más rico, en parte gracias a la agricultura, se fueron acumulando las tensiones, hasta el punto en que un tocayo de Abimélej le pidió a Isaac que se fuera, “porque eres mucho mas fuerte que nosotros” (26:16). Se nos dice que Isaac obedeció, mudándose al valle de Guerar, donde volvió a excavar los pozos de su padre. Para reforzar su reivindicación, Isaac los llamó con los mismos nombres usados por su padre. En vano, pues los pastores de Guerar lucharon con los pastores de Isaac por el agua, e Isaac se vio forzado a mudarse de nuevo. Antes de irse, sin embargo, “llamó al pozo con el nombre Esek (riña), porque riñeron con él” (26:20).
La nueva mudanza tampoco mejoró la situación de Isaac. El siguiente pozo que excavó también se vio envuelto en amarga disputa, preservándose con el duro nombre de Sitná (acusación), llamado así por Isaac. La disputa no cejó hasta tanto no se excavó el tercer pozo. Para señalar el cese de hostilidades, Isaac llamó a este tercer pozo Rejovot, “Porque ahora el Señor nos ha dado holgura (hirjiv, una forma verbal de Rejovot), y seremos fecundos en el país“ (26:22). Es claro, entonces, que el nombre de cada pozo tenía la intención de describir las circunstancias que rodearon su uso. Entonces como ahora, el agua era un recurso natural muy preciado.
Najmánides consideró el valor de este relato menor como demasiado prosaico para ser incluido en la Torá. Un místico que escapó de Aragón hacia Palestina, donde escribió su comentario bíblico tras su disputa pública con la Iglesia en 1263, Najmánides estaba convencido de que la narración tenía un significado escondido. La clave está en la frase beer maim jaim (literalmente, un pozo de agua viva) en 26:19, que según Najmánides es una alusión al Templo de Dios, “la Fuente de aguas vivas” (Jeremías 17:13). Desde esta perspectiva, la historia se puede leer como una profecía críptica de lo que pasaría con los templos construidos por los descendientes de Isaac en un futuro distante.
Entonces, el nombre Esek (riña) se refiere a la contienda que periódicamente se levantaría alrededor del primer Templo, hasta que los gentiles finalmente lo destruyeron (en el 586 a.E.C.). El nombre Sitná (acusación), un término más duro que Esek, hace referencia a la fiera resistencia por parte de los samaritanos a la construcción del Segundo Templo por los antiguos habitantes de Judea, tras su regreso del exilio. En los primeros días de Asuero, los samaritanos presentaron una denuncia (sitná) oficial ante las autoridades persas para frustrar el proyecto (Ezra 4:6). Y de hecho, el Segundo Templo fue una manzana de la discordia hasta que los gentiles finalmente lo arrasaron (en el 70 E.C.), provocando un exilio aun peor.
Para Najmánides (víctima de un renovado esfuerzo por parte de la Iglesia para convertir a los judíos), el tercer pozo de Isaac, Rejovot, apuntaba al restablecimiento del Tercer Templo directamente de manos de Dios. De aquí la ausencia de derramamiento de sangre, la expansión de las fronteras y el crecimiento demográfico. En el análisis final, la reinterpretación radical de Najmánides de un texto tan ordinario proviene, a mi juicio, más de la precariedad de su situación existencial que de su inclinación mística. Al menos hasta el año 1967, un sentimiento opresivo de impotencia fue el semillero común del mesianismo judío.
Aproximadamente tres siglos más tarde, Salomón Efraín ben Aarón de Luntshitz, quien murió en 1619, neutralizó el empuje mesiánico de Najmánides. Miembro de la élite rabínica ashkenazí y el predicador más renombrado de su época, aceptó que la historia de los pozos de Isaac trataba sobre el futuro y no sobre el pasado, pero afirmó que su mensaje esotérico era una crítica interna a la división judía más que una denuncia de la animosidad de los gentiles. Los judíos son los únicos responsables por la destrucción de los templos. En consecuencia, Luntshitz afirma que, en el caso de Esek, el primer pozo, la disputa se da específicamente entre los pastores de Guerar e Isaac; o sea que fue imposible resolver el conflicto, por la incapacidad de los líderes de ambos bandos. Luntshitz compara este hecho con la división del reino después de Salomón en dos estados guerreros, que culminó en la muerte de ambos.
En cuanto al segundo pozo, la Torá minimiza el papel de los pastores. La antipatía pareciera ser ahora más difusa y amplia, una situación correspondiente al odio endémico de judío por judío que, según el Talmud, llevó a la desaparición del Segundo Templo. Durante el Primero, solamente las casas reales batallaron entre ellas por el dominio. Durante el Segundo, los ánimos desenfrenados e infundados envenenaron a todo el cuerpo político.
El Tercer Templo, que será construido por el Mesías, tendría mejores resultados, pues iría acompañado de la unidad judía. Las fronteras más grandes son producto de la armonía social, no de la conquista. Sin ésta, hasta el territorio más expansivo no traerá consigo la paz interna y la prosperidad. Para reafirmar su punto, Luntshitz cita una gema talmúdica sobre la vida matrimonial: “Cuando nuestro amor era apasionado podíamos dormir en el filo de una espada. Ahora que ya no lo es, ni un lecho de sesenta codos nos alcanza” (Talmud Sanedrín 7a; Kli Iakar, ad loc.)
Las dimensiones crecientes de la discordia interna impulsaron a Luntshitz a rechazar la lectura de Najmánides. Varias veces en su exposición insinuó su desaliento. Inevitablemente, somos criaturas de contexto. Lo que unió a los dos exegetas no fue una visión compartida sino un texto compartido. Diferentes experiencias de vida convergieron en un texto común para generar un diálogo a través de las épocas, aparejando la creatividad a la continuidad.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
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de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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