|
La historia de Jacov en lucha con el ángel es probablemente la más enigmática de la Biblia. Comentaristas antiguos y modernos disputan sobre la identidad y la motivación del misterioso atacante de Jacov. ¿Es un representante divino? ¿El ángel guardián de Esaú? ¿Esaú mismo? O quizás, la lucha es interna, dramatizada en el reino de los sueños. A mí me llama la atención una pregunta más básica. Según el texto, el agresor no ataca a Jacov hasta que se encuentra solo, cuando ya ha enviado al resto de su campamento al otro lado del río Jabok. Si en su campamento había tanta gente, ¿cómo es posible que Jacov se quedara solo? La respuesta revela algo esencial sobre la naturaleza humana.
Es comprensible la ansiedad que siente Jacov al imaginar la reunión con su hermano. Jacov no lo ha visto en más de veinte años, y, verdaderamente, después de su último encuentro, Esaú dejó muy claro que mataría a Jacov tan pronto como las circunstancias familiares se lo permitieran (Génesis 27:41-2). La zozobra de Jacov aumenta al saber que Esaú ha salido a recibirlo con cuatrocientos hombres.
Jacov responde a la amenaza con un plan multifacético. Adopta una estrategia de defensa militar, dividiendo su casa en dos campamentos (32:8-9), con la esperanza de que aún cuando Esaú destruya uno de ellos, el otro sobreviva. Se dirige a la dimensión espiritual y ora por la asistencia divina (32:10-13), recordándole a Dios las muchas promesas y pactos existentes entre ellos. Finalmente, responde de manera diplomática, enviándole a Esaú de regalo rebaños de ovejas para apaciguarlo, acompañados de un mensaje de reconciliación apropiado (32:15-21).
Pero en el último momento, el plan tan cuidadosamente trazado se rompe: en la profundidad de la noche, Jacov transporta a toda su casa y posesiones materiales al otro lado del Jabok, el río que lo separa de Esaú. En el texto no queda claro si los envía al otro lado y él se queda, o los cruza personalmente y después se devuelve. En ambos casos, y de alguna manera, después que todos los demás han cruzado, él se queda atrás, solo, “levadó”, del lado más alejado de Esaú. ¿Por qué se separaría de su casa en momentos tan críticos?
Rabí Elazar (Talmud, Julin 91a), en una declaración citada frecuentemente por Rashi y otros comentaristas, indica que Jacov se quedó atrás para recoger las “pequeñas vasijas” que pudieran haberse caído por el camino. Rabí Elazar no nos da una razón para esta interpretación, pero comentaristas posteriores, como Rabeinu Bajia, sugieren que el origen de esta interpretación es un midrash, perdido ahora para nosotros, donde se juega con la palabra levadó (solo). Si borramos una pata de la letra bet, la palabra se convierte en lekado (por su grado de inclinación). Sin embargo, ¿por qué se quedaría atrás Jacov, abandonando a su familia, para devolverse y buscar unos pocos utensilios domésticos, cuando era tan rico como para regalar a su hermano cientos de animales? ¿Por qué arriesgaría su vida y su cuerpo (como sucedió en efecto), por algo tan ínfimo?
Rabí Elazar sugiere un posible motivo para este extraño comportamiento: “los justos valoran su propiedad más que sus cuerpos físicos, porque no se dedican al robo”. Podríamos interpretar esta afirmación como un signo de respeto tremendo por la propiedad personal: si soy puntilloso en lo que respecta a las posesiones de otros, ¿cuánto más puntilloso debiera ser en evitar la pérdida de lo mío? Por supuesto, esto se puede tomar como una demostración extrema de tacañería. Se cuenta que Rav Jisda se levantaba el ruedo de sus vestidos al caminar entre arbustos espinosos, con tal de que se rasgaran sus piernas y no sus vestidos, pues “éste (mi cuerpo) sanará, éste (el vestido) no sanará!” (Talmud, Baba Kama 81b). En efecto, más adelante en el Génesis 45:20, José pareciera referirse a este tipo de conducta en su padre Jacov. Cuando José manda a sus hermanos traer a Jacov de vuelta a Egipto, se muestra preocupado de que ellos se demorarán recogiendo sus posesiones, por lo que les previene: “no se preocupen por sus pertenencias (literalmente, vasijas, kleijem)”.
Otros estudiosos, incluyendo a Rashbam, rechazan esta interpretación y presentan una motivación más egoísta, una versión cobarde de “las mujeres y los niños primero”. Al quedarse en la retaguardia, Jacov deja tanto espacio como le es posible entre él y Esaú. Aun en el caso de que Esaú no se sintiera satisfecho con la posesión de los tres rebaños de animales, o con el primer o segundo campamento de la familia de Jacov, aún cuando no lo detuviera el río, por lo menos Jacov tendría tiempo para escapar y salvarse a sí mismo.
Me gustaría proponer una tercera respuesta, a manera de confesión personal. Cuando mi familia parte de viaje, existen ciertos lugares clave en la ruta a la carretera donde, tradicionalmente, le preguntaré a mi esposa si no habré olvidado algún artículo más o menos importante. Afortunadamente, hemos alcanzado una etapa en nuestra relación en la que ella puede prevenir el que me regrese, ya sea asegurándome que de verdad lo llevamos con nosotros o, en el peor de los casos, que podemos encontrar otro cuando lleguemos a nuestro destino. Sólo necesitamos un poquito de imaginación para ver a Raquel y Lea suspirando, mientras Jacov se pregunta en voz alta si efectivamente empacó todos los artículos de la parashá anterior: “¿Trajimos Las Mandrágoras? ¿Y las varas peladas? ¿Verdad que dejamos todos los ídolos de la familia?”
Esta agitación de último minuto no refleja necesariamente desorganización. Por el contrario, refleja una de las trampas básicas de la naturaleza humana. En momentos de crisis, no importa cuánto hayamos planeado y empacado, cuántas listas y revisiones hayamos hecho, podemos sentirnos abrumados por la inquietud, que nos hace fijarnos en detalles irrelevantes más que en el reto o el viaje que nos espera. Al sentirse incapaz de enfrentarse a la crisis inminente con su hermano, Jacov se ocupa de la tempestad en un vaso de agua.
La noche a solas de Jacov, y la lucha épica subsiguiente, contiene una lección importante para aquellos tentados a sumergirse en irrelevancias, en lugar de enfrentarse a los retos que tienen por delante. Podríamos ver al ángel como símbolo de todos aquellos problemas que preferiríamos ignorar. Ya sea que los busquemos o no, ellos siempre terminan por encontrarnos. O tal vez el ángel es la voz de nuestra lucha interior, que nos da el valor para abandonar las cosas sin importancia y dedicarnos a las tareas importantes. Puede ser que salgamos renqueando, pero de todas maneras victoriosos.
Shabat shalom
Joshua Heller
La publicación y distribución del comentario del Rabino Heller
de Parashat Vaishlaj ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|