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En su rico libro “History of the Jews in Modern Times”
(Historia de los Judíos en la Época Moderna), el Profesor Lloyd P. Gartner
observa que “pocos judíos en el mundo de 1950 residían en la ciudad o país
en que sus abuelos habían vivido en 1880” (p. 213). Como el resto del mundo, los
judíos en los siglos XIX y XX estaban en movimiento, ya fuera mudándose a
ciudades boyantes en sus propios países o a tierras extranjeras que
prometían mayores oportunidades.
Para 1915, la población judía en los Estados Unidos había aumentado
de 280,000 a 3,197,000. Los
judíos representaban aproximadamente un 11 % del total de 22 millones de
inmigrantes europeos que llegaron a estas costas entre 1880 y 1914. La migración de enormes
cantidades de personas durante estos dos últimos siglos, tanto dentro como
fuera de las fronteras de su patria, ha representado un verdadero cambio
de trascendentales consecuencias.
Mi propia
historia refleja esa marea.
Nacido en la Alemania Nazi, llegué a Nueva York el 28 de marzo de
1940, en el seno de una pequeña familia todavía intacta. Seis años después, casi exactos,
nos convertimos en ciudadanos americanos. Mis padres abrazaron este
país. Hablaban solamente
inglés en la casa y pasaban muy poco tiempo recordando lo que habían
dejado atrás. A menudo me he
maravillado ante la firme determinación y la energía psicológica que les
debe haber costado el lograr esta ruptura
existencial.
Cada año,
la primera línea de la parashá de esta semana me hace recordar estos
pensamientos. “Y habitó Jacob
en la tierra de las residencias de su padre, en la tierra de Canaan”
(37:1). Tras una tormentosa
ausencia de 20 años en el extranjero, Jacob regresó a la tierra de su
juventud. Para sentir la
profundidad de su alivio, solo necesitamos recordar el terror que lo
invadió en su huída. El
exilio lo había probado y transformado. Jacob volvió a Canaan a tiempo de
enterrar a su padre y ahora parecía dispuesto a terminar sus días
tranquilamente en Hebrón, el lugar en el que tanto Isaac como Abraham
habían residido (35:27-29).
La comodidad y seguridad de los alrededores familiares asegurarían
la continuidad de su fe.
En mis
viajes a través de los Estados Unidos, siempre tomo nota de las familias
que han residido en la misma comunidad durante varias generaciones, un
patrón mucho más común cuando se sale de Nueva York. Nosotros, los judíos americanos,
siempre estamos mudándonos, aunque no para escapar de la persecución como
nuestros antepasados. Sin
embargo, el mudarse continuamente pone en riesgo la identidad judía. Toma tiempo construir las redes
sociales que regulan nuestro auto-centrismo. Las familias bien arraigadas a
menudo exhiben un sentimiento muy desarrollado de su responsabilidad de
mantener lo que la historia ha interpretado como sagrado. El precio de nuestra celebrada
movilidad es una casa sin herencias.
Pero el
verso que inicia nuestra parashá es mucho más que una recapitulación de
tribulaciones superadas.
Señala tanto hacia delante como hacia atrás. A Jacob no le sería otorgado el
lujo de retirarse de la lucha para cultivar su vida interior. Como escribió Isaac Abarbanel,
líder de la judería hispana en el momento de su expulsión, en su
comentario de la Torá, el sustantivo “magor” (literalmente “residiendo”)
es idéntico a otro sustantivo que significa “miedo” o “terror”. El término bíblico para
“extranjero” (guer) también se relaciona con ambos. Subliminalmente, entonces,
encontramos que el verso contiene un susurro de presagios. Si “vaieshev” (“y habitó”) hace
referencia al final de un período de agitación en la vida de Jacob,
“megurei aviv” (“las residencias de su padre”) anticipa otro peregrinar
preñado de dolor. Habiendo
soportado Abarbanel la expulsión dos veces (la primera de Portugal, la
segunda de España), sentía cierta afinidad con Jacob, quien estaba
destinado a abandonar Canaan otra vez en su ancianidad.
En
resumen, según Abarbanel, Jacob regresó a Hebrón no solo para morar en la
comunidad de su padre sino también para ser asaltado por los mismos
terrores. Él también estaba
destinado a ser testigo de amargas luchas entre sus hijos, debido a que
falló en amarlos con igualdad.
Él también sufriría una larga separación de su hijo que terminaría
en una reunión gozosa antes de su muerte. Y como Isaac, Jacob sería
enterrado por hijos que habrían alcanzado una cierta medida de
reconciliación. Para
Abarbanel, el estar de nuevo en el hogar traía consigo el riesgo de
repetir los errores de nuestros padres.
En un
sentido mucho más profundo, el estar-en-casa no elimina la incertidumbre
básica de la condición humana.
La dura realidad golpeó a Jacob en Canaan, como lo había hecho en
Padan-Aram. La Torá comienza
con la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, y la ambientación
dominante de la narración se desarrolla fuera de la tierra prometida. Y una vez conquistada, ni siquiera
la tierra prometida procuró la estabilidad y la seguridad anhelada. La sobria lección que surge de la
historia del antiguo Israel es que, sea donde sea que residamos, la vida
está plagada de vicisitudes.
El balasto en este mar de turbulencias es la vida
interior.
Fue el
judaísmo el que le proporcionó refugio a mis padres en el pasaje
desorientador de una sociedad a otra. El llamado rabínico de mi padre
trascendió las fronteras. El
hebreo continuó siendo la clave para las verdades eternas. El calendario judío continuó
rigiendo el ritmo de nuestro hogar.
Nunca escuché a mis padres lamentarse por el dinero que se les
prohibió sacar de Alemania; tan solo lamentaban el cargamento de libros de
la biblioteca de mi padre que nunca llegó a
América.
Mucho tiempo antes, los Rabinos habían afirmado confiadamente que,
sin importar el lugar adónde Israel fuera a parar en sus peregrinajes
obligados, Dios le acompañaría (TB Meguilá 29a). Lo que nos acerca a Dios no es la
santidad de la tierra sino la pureza del espíritu. Con un libro como su posesión más
sagrada, los judíos pueden vivir en sus cabezas, inmunes a los problemas
que los aquejan.
Shabat Shalom,
Ismar Schorsch
Ismar Schorsch es el
Rector del Seminario Judío de Teología. La publicación y distribución
del comentario del Dr. Schorsch de la parashá Vaieshev ha sido possible
gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l)
Hassenfeld.
Este
comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de
Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido
supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la
Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo
Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión
original en ingles, en este mismo
website. |