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Jacov recibe la noticia de sus hijos de que José vive con silenciosa incredulidad. Abatido por su duelo, no se atreve a exponerse a más dolor y desilusión. El reporte se contraponía a la intuición: no sólo había sobrevivido José, sino que se había convertido en el segundo hombre más poderoso en Egipto. Pero la abundancia de provisiones y bienes que sus hijos trajeron de Egipto, confirman sus palabras. Conforme la resistencia de Jacov desaparece, decide aceptar la invitación del Faraón de asentarse en Egipto. Siente que debe reunirse con José antes de que la muerte los separe irremediablemente.
Y sin embargo, a pesar de la oleada de emociones, Jacov duda. Terminar sus días en Egipto significaría abandonar el pedazo de tierra prometida por Dios a Abraham e Isaac. Su padre había sido específicamente instruido por Dios de no dejar que una hambruna lo condujera a Egipto. Era el deseo de Dios que Isaac permaneciera en Canaán, donde un glorioso futuro lo esperaba (26:1-5). En consecuencia, Jacov se dirige primero a Beer-Sheva, un lugar sagrado para la familia, porque tanto Abraham como Isaac habían residido allí (22:19, 26:23-33). En busca de la manifestación divina, aprovecha el altar de su padre y, a él también, se le concede una visión. Sólo que esta vez Dios instruye a Jacov a seguir a Egipto sin temor: "Yo descenderé contigo a Egipto, y Yo sin falta te haré subir también..." (46:4). Despojado de sus temores, Jacov continúa el viaje a Egipto con su clan completo y todas sus posesiones materiales, hacia una reunión más allá de la imaginación más descabellada.
El profesor Nahum M. Sarna, en su comentario sobre el Génesis, capta cabalmente la importancia radical de la declaración de Dios (un comentario tristemente omitido por Etz Hayim): "El Dios de los patriarcas no conoce las limitaciones territoriales" (pág. 313). El punto de la promesa no es solo jurar el bienestar de la familia de Jacov (que en efecto, surgirá de Egipto como una nación), sino también afirmar que Dios es universal, tan accesible en Egipto como en Canaán. Ningún territorio, sin importar cuán sagrado sea, tiene el monopolio de ser el único portal al cielo.
A pesar de su tono contemporáneo, el imponente comentario de Sarna es, en realidad, una reformulación de un antiguo punto de vista rabínico producto de este mismo versículo. Un temprano midrash palestino apuntó que este verso significaba que, "cuando Israel descendió a Egipto, la presencia de Dios (Shejiná) los acompañó" (Mejilta de Rabí Ismael, ed. Israel Rabin, pág. 128). El hecho de dejar la tierra no los puso fuera del alcance protector de Dios. En el exilio Dios no estaba ausente. Implícita en este midrash está la consoladora creencia de que, así como Dios descendió con nuestros ancestros a Egipto, Dios estaría con nosotros en los exilios por venir. Nacido en el exilio, el pueblo judío habría de descubrir esta condición como congénita. Pero aun así, no hay nada afin entre un pedazo de tierra y la presencia vivificante de Dios.
Algún tiempo después, el Talmud babilónico hizo explícito lo implícito con una teología completa de consolación, basada en la universalidad y la empatía sin par de Dios. Una historia de exilio no debiera ser interpretada como la refutación de ser el pueblo elegido. Como es su costumbre, el Talmud basa su argumentación mediante citas del texto bíblico, depositario de la verdad eterna.
Mirad cuán amado era Israel para Dios, pues dondequiera que los llevara el exilio, la presencia de Dios los acompañaba. Cuando se fueron al exilio en Egipto, Dios los acompañó, como afirman las Escrituras: "Claramente me he revelado a la casa de tu padre, cuando ellos estaban en Egipto..." (¡citando a Samuel I 2:27, y no nuestro versículo!). Cuando se fueron al exilio en Babilonia, la presencia de Dios los acompañó, como lo afirman las Escrituras: "Por vosotros envié a Babilonia..." (Isaías 43:14). Cuando se fueron al exilio en Edom (léase, Roma), la presencia de Dios los acompañó, como lo afirman las Escrituras: "¿Quién es Éste que viene de Edom..." (Isaías 63:1, ausente en nuestras ediciones impresas debido a la censura papal en la Edad Media). Y algún día, cuando Israel sea redimido del exilio, la presencia de Dios los acompañará, como afirman las Escrituras: "entonces el Señor hará tornar tu cautiverio..." (Deuteronomio 30:3). El hecho de que el verbo SHAV (regresar) sea intransitivo en lugar de transitivo, enseña que Dios regresará con ellos de todos sus exilios (Meguilá 29a, mi traducción).
En respuesta a la pregunta de dónde se debe encontrar a Dios en el exilio, el Talmud declara que en la sinagoga y en la academia, llamándolas con las palabras de Ezequiel (11:16); lugares de santidad pero en una escala disminuida, "pequeños santuarios" (mikdash meat). El punto final, por supuesto, es la clave que anima al pasaje completo: ¿cuál es el estatus de la sinagoga vis-a-vis al Templo en Jerusalén?
En los siglos antes de su destrucción por los romanos en el 70 E.C., el Templo dominó la vida religiosa de los judíos en Judea y en la Diáspora. Los sacrificios no se ofrecían en ningún otro lugar más que en sus altares, y ningún otro santuario retaba siquiera su posición central. Los judíos de aquí y de allá pagaban voluntariamente un impuesto anual de medio shekel por su manutención. En los festivales de la cosecha, Pésaj, Shavuot y Sucot, los peregrinos venían de lejos y de cerca para celebrar en el Templo. En otras ocasiones, sirvió como lugar para traer ofrendas personales, los primeros frutos y ciertos diezmos. Y era en el Templo donde el calendario lunar-solar del judaísmo se regulaba cuidadosamente para todo el mundo judío. La expansión vasta de su plataforma y terrenos, hecha por Herodes, reflejó tanto como aumentó su supremacía institucional. En las evocativas palabras del Profesor Lee I. Levine: "Aquí era donde residía Dios, éste era el centro cósmico del universo (axis mundi), el ombligo (omphalos) del mundo que lo nutría tanto como unía el cielo y la tierra, así como pasado, presente y futuro. Para el judaísmo, no menos que para otras religiones de la antigüedad, el espacio no era una entidad homogénea. Existe lo sagrado en mitad de lo profano (o sea, lo ordinario), y lo primero, por supuesto, está directamente relacionado con la presencia de lo divino" (Jerusalén, 2002, pág.246).
Lo que vino a llenar el vacío arrebatador de la pérdida del Templo fue la sinagoga, un substituto que tuvo como resultado la supervivencia misma del judaísmo. Pero el cambio requirió del tipo de reconfiguración espacial del que encontramos un eco en nuestros dos midrashim. En un mundo caótico, lo sagrado se convierte en portátil. Las Escrituras encarnan la presencia de Dios en la palabra revelada, y la oración reemplaza a los sacrificios. Ser condenado a vivir en el exilio es carecer de hogar o de raíces, pero no carecer de Dios. Aunque la sinagoga probablemente es anterior al año 70 E.C., la teoría necesaria para validarla requirió de tiempo para desarrollarse y prevalecer. Nuestros hábiles midrashim son testigo de la silenciosa revolución que, gradualmente, hizo posible el que la sinagoga rehiciera el judaísmo. En lo que respecta a la religión, las revoluciones que más perduran son aquellas que pasan desapercibidas.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Vaigash ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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