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Para la Torá, la historia gira alrededor de la moral. La calidad del comportamiento humano, ya sea individual o colectivo, determina el curso de los acontecimientos. En el libro de Génesis abundan los ejemplos de situaciones en las que las acciones previas sellan el destino posterior de los personajes. Es un mundo ordenado, gobernado por el principio moral de la recompensa y el castigo.
¡Qué chocante resulta entonces el enfrentarnos, en los primeros capítulos del Éxodo, con una impenetrable saga de sufrimientos no mitigados! ¿Por qué será que, conforme el clan de Jacov se convierte en una minoría nacional, ésta es progresiva y brutalmente oprimida? La ausencia de cualquier cálculo moral es subrayada por el tono absolutamente natural de la narración: se nos dice que los egipcios están asustados por su problema demográfico. En tiempos de guerra, la presencia de demasiados residentes extranjeros plantea potencialmente un dolor de cabeza mayor en lo que concierne a la seguridad. La inmerecida prueba de la esclavitud pareciera ser un mal necesario dentro del grandioso diseño de Dios, pero carente de toda justificación moral.
Esta evidente incongruencia, que pasó desapercibida en los demás libros del Tanáj, tampoco llamó la atención de los Rabinos. Los Rabinos sí afirman que Dios administra el mundo con una imparcialidad irremediable. Hasta los justos son castigados por sus pecadillos. El Talmud proclama: “Aquellos que sostienen que Dios es laxo (es decir, que no hay teodicea involucrada), se convertirán ellos mismos en las víctimas de un destino totalmente arbitrario” (Talmud Bava Kama 50a).
Con referencia a este principio, un extraño midrash introduce el factor del tiempo. Dios no siempre se apresura a rectificar un mal. Para ilustrar esta idea, el midrash ofrece un llamativo ejemplo: el robo por parte de Jacov de la bendición de primogenitura de Esaú. La Torá relata que, cuando Esaú se enteró por su padre de que otra vez había sido engañado por Jacov, “clamó con clamor grande y sobremanera amargo” (Génesis 27:34). Ese llanto atormentado reverberaría a través de los tiempos, hasta que los descendientes de Jacov fueron castigados por la injusticia cometida por su antepasado. Es por esta razón que los Escritos utilizan un lenguaje casi idéntico, cuando Mordejai se entera de la intención de Hamán de masacrar a los judíos en Persia: “salió por medio de la ciudad, clamando con grande y amargo clamor” (Ester 4:1; Bereshit Rabá 66:4).
Pero esto no se aplicó a nuestra parashá hasta el siglo XIII, en el Zohar, la fuente clásica del misticismo judío. El Zohar delibera sobre el porqué Israel se encuentra en Egipto. Al principio de la disertación, el Zohar ofrece la explicación de que la prueba fue para castigar a Israel por haber descuidado el estudio de la Torá. Simbólicamente, la hija del Faraón encarnó la justicia divina, lista para sumergirse en la sangre de Israel, para vengar su deshonra de la Torá.
El Zohar pasa del castigo al arrepentimiento. Mientras que todo depende del arrepentimiento, ninguna plegaria es más eficaz que aquella empapada de lágrimas. Ningún portal divino puede bloquear por mucho tiempo la entrada de las oraciones saturadas de lágrimas. Y tales fueron las plegarias de Israel en Egipto, razón por la que fueron escuchadas. En esta lectura, la hija del Faraón representa la Shejiná, el lado femenino de Dios, que atiende las necesidades de Israel como una madre atiende a sus hijos. De aquí que, cuando los Escritos afirman que la hija del Faraón abrió la canasta y vio a un niño llorando (2:6), el Zohar se atreve a interpretar que fue la Shejiná, y no la hija del Faraón, el sujeto del verbo indeterminado “ella abrió”.
El llanto se convierte ahora en el alma del discurso del Zohar. La capacidad de llorar de Moisés es heredada, señal de una gran ternura. La madre que Miriam llama para amamantar al niño es en realidad Raquel, la matriarca descrita por Jeremías, que se levanta de su tumba para llorar ante el espectáculo del exilio de Israel, tras la destrucción del Primer Templo (31:15). Aunque milenios los separan, Moisés y Raquel han sido cortados del mismo tejido empapado de lágrimas.
Pero, ¿podemos aprender algo de la eventual redención de Egipto? ¿Cómo debemos entender el versículo en esa misma profecía de Jeremías: “Con llanto vendrán, y con misericordia Yo los conduciré” (31:8). En realidad, el verso alude a una conexión de causa y efecto: las lágrimas de Raquel provocarán el fin del exilio de Israel. ¿Y qué expían las lágrimas? Las lágrimas de Esaú, que fueron las causantes de la ida de Israel a Egipto en primer lugar. La historia tiene un patrón de simetría. El exilio comienza y termina con lágrimas. Solamente las lágrimas derramadas por Israel pueden compensar las lágrimas de Esaú, vertidas por el cruel engaño de Jacov.
La expansión del Zohar sobre el material rabínico produce un espécimen notable de empatía. Los judíos rabínicos y medievales aborrecían, por regla general, la figura de Esaú, en parte porque provocó la caída de Jacov, y en parte porque, con el tiempo, llegó a simbolizar el Imperio Romano y, posteriormente, el mundo del cristianismo. Pero, a pesar de ese rencor universal, el Zohar presenta a Esaú como la víctima de una injusticia. Indisputablemente, desde la perspectiva bíblica, la línea de sucesión estaba destinada a pasar a través de Jacov. Esa era la voluntad de Dios, y Rebeca lo sabía. Aún así, para lograr ese fin, fue necesario hacer una gran maldad. En su empatía con Esaú, el Zohar sugiere que no todo lo que es necesario es también bueno. Aunque el fin puede justificar los medios, aquellos que actúan con engreimiento no están libres de culpa. El Zohar no considera laxo a Dios. (Zohar, II, 12a-b).
En la película lanzada recientemente, “The Fog of War” (Niebla de Guerra), Robert S. McNamara, secretario de defensa durante los gobiernos de Kennedy y Johnson, cita a su mentor de la II Guerra Mundial, el General Curtis LeMay, como diciendo: “Si hubiéramos perdido la guerra, todos hubiéramos sido procesados como criminales de guerra.” Antes de tirar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, la Fuerza Aérea de los EEUU ya había bombardeado alrededor de cien ciudades japonesas, matando a decenas de miles de civiles en cada una de las incursiones. McNamara concuerda con LeMay, pero pregunta: “¿Qué lo hace inmoral si pierdes y no inmoral si ganas?” Y este es el enfoque de esta fascinante retrospectiva. Reflexivo sino torturado, McNamara, a los 85 años, se enfrenta a la pregunta: “¿Soy un buen hombre o un hombre malo? ¿Qué significa mi vida?” Como sugiere el título de la película, en medio de la refriega, la claridad está en la picota. Tiempo después, con más información y perspectiva, lo que pareciera haber sido necesario es en realidad a menudo impulsado por la pobreza de juicio y una hábil manipulación.
Creo que la lección fundamental del Zohar es que debemos reconocer la humanidad de nuestros enemigos. El hecho de convertirlos en demonios es abrir las puertas a las atrocidades. Los esfuerzos por restringir los horrores de la guerra a través de los siglos, por medio de la codificación de un cuerpo de leyes internacionales, se basa en la aceptación de esa comunalidad. Matar es siempre inmoral, aún en defensa propia. Lo que le da una medida de legitimidad es el argumento de la necesidad. Pero ese argumento debe ser a prueba de aire, y no debe empujarnos a acciones que excedan lo que nuestro bienestar requiere.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
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de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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