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En la saga de la liberación de Israel de Egipto, el cayado de Moisés es más que un sostén. Aunque inanimado, su papel no es menor al de un personaje principal, un agente de cambio efectivo ante determinadas resistencias. Reflexionar sobre su omnipresente papel es comprender un poco más la perspectiva de la hechicería en la Biblia.
El cayado de Moisés cambia de apariencia a lo largo de la narración en el libro del Éxodo. Ante la zarza ardiente, Dios lo transforma en una serpiente, en su esfuerzo por convencer a Moisés de sacar a Israel de Egipto (4:2-4). A su regreso, Moisés repite la señal ante los ancianos de Israel, para darle veracidad a su misión (4:30). Cuando Moisés y Aarón se enfrentan por primera vez al Faraón, es Aarón el que arroja el bastón al suelo, donde se transforma en serpiente y devora a las serpientes de los magos egipcios, llamados para competir con sus proezas (7:10-3)
El cayado es el instrumento por medio del cual Aarón logra el milagro de las tres primeras plagas, cambiando el agua del Nilo a sangre (7:20), e infestando la tierra con sapos (8:1-2) y piojos (8:13). Posteriormente, Moisés usa el cayado para desatar las plagas siete y ocho, de granizo y langostas. Aunque no lo dice en forma explícita, el texto pareciera mostrar que Moisés divide el Mar de Juncos con su cayado (14:21. cf.16). Finalmente, una vez al otro lado, Moisés recurre al cayado dos veces más, para golpear la roca y sacar agua (17:5-6) y para echar a los amalequitas (17:9).
El papel tan importante que desempeña el cayado es lo que empujó a la Mishná a citarlo como uno de los artículos creados por Dios, en el sexto día de la creación, antes del primer Shabat del mundo (Pirke Avot 5:6). Fuera cual fuera la intención de esa lista, la menciono aquí para establecer el hecho de que hablamos de un único cayado, no de dos o tres. Aunque en la narración se hace referencia al cayado como perteneciente a Moisés, Aarón y hasta a Dios (17:9), el Midrash también insiste en que hay un único cayado. La propiedad depende de quien lo empuña (Shmot Rabá 26:3).
Donde se equivoca la Mishná es al atribuirle al cayado un estatus extraordinario. Según el relato, el cayado no es más que un bastón ordinario de pastor. Era el cayado que Moisés llevaba en su mano mientras pastoreaba el rebaño de ovejas de su suegro, Jetro, cuando se encontró delante de la zarza ardiente (3:1). No podría haber sido menos descrito y poco excepcional. Pero ése es precisamente el punto: el cayado no tenía ningún poder inherente. Lo único que estaba en juego era la voluntad de Dios, que decidió convertir un artefacto ordinario en un instrumento de poder titánico. La espontaneidad del acto revela la omnipotencia de Dios.
Los adversarios del cayado son los hechiceros del Faraón. Mientras son capaces de reproducir los milagros hechos por Aarón, el Faraón permanece inflexible. Pero su modo de operar difiere grandemente del de Aarón. Ellos efectúan sus milagros por medio de conjuros y encantamientos. El uso de la magia negra les permite equipararse a Aarón, hasta que la plaga de piojos los hace reconocer la presencia incuestionable del Dios de Israel (8:15). En contraste, Aarón trabaja en silencio. Ni Moisés ni Aarón invocan nunca el nombre de Dios antes de levantar su cayado. En efecto, su utilización, excepto en una ocasión (17:9), obedece al mandato de Dios. El cayado es simplemente una herramienta del Todopoderoso, activada a través de un agente humano. Los milagros se producen, pero no gracias a la magia. La insignificancia del bastón queda subrayada por el hecho de que Moisés, en ocasiones, activa o da por terminado un milagro sin usarlo para nada, solamente moviendo su mano (10:22) o con una sentida plegaria (10:18). Dios no necesita de ningún cayado para alterar el curso de la naturaleza, ni posee el cayado ningún poder independiente de Dios. Nunca se convierte en una reliquia.
En cuanto a los hechiceros egipcios, ellos no dirigen sus encantamientos a sus propios dioses o al reino del más allá. Sea lo que sea lo que ellos practiquen, pareciera ser una forma de sabiduría humana. La Biblia describe la confrontación, no como un enfrentamiento entre el Dios de Israel y los dioses de Egipto, sino como un enfrentamiento entre Dios y la arrogancia de los mortales. Llama la atención el hecho de que la Biblia confiere a la magia su eficacia hasta cierto punto, pero solamente como artificio humano. Como afirmó el gran erudito bíblico israelí, Yehezkel Kaufmann, hace más de un siglo, la perspectiva bíblica del monoteísmo no toleraba la competencia de ninguna deidad. Aún más, despojada de toda mitología, la Biblia, según Kaufmann, solamente reconoce el trastorno causado por los humanos en su infinito desafío a la soberanía y la ley moral de Dios. La magia, aunque sobrenatural en sus efectos, es rebajada a una mera táctica en el repertorio humano, y prohibida porque busca restringir, desbaratar o evitar la voluntad divina. Los practicantes de magia del Faraón sirvieron como ejemplo. Cuando el cayado vuelto serpiente de Aarón se traga a las serpientes de los hechiceros de la corte, el episodio pretende afirmar la superioridad de un mundo sin hechicería. En las exquisitas palabras del Talmud, "Los hechiceros repudian el hogar en el cielo" (Sanedrín 67b).
El empuje de este subtema sobre magia recibió su formulación legal más tarde, en el libro del Éxodo mismo: "A la hechicera no la dejarás vivir" (22:17). Y como Balaam, otro practicante no israelita de la magia, confirmaría: "No hay hechizo en Jacov, ni hay adivinación en Israel" (Números 23:23). La ley y el relato concuerdan. En Israel, la profecía y no la hechicería se convertirían en el medio de comunicación aceptable entre Dios y la humanidad. Estaba más allá de la capacidad humana el obligar a Dios a revelar lo que el futuro tiene reservado. El monoteísmo bíblico había dado un salto cuántico hacia lo que Max Weber, sociólogo alemán y estudiante de religión, llamó el desencantamiento del universo.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Vaerá ha sido posible gracias a la generosa donación
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La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión Judía
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Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe,
con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en
español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación
B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearit
Israel, Panamá.
Versión original en inglés.
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