|
La víspera del Éxodo, como se describe en la Parashá Bo y como la recreamos en el séder de Pésaj, refleja una mezcla peculiar de trabajo y ocio. Por un lado, como enseña la Mishná (Pesajim 10:1), en la noche de Pésaj “hasta el más pobre en Israel no debe comer hasta no estar reclinado”. (En este contexto, reclinarse es la señal clásico del ocio.) Al mismo tiempo, comemos matzá, el pan de la pobreza y la aflicción. En tiempos antiguos, el tener más de un “tavlin” (aderezo) era un signo de lujo, y aún así, aunque tengamos dos aderezos, una de las cosas que sumergimos es hierba amarga, y uno de los aderezos es agua con sal. Esta contradicción tiene sus orígenes en Bo, la parashá de esta semana, que describe el sacrificio pascual (el verdadero primer séder) y nos lleva a una paradoja central en la vida moderna.
Dios ordena a los israelitas que, en la víspera del Éxodo, deberán ofrecer un sacrificio y compartir una cena festiva en familia, aunque la muerte ande al acecho en las calles y callejones de Egipto. “De esta manera la comeréis: Ceñidos vuestros lomos, y con el calzado en vuestros pies, y el báculo en vuestra mano; y la comeréis bejipazón” (Éxodo 12:11). La palabra hebrea jipazón a veces se traduce como prisa, pero tiene una resonancia mucho más profunda, de peligro (Deuteronomio 20:3) o hasta de apuro lleno de pánico (Samuel II 4:4). Mis abuelos lo habrían llamado shpilkes en ídish. No es raro, entonces, que nuestros ancestros comieran al borde de sus asientos, dado los sucesos que estaban pasando a su alrededor.
Sin embargo, el mismo capítulo envía señales mezcladas. Tan solo un versículo antes (12:10), Dios había ordenado al pueblo judío: “Y no dejaréis que sobre nada de ella hasta la mañana”. Los pobres y hambrientos, que ignoran de dónde provendrá su próxima comida, tratarán de retar al instinto y guardar un poco para después. Solamente los ricos y cómodos pueden darse el lujo de botar la comida y no preocuparse de las sobras. Además, un poco más adelante en la parashá (12:46), tras la descripción de la partida de los israelitas de Egipto, Dios dicta un mandamiento más: los huesos del cordero pascual no deben ser quebrados. Muchos comentaristas describen el hecho de dejar los huesos intactos como un signo de lujo. Si tienes abundancia, no tienes que apurarte para exprimir el jugo de la vida. Puedes, simplemente, ordenar otro asado de cordero. Hasta en el momento de partir, los israelitas llevaron consigo todo tipo de bienes de lujo, prestados por sus vecinos.
Las voces rabínicas que diseñaron el séder como lo conocemos hoy, procuraron reescribir estas conflictivas imágenes para eliminar la prisa y el pánico. Para tomar tan solo dos ejemplos, el Talmud (Pesajim 96b) comenta sobre nuestro versículo del Éxodo: “Deberás comer apurado. Comerás éste con apuro, pero no en el futuro.” Otro texto talmúdico (Pesajim 116a) explica que el término “lejem oni”, aplicado a la matzá, no significa “el pan de pobreza y aflicción” sino mas bien lejem she’onim ‘alav, “el pan sobre el que respondemos preguntas”. En efecto, la concepción rabínica del séder tomó como marco al simposio griego, un banquete filosófico donde los ricos pasaban la noche reclinados en divanes, tomando vino y comiendo diversas viandas, al tiempo que discutían un tema de interés intelectual.
Por supuesto, para aquellos que limpian, cocinan y preparan la cena, jipazón continúa siendo una parte principal de la experiencia del séder, sin importar los avances modernos en cuanto a compartir las labores del hogar y ordenar la cena a algún proveedor. Otro versículo de la parashá de esta semana (12:26) describe niños como testigos de la experiencia del séder, que preguntan a sus padres “¿qué significa esta avodá para ti?”. La Hagadá convierte este versículo en la pregunta del hijo malvado. Típicamente, la palabra avodá en el versículo se traduce como servicio, por lo que el hijo malvado pregunta “¿cuál es el propósito de este servicio para ti?” (excluyéndose de esta forma a sí mismo de la celebración). Pero avodá también significa trabajo o labor, por lo que podríamos leer su pregunta como “¿Qué significa este trabajo para ti? Te deshiciste del yugo de la esclavitud egipcia de hacer ladrillos reales, y en su lugar te obligas a ti mismo al penoso trabajo de moler a mano el jaroset?”
La tensión entre el trabajo y el ocio no se circunscribe solamente a los israelitas reunidos en sus cabañas la víspera de la redención, ni tampoco a aquellos que deberán levantarse de sus reclinatorios para revisar el brisket (lomo) en el séder de este año. Ni siquiera está reservado solamente para los judíos. Más bien, constituye uno de los mayores contrastes de nuestra sociedad moderna. Estados Unidos es, probablemente, la nación más rica en la historia de la humanidad, con comodidades y conveniencias que nuestros abuelos nunca se imaginaron. Vivimos en un país de teléfonos celulares y televisión por satélite, pero hemos encontrado esa comodidad solamente a través de la prisa, jipazón.
Si tomamos el relato del Talmud al pie de la letra, un trabajador típico de hace 1800 años trabajaba setenta y dos horas por semana: del amanecer al anochecer, doce horas, seis días por semana. Al principio del siglo XX, la semana de trabajo regular era de sesenta horas, y a lo largo del siglo, ese cálculo disminuyó hasta cerca de cuarenta. En la década pasada, la disminución se ha revertido, y no solo para los que laboran en los niveles más bajos de la escala socioeconómica. La alguna vez ancha planicie que dividía la riqueza de la pobreza se ha convertido en una colina resbalosa, con lo que en muchos niveles de la escala, ahora son necesarios dos ingresos o más, u horas de trabajo más largas, para mantener una familia con un estilo de vida que incluya la mayoría de las conveniencias modernas.
El aumento estable en las bancarrotas sugiere, además, que mucha gente trata de mantener un estilo de vida cada vez más difícil de sostener. En efecto, Elizabeth Warren, investigadora de Harvard, ha sugerido que, por diversas razones, las familias de ingresos múltiples podrían encontrarse, irónicamente, en situaciones más raras que las de aquellas familias que cuentan con un solo ingreso. Cualesquiera sean las otras ventajas y desventajas de las familias con dos profesionales que trabajan, el hecho de añadir otro trabajo dobla, más que reparte, la inestabilidad de épocas inciertas. Aun para aquellos que triunfan, los límites entre el hogar y el trabajo se están evaporando, gracias a innovaciones tales como los localizadores, celulares y el e-mail, aparte del aumento del comercio 24 horas.
Entonces, podemos terminar con todo lo que tenemos que hacer para disfrutar del séder, pero el resto del año, la cena significará comer sobras a horas extrañas más que sentarnos a cenar con la familia. Podremos no tener sacrificio pascual cuyos huesos permanezcan intactos, pero otros factores podrían todavía obstaculizarnos la libación del tuétano de la vida. La característica del eved, el esclavo, opuesto al hombre libre, es que está siempre a disposición de su amo. De hecho, según el Talmud (Sotá 11a), el punto más bajo de avdut Mitzraim, la opresión egipcia, se dio cuando el Faraón encontró maneras para hacer que el trabajo interfiriera con las vidas familiares de los israelitas.
Debemos procurar evitar la tentación de comparar un reto actual con una situación pasada, vista a través del lente rosa o sepia de lo que se ha perdido. En la parashá de la semana entrante (Éxodo 16:3), los israelitas recuerdan con nostalgia su tiempo en Egipto, “¡cuando estábamos sentados junto a la olla de carne, y cuando comíamos pan hasta la saciedad!” Es irracional pretender regresar a una especie de “todo tiempo pasado fue mejor” que solo existió en la televisión.
Tal vez, al mezclar sentimientos de lujo y de esclavitud en esa primera noche de séder, Dios procuró hacerles recordar a los israelitas que es posible estar rodeado por signos de comodidad física, y aun así estar esclavizado. Quizás, también, la historia del Éxodo, y su recuento en la parashá de esta semana y en el séder dentro de algunos meses, nos puede hacer reflexionar, a nosotros también, sobre nuestra definición de esclavitud y lujo. La esclavitud es vivir nuestra vida en jipazón, aprisa, preocupados, aun cuando estemos viviendo bien, rodeados de los despojos financieros de Egipto. El lujo, y la libertad, es poder sentarse a la mesa, aun cuando la cena esté hecha de sobras, aun cuando sea Lejem Oni.
Shabat shalom
Joshua Heller
La publicación y distribución del comentario del Rabino Heller
de Parashat Bo ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|