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Los midrashim a menudo infieren grandes ideas de las más pequeñas anomalías lingüísticas. Encontramos un ejemplo memorable de esto en la historia de la creación, cuando Dios separa la luz de la oscuridad. Al terminar el día, Dios introduce el refrán que completará el relato para cada día: “Y hubo tarde y hubo mañana: día uno” (1:5). No obstante, lo que las Escrituras debieran decir, según un Sabio, es “Haya tarde”. La primera tarde, como todo lo demás, fue completamente nueva y antinatural, por lo que requería de una orden para existir. El modo descriptivo sugiere que, de hecho, ésta no fue la primera tarde. El verbo hebreo vaiehi, en lugar de iehi, por haberle agregado la simple letra vav, implica que el tiempo precedió la creación de nuestro mundo.
Sobre este comentario tan sutil, Rabí Abahu, quien discutió a menudo con líderes cristianos en la Cesarea del siglo III, afirmó que la Torá enseñaba claramente que “Dios creó y destruyó (otros) mundos antes de la creación de éste... Éste Me gusta; aquellos no.” Una generación más tarde, Rabí Pinjas reforzó la postura de Rabi Abahu con el versículo del final de la historia de la creación: “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (1:31). Esta aprobación tan enfática tenía la intención de excluir los mundos anteriores (Bereshit Rabá 3:7).
Este midrash poco convencional contiene una clave para reflexionar sobre la parashá de esta semana, la historia del diluvio. Solamente fueron necesarias diez generaciones, de acuerdo a la cronología bíblica, para que Dios pasara de un estado de profunda satisfacción a uno de absoluta repugnancia. ¿Cuán rápido profanaron los seres humanos la santidad de la creación con su conducta vil? El diluvio no es más que otro ejemplo del remordimiento y repudio divinos. Dios no descansaría en Su acción de crear hasta que el resultado no fuera una fuente de satisfacción eterna.
La denuncia de Rabí Abahu evoca la imagen de un maestro artesano, cuyo arte es el producto final de muchos y arduos esfuerzos. No le sale perfecto la primera vez. Siglos antes, Jeremías se atrevió a concebir a Dios como un alfarero. Lo que el profeta vio en el taller fue a un artesano acostumbrado al fracaso: “Y la vasija que hacía de barro echóse a perder en la mano del alfarero; y él volvió a hacerla otra vasija distinta, como le pareció bien al alfarero hacerla” (18:4). Con toda seguridad, la analogía tenía la intención de poner de relieve el poder de Dios sobre el destino de Israel, una relación ampliada en el poema litúrgico (piut) que recitamos en Kol Nidre: “Como barro en las manos del alfarero, que espesa o diluye a su antojo, estamos nosotros en Tus manos. Presérvanos con Tu amor” (Harlow Majzor, 395). Pero tampoco podemos negar que lo recalcitrante del material hace más difícil la vida para el alfarero.
Sin embargo, otro midrash culpa directamente a Dios de la imperfección. Todavía con la imagen del alfarero y su barro, este midrash presenta a un Israel que admite su perversidad. ¿Pero acaso no recae en Dios una parte de responsabilidad por nuestra condición? Cuando un artesano decora una vasija de barro con dibujos que se destiñen, ¿de quién es la culpa? Si Dios tan solo nos relevara de los impulsos malvados implantados en nosotros desde el nacimiento, cumpliríamos ansiosa y fielmente con Sus mandatos (E. Urbach, Hazal [Hebreo], 424).
A la manera de Rabí Abahu, otro midrash imagina a Dios buscando por doquier el principio moral para sobrellevar la creación. De nuevo, el riesgo está preñado de falibilidad. La súbita aparición del nombre personal de Dios, Adonai, en la segunda historia de la creación, parece aludir a una corrección a medio camino. Los Rabinos identificaron el término genérico para Dios usado en la primera historia, Elohim, con el principio de justicia; el nombre personal, con la compasión. El midrash compara el dilema divino con el de un rey poseedor de una vajilla de cristal fina.
“Dice el rey: ‘Si lleno mis vasos con líquidos calientes, se romperán. Si con frío, se quebrarán.’ Entonces, ¿qué hizo? Mezcló los líquidos y sus vasos quedaron intactos. Del mismo modo pensó Dios durante la creación: ‘Si gobierno el mundo sobre la base de la compasión, abundarán los pecados. Si sobre la base de la justicia, el mundo no resistirá.’ Es por esto que Dios rige el mundo con ambas, justicia y compasión. ¡Si solo sobreviviera!” (Bereshit Rabá 11:15)
Lo que convierte estas correrías en campos minados teológicos es la necesidad de correlacionar nuestras ideas religiosas con la realidad. La informalidad del midrash le da rienda suelta a los profundos sentimientos de disonancia. La imaginación nos puede llevar a menudo mucho más allá que la lógica. Así pues el Zohar, el clásico español de Cabalá de fines del siglo XIII, remonta más aún el midrash al atribuir atrevidamente los orígenes del mal a la fuente secreta e inescrutable de toda existencia, el Ein-Sof. Según el Zohar, los mundos destruidos mencionados en el midrash fueron en realidad las primeras emanaciones tentativas del Ein-Sof, para formar un reino divino de sefirot que sostienen nuestro mundo de datos de los sentidos. Porque sin equilibrio, sin una mezcla apropiada de misericordia, justicia y compasión, estas tempranas emanaciones eran incapaces de sobrevivir y de rápida desintegración. Aún así, el proceso lleno de imperfecciones descrito gráficamente en lenguaje simbólico, sirvió para limpiar a Dios de toda maldad primordial. (I.Tishby, Mishnat Azora [Hebreo], I: 138, 150, 183-4). Una religión verdaderamente monoteísta no puede eximir a Dios de toda responsabilidad por el estado del mundo.
Frente a este telón de fondo, el diluvio se destaca como la fase final de la historia de la creación. No más aniquilamientos. Dios se contenta con menos que la perfección. El pacto con Nóaj después del diluvio enlaza a Dios con lo que existe: “No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque las inclinaciones del corazón del hombre son malas desde su mocedad” (8:21). En esta admisión de los defectos humanos, otro midrash detecta una medida de culpabilidad divina: “Debe avergonzarse la masa cuyo hornero dice que es mala” (Bereshit Rabá 34:10). La historia de la humanidad, desafortunadamente, ha hecho poco para disipar ese funesto juicio. Solamente la fe y la fraternidad, unidas aunque a menudo antagónicas, pueden ayudarnos a avanzar hacia un vislumbre de paz mundial.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Noaj ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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