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Comentarios sobre la Torá del Canciller Schorsch
                (Seminario Teológico Judío de América)

 

LEJ-LEJÁ 5765
Bereshit - Génesis 12:1 - 17:27
23 de Octubre, 2004   -   8 de Jeshvan, 5765

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum



Es difícil conciliar la notoria brecha entre promesa y realización que encontramos en la historia de Abraham. La visión mediante la cual Dios sedujo a Abraham para que abandonara su patria es universal. De su lomo surgiría una nación cuyo número igualaría a las estrellas en una noche sin luna, y cuya fe se convertiría en una bendición para todo el mundo. Y sin embargo Sara, su esposa, al igual que Rebeca y Raquel, tuvo grandes dificultades para concebir hijos. No había explosión demográfica. El antiguo Israel continuaba siendo una entidad política inestable y circunscrita, eventualmente diezmada por la derrota y la deportación. La historia del segundo estado judío apenas comenzaba a desplegarse en gran escala. Las dimensiones de Judá durante el Primer Templo, o de Judea durante el Segundo, nunca se acercaron siquiera a las dimensiones de la China antigua, o de Roma, o de Arabia después de Mahoma.

En su disertación sobre Abraham en su obra maestra filosófica, “La Guía de los Perplejos”, Maimónides reconocía claramente esa diferencia. Escrito en árabe a fines del siglo XII, iba dirigido a un público de lectores que incluía potencialmente tanto intelectuales musulmanes como intelectuales judíos. De acuerdo a esto, construyó un retrato de Abraham de carácter universal. Para Maimónides, Abraham descollaba como un revolucionario religioso, una figura semejante a Sócrates, resuelto a derrocar el politeísmo prevaleciente en su patria y, a la verdad, en todas partes. El rechazaba la creencia de que el sol, la luna y los siete planetas eran deidades que compartían el gobierno del mundo, que infundían en sus estatuas en templos y bosques un influjo de sus fuerzas de vida. Abraham afirmaba que el mundo no era eterno, sino una maniobra de un Creador único y omnipotente. Para escapar de la ruina, el rey primero encarceló a Abraham, y después lo despojó de sus posesiones antes de expulsarlo del reino. En resumen, Abraham comenzó lo que sería el propósito fundamental de la Torá: “poner fin a la idolatría, borrar sus huellas y todo lo que tuviese que ver con ella, hasta su recuerdo...” (trad. Pines, p.517).

Aún así, el retrato de Maimónides del campeón del monoteísmo no se basaba en la Torá, en parte porque nos proporciona muy poca información sobre los primeros años de su vida. Maimónides recurrió, más bien, a fuentes externas supuestamente contemporáneas de Abraham. Los relatos del midrash tampoco eran suficientes. El discurso de un tratado filosófico debía ser accesible a todos por igual. Para representar a Abraham como una vertiente religiosa era necesario obtener documentación imparcial y confiable.

Pero algo más importante: Maimónides sostenía que Dios había cumplido las promesas hechas a Abraham. Cristianos y musulmanes por igual lo veneraban y se consideraban a sí mismos como su progenie. Sin comprometerse con el grado de monoteísmo representado por el Cristianismo y el Islam, Maimónides reconocía que la percepción de sí mismos de ambos pueblos hacía de Abraham un benefactor universal. Había que ir más allá de los límites del judaísmo para comprender la equivalencia de promesa y realización. En este ancho y magnánimo punto de vista, Maimónides casi no tuvo igual entre los pensadores judíos medievales.

Maimónides pasó toda su vida en la órbita del Islam, y de seguro sabía lo importante que era Abraham en la fe de sus vecinos. La revelación de Dios comenzó con Abraham y culminó con Mahoma, el último portador de buenas nuevas. Fue Abraham quien anticipó la esencia del Islam, que significa rendición, al someterse por entero al mandato de Dios. Él vivió en un estado perpetuo de al-islam. Abraham también consagró la Kaba en La Meca como el sitio más sagrado del Islam, lugar hacia el que eventualmente todo musulmán debía volverse a la hora de las plegarias diarias, dondequiera que estuvieren. Acompañado de su hijo Ismael, Abraham visitó la Kaba y oró: “¡Dios nuestro! Haznos dóciles ante Ti y de nuestra simiente una nación dócil ante Ti, y enséñanos maneras de adorarte, y tennos compasión” (Sura II:128). Finalmente, según el Corán, Abraham instruyó a sus hijos, incluso a Jacob, diciéndoles: “¡Oh hijos míos! ¡Mirad! Alá ha elegido para ti la religión (verdadera); por lo tanto, morid y salvaos como hombres que se han sometido (ante Él)” (II:132).

Así, aunque el Islam sobrepasó al judaísmo, no negó su patrimonio. Abraham fue reconocido como el primer musulmán. Aparte de este ancestro común, el judaísmo y el Islam estaban unidos por un austero concepto del monoteísmo, la ley como la forma básica de relacionarse con Dios, y la antipatía por las representaciones visuales. En cuanto al diseño, el espacio sagrado de la mezquita era notablemente similar al de la sinagoga. Dada esta relación tan cercana, judaísmo e Islam cohabitaron amigablemente en los primeros siglos tras la impresionantes y rápidas conquistas de grandes territorios del mundo civilizado por parte de los árabes, en el siglo que siguió a la muerte de Mahoma en el año 632. El cosmopolitismo confiado de los califatos de Irak, África del Norte y España ayudó a que sus comunidades judías relativamente seguras alcanzaran un apogeo cultural sin paralelo durante la Edad Media. Maimónides no fue sino el ejemplar más notable de esta simbiosis.

La Torá comienza paradigmáticamente con el asesinato de un hermano a manos del otro. El parentesco es, a menudo, un criadero de violencia extrema. La I Guerra Mundial lanzó a las naciones más cultas de Europa, epítome de la civilización occidental, las unas contra las otras, en una carnicería sin fin. En Oriente Medio, la ira lleva a actos de brutalidad tal que solamente los humanos son capaces de cometer. En los momentos en que reina la salud mental, debiéramos recordar que las pasiones no siempre estuvieron tan desatadas como están hoy en día. El parentesco también puede llevar al respeto mutuo y a la fraternidad. Los logros del pasado debieran empujarnos a reafirmar nuestros orígenes comunes y nuestra sutil humanidad.

Shabat shalom

Ismar Schorsch

La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch de Parashat Lej-Lejá ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.


La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe: http://www.ujcl.org/. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

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Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearit Israel, Panamá. Versión original en inglés.

 

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Última actualización:    22 de octubre, 2004