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La parashá de esta semana nos presenta el primer ejemplo de un servicio de citas. Avanzado en años, Abraham envía a su antiguo siervo de Hebrón de vuelta al margen norte del Río Eúfrates, donde reside su hermano, para encontrarle esposa a su hijo Isaac. ¿Pero qué hace que una pareja sea la adecuada? ¿Cuál es la característica personal que puede servir como indicadora de armonía futura? Definitivamente, no es la belleza física. Aunque el narrador describe a Rebeca como una doncella de gran belleza, el siervo de Abraham no se preocupa por eso. Esa no es la característica que ha decidido usar como prueba. Busca, más bien, una cualidad íntima: una joven que, cuando un extraño le pida agua en la fuente, se la dará al instante; y después le ofrecerá espontáneamente dar de beber a sus camellos.
Cuando Rebeca, sobrina de Abraham, apareció, salió gloriosamente victoriosa de la prueba. “Y ella dijo: ‘Bebe, señor mío,’ y se dio prisa a bajar el cántaro sobre su mano, y le dio de beber. Y luego que acabó de darle de beber, ella dijo: ‘También sacaré agua para tus camellos, hasta que acaben de beber.’ Y ella se apresuró, y vació su cántaro en el abrevadero, y corrió otra vez al pozo para sacar agua, y sacó para todos sus camellos" (Gén.24:18-20). Rebeca no se amilanó por el tamaño de la tarea. El siervo de Abraham había viajado una gran distancia desde Hebrón, y su pequeña caravana incluía diez camellos. Probablemente la sed los consumía. Las costumbres de hospitalidad obligaban a Rebeca a calmar la sed de los extraños, pero nunca la de su séquito de bestias. Irónicamente, su comportamiento satisfizo exactamente el reproche a Shylock por parte de Portia en "El Mercader de Venecia":
La calidad de la compasión no es forzada.
Cae como la gentil llovizna del cielo
Sobre el lugar debajo. Es doblemente bendita:
Bendice a quien la da y a quien la recibe. (IV:I)
La hospitalidad de Rebeca registró una oleada de empatía que se extendió hasta alcanzar el malestar de los animales. Ese impulso ético fue, para el siervo, el presagio más confiable de un matrimonio duradero. Él busco lo no convencional, la humanidad que permite a alguien identificarse con los apuros de todas las criaturas vivientes, una cualidad que mitigaría grandes dolores y resolvería más de una disputa. Posteriormente, la narración cuenta cómo Isaac "tomó a Rebeca; y ella fue su mujer, y él la amó" (Gén. 24:67), como para enfatizar la idea de que, conforme la conoció mejor, su amor maduró. En contraste con la belleza que arrebata, apreciar el carácter del cónyuge lleva su tiempo.
El libro del Génesis contiene pocos mandamientos. Sin embargo, sus relatos fueron forjados con tanto arte que a menudo anuncian órdenes por venir, una especie de semillero narrativo para las plantas legislativas. La empatía de Rebeca por los animales anticipa una preocupación constante de la Torá que proscribe el acto de infligir cualquier dolor a animales domésticos (tzar baalei jaim), según el Talmud (Baba Metzia 32b). El ser vegetarianos sería, de hecho, el ideal para los seres humanos, implícito desde la creación. La concesión de comer carne solo se hace explícita después del diluvio de Noé (ibid., 9:1-8), y posteriormente, se restringe aún más con las leyes del kashrut en el Levítico (capítulo 11). Entonces, el cese de todo trabajo, sello de nuestro Shabat bíblico, va más allá de los miembros del hogar, e incluye el ganado (Éxodo 20:10; 23:12).
Asimismo, existe un sinnúmero de leyes específicas, dispersas a lo largo de toda la Torá, que tratan de la empatía por los animales. Se nos instruye, por ejemplo, que "sea del ganado vacuno o del ganado menor, no podréis degollar a ella y a su hijo en un mismo día" (Levítico 22:28). Ni podemos ungir un buey y un asno al mismo arado (Deum. 22:10). Si encontramos un nido de aves donde la madre está empollando sus huevos o cuidando a sus polluelos, no debemos coger a la madre junto con sus huevos o sus crías (Deum. 22:6). En la trilla, no se debe embozar al buey. Y finalmente, si nos encontramos con la bestia de nuestro enemigo cargada más allá de sus fuerzas, debemos auxiliarla (Éxodo 23:5). Nuestra inquina no debe empujarnos a castigar al animal. En efecto, si hemos de triunfar finalmente sobre la expresión última de nuestra humanidad – amar a los compatriotas y a los extranjeros presentes en nuestras vidas – estas instrucciones sugieren que debemos empezar tratando a los animales, por quienes somos responsables, con compasión. Para que la compasión fluya naturalmente, debemos cultivarla desde niños.
El Talmud continúa donde la Torá termina: Rav, uno de los fundadores de las enseñanzas judías en Babilonia a principios del siglo III, ordena alimentar a nuestros animales antes de alimentarnos a nosotros mismos. Las Escrituras no esperan nada menos de nosotros. Es por esto que en el segundo párrafo del Shemá, el orden del versículo presenta a Dios alimentando al ganado antes que a nosotros: "Asimismo daré hierba en tu campo para tu bestia; de modo que comerás y te saciarás" (Talmud Brajot 40a; Deut. 11:15). Mis tíos, que tenían una perrera muy elegante, nunca se sentaban a comer después de un día de trabajo duro sin antes alimentar a sus propios perros pastores, que vivían con ellos en la casa.
Casi un milenio después de Rav, el tratado firmado por los devotos ashkenazíes, “Séfer Jasidim”, hizo la siguiente distinción con base en nuestra parashá: Cuando se trata de la sed, los humanos beben primero, pues ¿acaso no dio Rebeca de beber primero al siervo de Abraham antes que a sus camellos? Del mismo modo, cuando Israel estaba sin agua en el desierto, Dios le ordenó a Moisés sacar agua de una roca para "dar de beber a la congregación y a sus ganados" (Números 20:8). También aquí, la necesidad humana tuvo preferencia. Pero no cuando se trata del hambre. Entonces deberemos revertir el orden, porque esa fue la secuencia en la que la casa de Labán le dio la bienvenida a su invitado de Hebrón. Primero le dieron "paja y forraje" a sus camellos, y solo entonces pusieron comida ante él (Génesis 24:32-33; Margoliot ed. No.531). La distinción podría surgir por el grado mayor de urgencia que puede concurrir en un caso de sed.
Otra sección del “Séfer Jasidim” (número 666) afirmó el principio de que maltratar a un animal sin razón alguna no queda impune. El ejemplo citado para confirmar este mandato fue el destino del profeta midianita Balaam, que golpeó a su asno tres veces mientras trataba de esquivar al ángel armado que bloqueaba su camino. Cuando Dios permitió al asno reprochar a su amo, Balaam le gritó con ira: "¡Porque te has burlado de mí! ¡Si hubiera en mi mano espada, ahora mismo te mataría!" (Números 22:29). Fue a causa de este insulto y por la crueldad que lo precedió que Balaam murió por la espada cuando los israelitas llegaron después a destruir a los midianitas (Números 31:8).
En resumen, la prueba matrimonial hecha por el siervo de Abraham sirvió como preludio narrativo y paradigma de un valor judío fundamental. El libro de Proverbios lo dejó bien claro cuando declaró: "El justo mira por las necesidades de su bestia" (12:10). La forma cómo tratamos a nuestros inferiores es la medida fundamental de nuestra humanidad.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Jaié Sará ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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