|
El incomparable código legal judío de Maimónides del siglo XII se inicia con un preámbulo teológico resonante, "El principio básico de todos los principios básicos, y el pilar de todas las ciencias, consiste en comprender que hay un Ser Primero que trajo a la vida todo lo existente." (Isadore Twersky, A Maimonides Reader, 43).
Para poner de relieve esta afirmación, Maimónides hace que la inicial de las primeras cuatro palabras deletree el nombre más personal de Dios, el Tetragrama, que los judíos ya no pronuncian como está escrito. Puesto que el significado de la raíz de esta palabra es "ser", el nombre de Dios expresa el principio fundamental del judaísmo: la eterna presencia de Dios es la fuente y garantía de todo lo que existe. Y ése es el nombre que Dios revela a Moisés en la zarza ardiente, y nuevamente, en otra forma, al comienzo de nuestra parashá. La tierra de la que brota el judaísmo es la indisputable y abrumadora existencia de Dios.
Sin embargo, Dios permanece inescrutable. La revelación en la Torá ocurre una y otra vez en un escenario velado por la oscuridad, tal como Abraham Joshua Heschel jamás se cansa de recordarnos.
Con sorprendente consistencia, la Biblia registra que las teofanías que Moisés fuera testigo tuvieron lugar en una nube. Una y otra vez escuchamos que el Señor "llamó a Moisés de entre una nube" (Exodo 24:16); que el Señor apareció y le habló "en la columna de una nube" (Números 12:4; Deuteronomio 12:5; Salmo 99:7)
No debemos ignorar voluntariamente ni abusar por alegoría de estos importantes términos. Cualquiera sea el hecho específico que pueda denotar, transmite sin ambigüedad a la mente, la verdad fundamental que Dios se ocultaba aún cuando revelaba, que aunque Su voz se hizo manifiesta Su esencia permaneció oculta. (Heschel, Dios en Busca del Hombre).
En el espíritu de esta modestia teológica, los Rabinos recurrieron a crear una profusión de nombres divinos, más de setenta, según Arthur Marmorstein. El anhelar a Dios se expresó a si mismo en un número interminable de apelativos. Inundamos de términos afectuosos aquello que más amamos. Cada nombre captura una dimensión de la experiencia humana de la divinidad. Juntos constituyen un estereoscopio de lentes incalculables y visión profunda extraordinaria.
Uno de mis predilectos es el nombre "Makom", que significa lugar. Al huir de Esaú, Jacob arriba "a cierto lugar" (Génesis 28:11) que los Rabinos interpretan como Dios, para expresar la idea sorprendente de que Dios es el lugar del mundo en lugar del opuesto, que el mundo es el lugar de Dios. Es un nombre cargado de paradoja. Por una parte, en su condición abstracta, se adapta elegantemente a las elevadas restricciones del monoteísmo bíblico. Nuestro universo (que se expande) no es sino un pequeño rincón del propio ser de Dios. Por otra parte, Makom hace accesible y cercano al Dios infinitamente grandioso. No hay lugar en la tierra privado de la presencia de Dios, pues Dios, por definición, impregna la existencia tal como la conocemos. El efecto es responder a las necesidades de nuestra mente tanto como de nuestros corazones: Dios es a la vez trascendente e inmanente. En nuestras plegarias matutinas, para citar otro de mis favoritos, nos dirigimos a Dios como "el Señor de los Milagros", y le agregamos la apta descripción "Que cada día renueva con clemencia la obra de la creación." La apelación tiene la intención de sensibilizarnos hacia los milagros cotidianos y recurrentes que nos rodean, y hacia los cuales nos volvemos inmunes tan rápidamente. Nuevamente, es Heschel quien nos ha enseñado que, sin un sentido de milagro o asombro radical, nunca seremos tocados por la presencia de Dios. Descubrir al "Señor de los Milagros" es la llave para adquirir el dominio de los otros nombres de Dios.
Subyacente a la profusión de nombres divinos existe la percepción que, como seres humanos, nuestra nomenclatura no puede hacer más que describir las acciones de Dios, es decir, nuestra experiencia de Dios y nada que se asemeje a la esencia de Dios. Cuando Moisés presiona a Dios, el midrash hace decir a Dios: "Deseas saber Mi nombre. Es por Mis acciones que se me llama. A veces me llaman El Shadai o Tzevaot, o Elohim o Adonai. Cuando juzgo a la humanidad, se Me llama Elohim. Cuando lucho contra los malvados se Me llama Tzevaot (el jefe de un ejército), Cuando Me abstengo de castigar a alguien inmediatamente por su pecado, se Me conoce como El Shadai, [¡no estoy completamente seguro del por qué!] Y cuando trato a mi mundo con compasión se Me conoce como Adonai” (Exodus Rabá 3:6).
Notablemente, el midrash prueba su caso teológico con la enigmática frase usada por Dios en el diálogo original con Moisés: "Soy el que soy" (Éxodo 3:14). Dios no es el mismo en cada una de las instancias. La misma vaguedad de la formulación con dos verbos de "ser" permite una variedad de intersecciones con Dios.
El midrash captura la esencia del monoteísmo. Si la religión pagana elevó al nivel de deidad a una variedad de fenómenos naturales dispares, de ahí un panteón de dioses, la Biblia insiste en una única gran deidad que abarcaba la diversidad de la naturaleza y la experiencia humana en su interior. La existencia emana de una única fuente del ser, refractada en un brillante espectro de emociones por la conciencia humana.
Con este trasfondo, podemos saborear el hecho de que nuestra parashá use tres nombres diferentes de Dios en el espacio de sus dos primeros versículos: Elohim, Adonai y El Shadai (Éxodo 6: 2-3). Dados los significados que los Rabinos atribuyeron a los nombres de Dios, el midrash crea un intercambio fraguado de profunda tensión. El nombre Elohim (Dios como juez) sugiere un momento de impaciencia divina. Dios (Elohim) habló a Moisés. Lo que desencadenó el regaño fue el asalto previo de Moisés a Dios después de su primer revés: "Oh, Señor, ¿por qué hiciste mal a este pueblo? ¿Para qué me enviaste?" ( Éxodo 5:22), una observación cargada de irrespetuosidad y descaro. Dios lamenta el desliz de liderazgo.
¡Qué pena que los patriarcas se hayan ido! Varias veces me aparecí ante ellos con el aspecto de El Shadai, y fue suficiente. A Abraham le dije: "Levántate pues, y anda a todo lo largo y a todo lo ancho de la tierra, porque te la daré." (Génesis 13:17) Y sin embargo no encontró lugar para enterrar a Sara hasta que compró a Efron por 400 shekalim una parcela para su sepultura. Algo similar sucedió con Isaac y Jacob, y ninguno de ellos cuestionó jamás Mi palabra. En contraste, a ti me revelé como Adonai, y te vuelves contra Mí ante la primer adversidad. En consecuencia, redimiré a Israel con compasión (Adonai) pero te condeno a morir en Transjordania [Elohim, con El Shadai quizá significando la demora en el castigo.] (Genesis Rabá 6:4).
Ni por un momento pienso que el midrash es forzado, Al mezclar narración con teología, recoge un tono crítico apenas por debajo del significado superficial del texto bíblico: nada como la adversidad para poner a prueba la calidad de nuestra fe.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Vaerá ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|