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Nuestro sagrado canon sirve como piedra de toque a la tradición. De él deducimos innumerables leyes y enseñanzas, utilizándolo como guía moral para aprender qué hacer, así como qué no hacer. Comenzando con el puro principio - al puro principio - el libro del Génesis nos guía con la profundidad de nuestros ancestros, a través de los relatos de nuestros patriarcas y matriarcas. Los contemplamos y buscamos recoger lecciones de su historia.
Aún así, los primeros capítulos del Génesis alumbran mucho más que los protagonistas de cada generación. En nuestra lectura anual de las parashiot semanales, frecuentemente dejamos de lado la profundidad del desarrollo del carácter divino. Al enfocar nuestra atención sólo en las enseñanzas de nuestros ancestros, podemos perder de vista el lugar ocupado por Dios en la narración, y la percepción que nos podría dar sobre el judaísmo.
El carácter de Dios realmente ocupa una posición central en la narración del Génesis. En la parashá Nóaj, encontramos a un Dios que ha observado cómo pasan las generaciones, alejándose cada vez más del paraíso que fue Gan Edén. La angustia de Dios es casi tangible cuando Noé se entera de Sus planes para acabar con la vida en la tierra. La línea que comenzó con Adán, Eva y su progenie se deterioró rápidamente, por lo que Dios pensaba comenzar de nuevo.
Las generaciones precedentes estaban gobernadas por una habilidad para actuar libremente; Adán y Eva nos enseñaron que, en el jardín, el libre albedrío fue lo que provocó el desorden, la desobediencia y el caos que sorprendieron a Dios y lo obligaron a actuar con el diluvio. El consiguiente diluvio destruye la vida en la tierra (excepto a Noé y sus compañeros de viaje), pero además descarta el libre albedrío. Tras el diluvio, Dios se regocijaría con la inocencia de un mundo anterior a la creación, un mundo puro y sin tacha, un mundo no necesitado de redención - el tiempo en el que Dios pobló la tierra.
Durante generaciones, los comentaristas se han sentido intrigados por la elección de Noé. Lo ven y se preguntan: ¿Por qué Dios eligió a Noé? ¿Qué tenía de especial? ¿Fue escogido porque era el representante de la justicia? ¿O fue por algo más sutil? Se nos da una pista en el comentario del Rabino Ovadia Seforno, quien escribe: “Él era justo en sus acciones e inocente en sus ideas” (Seforno sobre Génesis 6:9). Noé siempre había actuado como se suponía que debía actuar, siempre de acuerdo a la voluntad de Dios, sin pensárselo dos veces.
El curriculum de Noé va todavía más allá. Se nos dice, al final de este mismo versículo, que Noé caminó con Dios. Ramban comenta la yuxtaposición de las descripciones: “Después de decir que era un hombre justo, se dice que caminó con Dios, temiendo únicamente a Dios... Y caminó en la senda que Dios eligió para él” (Ramban sobre Génesis 6:9).
Entonces Dios recomenzó la escena. Tomó a la persona que observa pasivamente, el fulano que lo hace bien todo el tiempo, el intachable y puro: Noé. Noé es, entonces, la elección obvia de Dios para otro intento creativo, exactamente lo que Dios buscaba en ese momento. Sus acciones eran impecables, sus pensamientos, candorosos. Sus pies hollaban las huellas ordenadas. No se movería, no pensaría, no actuaría sin el consentimiento de Dios. Noé no necesitaba del libre albedrío. Dios había creado el nuevo génesis: un carácter perfecto que actuaba solo por y para la voluntad divina. Noé sería el nuevo Adán.
Esta vez, a Dios le salió bien. El libre albedrío fue desechado. Sin la inclinación de la humanidad a portarse mal, podía existir un nuevo mundo, uno en el que Dios fuera el centro de mesa, no la humanidad; un mundo en el que el sueño divino de redención y reconciliación entre cielo y tierra se daría en forma natural.
Con el advenimiento del diluvio y el secuestro de Noé y toda la creación dentro del arca, Dios había devuelto el mundo a su estado previo a la creación, donde Dios ocupaba todo el universo. Dios había devuelto el mundo al estado del que leímos al principio del Génesis: “Y la tierra estaba informe y vacía, y había oscuridad sobre la haz del abismo; y el Espíritu de Dios se cernía sobre la haz de las aguas” (1:2).
La solución pareciera ser completa. Frustrado y entristecido por el fracaso de la creación, Dios tomó al observador pasivo, el nuevo prototipo humano; lo metió en un balde flotante para resguardarlo; devolvió el mundo a su estado pre-creacion donde Dios llenaba el universo; eliminó el libre albedrío de la malograda cuna de la humanidad; y creó un nuevo mundo donde todo permanece en las manos del cielo.
Y entonces, Noé hace lo inesperado. Este carácter, que hasta ese momento ha sido pasivo, que nunca ha hecho su voluntad, dedicado a la devoción, desarrolla profundidad y un deseo de tener una relación más real y duradera con Dios. Dios dijo “constrúyeme un arca”; Noé obedeció. Dios dijo “toma todos los animales”; Noé obedeció. Dios dijo “quítate de en medio, voy a destruir el mundo”; Noé obedeció.
Ahora, de un pronto a otro, Noé se hace activo. Desde dentro del arca se esfuerza por alcanzar y abrazar el caótico mundo de Dios. Con el ave en la mano, intenta comunicarse con Dios. En un mundo en el que Dios casi había echado abajo el libre albedrío, un libre albedrío regenerado llama la atención del mundo divino, esperando ser reconocido.
Y Noé clama por segunda vez a Dios y de nuevo espera ser reconocido. Tras bajar del arca a la tierra firme, Noé ejercita su previamente oculto libre albedrío. Se aleja del arca, construye un altar y ofrece sacrificios a Dios. Esta vez, Dios responde: “Y olió el Señor el olor suave; y dijo el Señor en Su corazón: ‘No volveré más a maldecir la tierra por causa del hombre; porque las inclinaciones del corazón del hombre son malas desde su mocedad; ni volveré más a herir todo viviente, como acabo de hacerlo’” (8:21).
Noé ha tendido la mano a Dios al enviar el pájaro a buscar en el abismo de la pre-creación. Ha ofrecido un sacrificio que no se le ha pedido y, finalmente, Dios se aviene al germinante libre albedrío de Noé y queda encantado. Heschel escribe que, de acuerdo a la Biblia, el hombre es “un ser enredado con los sueños de Dios, con los sueños de Dios de un mundo redimido, de la reconciliación de cielo y tierra” (¿Quién es el Hombre?, 119). Es con Noé cuando Dios deja en claro este anhelo, y cuando la humanidad comienza a cumplirlo.
El desarrollo del carácter divino a lo largo de la parashá nos enseña mucho más de lo que nunca nos hubiera podido enseñar Noé. Al principio de nuestra parashá, Dios contempló la maldad del mundo y decidió comenzar de nuevo, regresando a la gloria prístina de la pre-creación sin la presencia del libre albedrío en la ecuación. Cuando Noé Le llamó por su propia voluntad, produjo una pasión mucho más dulce que la observación pasiva. Nuestra decisión de observar, nuestra decisión de hacer el bien, nuestra decisión de actuar, produce una pasión por la vida que Dios reconoce como contrapartida de lo negativo de la sociedad, acercándonos un poco más a la reconciliación entre cielo y tierra. Todo lo que tenemos que hacer es tender nuestras manos hacia afuera del arca.
Shabat shalom,
Rabino Marc Wolf
La publicación y distribución del comentario del Rabino Wolf
de Parashat Noaj ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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