|
“¡Tomad con vosotros palabras,” dice el Profeta Oseas, “y volveos al Señor!” (Oseas 14:3). Esta exhortación sugiere, para algunos, la importancia de las palabras para un pueblo empinado en la tradición oral y el aprendizaje que viene de los libros. Así pues, no es impensable que el uso de ciertas palabras fuera significativo para nosotros, a la hora de entender no solo pasajes de Torá sino también las sutiles motivaciones humanas inherentes en esos pasajes.
Nuestra parashá comienza con las palabras: “Entonces Judá se llegó [vaigash] a José” (Génesis 44:18). Dada la subsiguiente conversación entre los dos, esta frase sería claramente superflua. Por supuesto, se le acercó. ¡Definitivamente, no se gritaron el uno al otro a distancia! De hecho, esta palabra y variantes de su forma aparecen a menudo en la historia de Jacob, y de las generaciones precedente y siguiente. La palabra aparece no menos de seis veces tan solo en el relato de Jacob cuando despoja de la bendición a Esaú. Aquí en nuestra parashá, Judá se acerca a José con la intención de comprender por qué este príncipe de Egipto pareciera tratar a su familia con semejante maldad. El Rebe de Guer, el S’fat Emet, sugiere que Judá, sin saber que José era su hermano perdido hace tanto tiempo, sintió sin embargo una profundidad secreta en el corazón de José, un secreto que necesitaba ser revelado. El acercamiento de Judá estaba lleno de azoramiento y ansiedad, mientras buscaba los medios para sacar el secreto del corazón de José. Si aigash es aquí indicativo de este azoramiento, así tal vez su uso frecuente en lo que atañe a esta familia es la forma que tiene la Torá de sugerir que, en Jacob y su familia, somos testigos de gente que tiene dificultades para acercarse unos a otros. Debido a la inquietud, la falta de confianza o el miedo, los personajes que rodean a Jacob están siempre renuentes a acercarse a otros. Se les debe pedir y ellos están pidiendo a otros que hagan lo mismo. De alguna manera, para esta gente, el acercarse emocional, espiritual y hasta físicamente resulta incómodo.
Un midrash en Bereshit Rabá (93:6) nos recuerda que “acercarse” es una acción muy complicada, tanto física como espiritualmente. Uno puede acercarse a otro con diversas intenciones; de hecho, con múltiples intenciones. El Midrash sugiere que “acercarse” puede ser con espíritu de contradicción, con espíritu de contrición, o aun con espíritu de tefilá, que traduciré aquí como cercanía espiritual. Solamente cada individuo sabe cuál es su verdadera intención. Uno se pregunta cuál, o más bien cuántas, de estas complejas intenciones estaban presentes en el corazón de Judá cuando se acercó a José. Aunque acercarse a otros puede ser difícil y puede provocar ansiedad, el acercamiento es necesario para que florezcan las relaciones humanas serias. Jacob y su familia pueden no ser tan distintos de nosotros, al encontrar el acto de conexión como algo cargado de peligros.
Nuestra sociedad está obsesionada con “el espacio personal”. Protegemos ese espacio y dejamos por fuera a los demás. Hasta nos encontramos envueltos en juicios por violar el espacio de otros. Litigios aparte, entiendo la necesidad de protegernos y me doy cuenta absolutamente de que, en ciertos casos, la invasión de nuestro espacio puede tener resultados desastrosos. Demasiado a menudo, sin embargo, el espacio personal se convierte simplemente en una metáfora para la renuencia del individuo a acercarse a otro con sinceridad e intimidad. Vivimos en un mundo de apretones de mano, no de abrazos. Siempre vigilantes para protegernos, terminamos haciendo imposible para otros el “entrar” y nos rehusamos hasta a intentar acercarnos a nuestros semejantes. Y sin embargo abrazar a otro ser humano, por no decir a alguien de nuestra propia familia, es mucho más que solo un acto físico. Abrazar a otro significa ayudar a esa persona a explorar las profundidades de su alma; significa buscar la intimidad de pensamiento y propósito. Si no podemos acercarnos, realmente no podemos esperar sentir ninguna cercanía con otros.
Jacob luchó con alguien que, según él, era un hombre. Solamente después se enteró de que esta figura era en realidad un ángel. Después de este incidente, y yo diría que sólo después de este evento, pudo Jacob abrazar a su hermano Esaú y decirle que, en su rostro, veía él “el rostro de Dios” (Génesis 33:10). En realidad, lo que Jacob aprendió de su lucha fue la importante lección de que abrazar a un ser humano es abrazar a Dios. Jacob emergió de este momento shalem (íntegro y completo), dice la Torá. De hecho, la integridad humana solamente llega por la realización de la verdad del abrazo que Jacob aprendió en su lucha con Dios. Solamente abrazando a los seres humanos, física y emocionalmente, podemos comenzar a ver al Todopoderoso en nuestro mundo. Sólo acercándonos a otros de buena gana, abiertamente y con calidez y entusiasmo, podemos hacer las conexiones necesarias para un mundo necesitado de solicitud y amor. Sólo podemos ver el rostro de Dios si estamos dispuestos a tender la mano al corazón y alma de otros seres humanos.
Pero Jacob sale de la lucha con Dios herido. La voluntad de buscar cercanía no carece de sus propios peligros. Podemos ser profundamente heridos por otros cuando nos acercamos a ellos. Aquellos que enfrentan ese peligro negándose a acercarse, terminan sufriendo heridas mucho más profundas que la dislocación de muslo que sufrió Jacob. Sufren de una dislocación del espíritu, de la cual nunca se recuperan. Luchar por acercarse significa abrirse a la posibilidad de ser herido.
El acercamiento de Judá a José resolvió el problema, y José estuvo listo finalmente para revelar su secreto. Qué triste, entonces, que hasta en ese momento de revelación y alegría sincera, José haya tenido que pedirle a sus hermanos, “¡Os ruego que os acerquéis a mí!” (Génesis 45:4). ¡De nuevo esa palabra! José ya no le teme al acercamiento de sus hermanos. Está listo para develar su verdad secreta y reunirse con la familia que no ha visto en tanto tiempo. Pero los hermanos todavía están recelosos. Qué difícil es, en un mundo de apretones de mano, abrazarse verdaderamente.
Esforcémonos por crear un mundo de abrazos. Podemos sobreponernos a las heridas. La recompensa es más grande que el dolor. Y en aquellos en quienes encontremos cercanía, veremos al Todopoderoso, cara a cara.
Shabat shalom
Rabino Barry Starr
La publicación y distribución del comentario del J.T.S. de Parashat Vaigash,
por el Rabino Starr, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|