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Hay un maravilloso midrash en Pesikta de-Rav Kahana que sugiere una profunda relación entre la llegada del maná descrita en la Parashá Beshalaj y la entrega de los Diez Mandamientos, relatada en la siguiente parashá, Itró. Así como el maná le supo distinto a todos y cada uno de los israelitas, según Rabí Yosi, asimismo le fue permitido a cada uno, de acuerdo a su propia habilidad particular, escuchar la Palabra Divina de forma diferente en el Sinaí (12:25).
Desde que conocí este midrash me he preguntado si podríamos interpretar otros aspectos de la historia del Éxodo de la misma manera. Quizás todo lo que ocurre en este libro de la Torá, hasta llegar a los acontecimientos que cambian el mundo sobre los que leemos en los capítulos 19-20, podría interpretarse como preparación para esos eventos. Los israelitas necesitaron más de tres días al pie de la montaña para prepararse a escuchar de Dios lo que normalmente no puede oírse, y para ver lo que nunca puede verse. Requerían todas las pavorosas experiencias de esclavitud y liberación; de liberación de las cuadrigas del Faraón en el Mar Rojo, y liberación de su propia sed e impaciencia en el desierto. También nosotros, miles de años después que ellos, necesitamos preparación conforme nos adentramos cada año como lectores en la narración. La Torá definitivamente no nos quiere ignorantes en el Sinaí. Innumerables pensamientos y emoción pavimentan el camino.
Dejaré aparte, por el momento, al tipo particular de preparación que Rabí Yosi pretendía captar en el midrash al que me referí anteriormente. Reflexionemos más bien sobre los temas más generales del Libro de Éxodo, y cómo nos pueden preparar para el Sinaí. Quisiera preguntar, en particular, cómo se relaciona la inmersión en la historia con la aceptación del pacto.
Pareciera ser absolutamente crucial para la Torá que el contrato que estamos a punto de “firmar” en el Sinaí esté perfectamente basado en el mundo histórico, como es y ha sido siempre. Esta enseñanza no está destinada a ser una guía para la iluminación individual (aunque ciertamente contiene indicaciones de ese tipo). El sendero hacia lo alto de la montaña, como el sendero hacia abajo, lleva directamente hacia y a través de las realidades históricas más concretas. Esto incluye hechos cotidianos de la vida, tales como los que presencia y ayuda a mejorar el suegro de Moisés (disputa y juicio), o los que presencia el Faraón y procura interrumpir (la labor de parto y el trabajo de los israelitas en los campos). La historia relevante también abarca realidades extraordinarias, bendecidas o maldecidas, tales como el intento de genocidio de un pueblo entero (actualmente asunto muy común en las noticias); o, mucho menos común pero no desconocido, la liberación de un pueblo entero de la esclavitud. La Torá describe una redención tan pública, tan visible y tan milagrosa que no puede dejar de notar, y agradecer, la ayuda de Dios. Esta experiencia es, tal vez, el paso preparatorio al pacto más importante de todos.
De cualquier manera – bendición o maldición; hechos cotidianos de la vida o realidad extraordinaria – la Torá pareciera enseñar que el pacto que estamos haciendo los unos con los otros y con Dios deberá ser representado en el mundo humano, prominentemente social y político, que todos conocemos por experiencia. No se refiere a alguna utopía fantástica no creada todavía. Dios quiere que conozcamos a Dios aquí, ahora, como somos, como es el mundo. Es esta historia la que Dios quiere cambiar mediante nuestras lecturas y trabajos.
No sé ustedes, pero yo siempre me he sentido desafiado por el momento, al principio del Libro de Éxodo, cuando Moisés mata al egipcio que golpea sin misericordia a un esclavo israelita. Me di cuenta hace años de que, al alentar a Moisés como me induce el texto, como pretende el texto, me convierto en una especie de cómplice con la acción tomada por Moisés. Esto también, a mi juicio, es parte de la intención de la Torá. Quiere que pierda mi inocencia de esta manera, con el fin de incrementar mi sentido de responsabilidad para con el mundo. La lección es difícil de aprender, año tras año. Queremos volver a la inocencia y no podemos.
La Torá mas bien quiere que seamos actores atentos y morales. Como tales, no estamos libres de responsabilidad ante las maldades que consentimos y, lo que es peor, compartimos la culpa por las maldades en que participamos; y tal vez en un grado menor, por las maldades que aprobamos. Como le gustaba decir a Heschel: “pocos son culpables, todos son responsables.” Quizás algunos de nosotros elegiríamos el pacifismo, como resultado de la profunda reflexión sobre el precio del ciclo de violencia en espiral presente en el mundo. Esta elección, además, implica responsabilidad y provoca culpa, por supuesto, tanto como la decisión, basada en parte en los repetidos encuentros con la historia del sufrimiento israelita en Egipto, de que algunas maldades deben detenerse, de ser necesario, por la fuerza. Sea como sea, el texto nos atormenta con el saber trágico de que rara vez deviene el bien de la violencia. La Torá es un informe definitivamente realista de la historia. El pacto que nos lega nos exige luchar con el dilema moral más profundo.
Pienso que, ni más ni menos, los acontecimientos que nos llevan al Sinaí requieren que pensemos tanto como nos sea posible, usando todos los recursos a nuestra disposición, sobre lo que significa para criaturas finitas como nosotros el “escuchar” – entrar en contacto con, pretender aprender y obedecer a – el Dios infinito. ¿Qué significa, para mujeres y hombres que caminan en dos piernas y tienen dos pies plantados firmemente en la tierra, el dirigir los ojos del alma hacia el cielo? Una y otra vez tratamos de imaginar, cada uno a su manera, cómo debe haber sido para Moisés el encontrarse en la cima de esa montaña cuando Dios “descendió”. El texto pareciera convencido de que para lograr eso efectivamente, debiéramos ser capaces de imaginar, cada uno a su manera, cómo debe haber sido para los israelitas el encontrarse en el “lugar angosto” de la esclavitud y esperar la liberación, que no llegó por tanto tiempo.
La Torá nos coloca en su remota situación con el fin de acercarnos más a nuestra propia situación. Nos hace pasar, como lectores, por lo que nuestros ancestros pasaron en su vida; para que nos esforcemos por asegurarnos de que la mayoría de nuestros hijos tengan la buena fortuna de solamente leer sobre sufrimiento y esclavitud, en lugar de padecerlos ellos mismos. El Libro del Éxodo comienza con los nombres de aquellos que bajaron a Egipto, uno por uno, tal vez la mejor manera de desafiarnos a agregar nuestros nombres a la lista de aquellos que levantaron el mundo desde Egipto. Lo hacemos, guiados e informados por el pacto que acordamos en el Sinaí.
Que este año leamos bien el Libro del Éxodo y tengamos el valor de actuar de acuerdo con lo que probamos y escuchamos en su divina palabra.
Shabat shalom,
Profesor Arnold M. Eisen Rector electo
La publicación y distribución del comentario del JTS de Parashat Shmot,
por el Profesor Eisen, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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