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En la parashá de esta semana, conforme nuestra narración se acerca al punto culminante del Éxodo de Egipto, sentimos cómo va recrudeciendo el drama. Todos los personajes principales – Moisés, Aarón, el Faraón y, por supuesto, Dios – están en su lugar. Y apenas nosotros, los lectores, sentimos que por fin las circunstancias están dadas para este acontecimiento trascendental, la historia se hace interminable. Moisés pide permiso para que los israelitas se puedan ir, y el Faraón se rehúsa repetidas veces. Dios envía plagas, no una sino diez veces, lo que nos hace preguntarnos por qué se tardan tanto.
La Torá nos dice que el Faraón endureció su corazón; en esencia, volvió la espalda al sufrimiento de los israelitas y se rehusó a liberarlos. Como apunta el versículo final de la parashá de esta semana, “Y se endureció el corazón del Faraón, y no dejó ir a los hijos de Israel…” La intransigencia del Faraón tiene muchos efectos adversos, el menor de los cuales es la prolongación de la historia. Su obstinación prolonga la esclavitud de los israelitas y, en forma indirecta, lleva a Dios a infligir las plagas sobre los egipcios, el pueblo mismo del Faraón. En conjunto, su testarudez sirve para castigar tanto a sus amigos como a sus enemigos.
Aunque formulado como defecto de un líder poderoso, la intransigencia es una cualidad con la que se pueden relacionar todos los seres humanos. Al leer sobre la respuesta del Faraón, se nos recuerda cuán fácil es para nosotros los humanos el sentirnos arrastrados hacia un patrón negativo de conducta, hasta el punto de que se nos hace cada vez más difícil liberarnos del patrón y cambiar nuestros actos. Discutimos con un amigo, nos sentimos mal por ello, y luego nos sentimos demasiado avergonzados como para llamarlo por teléfono para arreglar las cosas, felicitarle por su cumpleaños o asistir a una fiesta de un amigo común. Antes de que nos demos cuenta, han pasado los meses y nos hemos alejado de nuestro amigo, aunque tal vez ni siquiera recordamos lo que provocó la pelea inicial.
La Torá describe esta intransigencia irreversible diciéndonos, tras las primeras cinco plagas, que Dios endureció el corazón del Faraón. Esta misma imagen de endurecer el corazón aparece en Isaías 6:10: “Será embotado el corazón de este pueblo…”, pero literalmente, “Atasca el corazón de ese pueblo”. Maimónides, rabino y filósofo del siglo XII, explicó esta frase aduciendo que significaba que el pueblo pecó repetidas veces por su propio libre albedrío, hasta que perdieron el derecho a la oportunidad de arrepentirse. En forma similar, Maimónides aclara su punto de vista de que Dios no forzó al Faraón a hacer mal a Israel. El Faraón pecó por sí mismo, haciéndose cada vez más cruel, hasta que perdió el derecho a arrepentirse.
En el ejemplo del Faraón, vemos las consecuencias abrumadoramente negativas que el endurecer nuestro corazón puede infligir en otras personas. Pero lo opuesto es también cierto. Aún cuando otros endurecen su corazón, si usted ablanda el suyo puede suavizar gradual pero perceptiblemente el golpe. No podemos controlar las plagas de nuestro tiempo – los horrores de la guerra, las enfermedades y la muerte – pero podemos condicionar a nuestro corazón a hacer el bien y, al hacer esto, podemos a menudo hacer la diferencia.
Mi difunto esposo, Rabino Gershon Schwartz, z”l, era un ruidoso defensor de la donación de órganos. Hablaba sobre ello desde el púlpito, escribía sobre ello en el boletín de su sinagoga y se ponía orgullosamente el broche en apoyo por esta causa. Tenía la esperanza de que su postura pública persuadiera a las personas de que la donación de órganos era una mitzvá que le incumbía a todos aquellos con posibilidad de practicarla. En la práctica, Gershon esperaba convencer a la gente para que señalara la celda de donador de órganos en su licencia de conducir. Poco imaginaba que él mismo estaría en situación de servir como donador de órganos. Y sin embargo, cuando Gershon murió inesperadamente hace dos años y medio, donó de hecho sus órganos. Por supuesto, para ese momento, ya la decisión no estaba en sus manos. Un trasplante de corazón se hace en forma póstuma, cuando el donador no puede tomar la decisión conscientemente. Pero como Gershon, metafóricamente, había condicionado su corazón hasta ese punto durante su vida, sabíamos exactamente lo que él hubiera querido que hiciéramos con él. Esto hizo posible el que su corazón continuara haciendo el bien más allá de su muerte, puesto que cumplimos los deseos de Gershon al arreglar las cosas para el trasplante. Gracias a sus palabras y acciones durante su vida, su corazón ahora late en el cuerpo de alguien más. Como escribió el receptor a mi familia y a mí, este corazón “fue un milagro para mí y para mi familia… Gershon continúa viviendo a través mío, y eso será siempre algo precioso para mí.”
Qué inquietante el que el receptor usara la palabra “milagro” para describir su nuevo corazón; Va-erá relata las primeras siete de las plagas, eventos a los que comúnmente se refieren como “milagros”. La yuxtaposición nos recuerda que mientras, por un lado, un corazón endurecido provocó el que Dios enviara milagros para infligir dolor, sufrimiento y muerte, por el otro lado, un corazón tierno y bueno dio vida, trayendo gozo inconmensurable a otra persona y a su familia.
Como nos demuestra esta parashá, las decisiones que tomamos todos y cada uno de nuestros días pueden tener un impacto mucho más grande de lo que podríamos imaginar. Aunque el control que tenemos sobre nuestro destino es limitado, tenemos el asombroso privilegio, así como la tremenda responsabilidad, de hacer y tomar las mejores decisiones posibles. Que todos ejerzamos ese poder con sabiduría.
Shabat shalom,
Shuly Rubin Schwartz
La publicación y distribución del comentario del JTS de Parashat Va-erá,
por la Dra. Schwartz, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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