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Las palabras con que comienza Bereshit son estimulantes. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra.” Cada día, conforme Dios crea el mundo y todo lo que hay en él, se nos dice que es bueno. Al sexto día, cuando Dios crea al hombre, se nos dice que es muy bueno. Del caos viene el orden, el bien e infinidad de posibilidades. Pero la parashá termina con el mundo al borde de la destrucción: “Y vio el Señor que era grande la maldad del hombre en la tierra, y que toda imaginación de los pensamientos de su corazón era solamente mala todos los días. Y arrepintióse el Señor de haber hecho al hombre en la tierra, y afligióse en Su corazón.” (Génesis 6:5-6)
¿Cómo pasamos tan rápido de “muy bueno” a “maldad todos los días”? ¿Cómo nos asimos a nuestra percepción de posibilidades frente a este remordimiento de Dios? ¿Cómo nos conformamos con el exilio al que somos desterrados tan solo horas después de que fuimos ubicados en el jardín?
Los rabinos nos orientan un poco en relación con estas preguntas clave cuando emparejan la parashá Bereshit con la haftará de esta semana, tomada del libro de Isaías. La haftará comienza:
(5) Así dice el Dios, el Señor,
El que creó los cielos y los extendió,
El que extendió la tierra y todo cuanto hay en ella,
El que dio aliento a la gente que sobre ella (vive),
y espíritu a los que caminan por ella:
(6) Yo, el Señor, te he llamado en justicia,
Y tendré asida tu mano;
Yo te creé, y te designé:
El pueblo del pacto, una luz para las naciones.
(7) Para que abras los ojos ciegos,
Para que saques del calabozo a los presos,
De la cárcel a los sentados en tinieblas. (Isaías 42:5-7)
El versículo 5, que hace eco de los primeros versículos de Bereshit, une la creación del mundo y la creación de los seres humanos, que aparecen mediante el relato de Adán y Eva. En un giro revelador, Isaías habla de Dios dando aliento a la gente (noten neshama la'am), en contraste con el versículo en Génesis que describe la creación de una única persona, Adán. En el Génesis leemos: “sopló en sus narices el aliento de la vida (vaypaj beapav nishmat Jaym)" (2:7). Por lo que nos vemos forzados a preguntarnos sobre el significado de enfocar la creación en un único ser o enfocar la creación en la gente como un todo. En Génesis, se nos da a entender que todas las personas provienen de esta única persona. Entendemos que, a pesar de nuestras muchas diferencias, todos estamos unidos por este acto único de creación. Los rabinos enseñan que, puesto que todos podemos rastrear nuestro origen a un mismo ancestro común, tenemos que reconocer nuestra igualdad a los ojos de Dios. El milagro de la creación de Adán es que Dios tomó un poco de polvo (adama) y lo convirtió en un ser vivo (adam).
Entonces, ¿cómo interpretamos la versión de Isaías sobre la creación? Dios dio aliento a un pueblo. En lugar de detenerse en el milagro de la creación de la vida humana, Isaías pasa directamente al sentido del significado. Isaías se enfoca en el propósito de esta creación:
Yo te creé, y te designé:
El pueblo del pacto, una luz para las naciones.
¿Y qué se supone que debe hacer este pueblo del pacto? Abrir los ojos de los ciegos y rescatar prisioneros de la cárcel, hacer de este mundo el lugar que debe ser. La historia de la creación, como es contada en Isaías, es una historia de creación que ya conoce lo que es vivir en un mundo quebrantado. Es una historia impregnada de una realidad oscura, que cuelga en la experiencia de una post-destrucción, de una comunidad exilada. La esperanza para esa comunidad supone que la ruina no es el final de la historia. Dios quiere que ellos –quiere que nosotros– veamos que la redención es posible, que la fractura puede transformarse en integridad y libertad.
Pero se hace difícil entender esta función de “luz ante las naciones” cuando, unos pocos versículos después, Dios promete redimir al pueblo de Dios.
“A todos los que se llamen por Mi nombre,
A quien para Mi gloria Yo he creado,
He formado y he hecho.
Haced salir al pueblo
ciego, aunque tiene ojos,
y sordo, aunque tiene orejas.” (Isaías 43:7-8)
Estos versículos parecen decir que el pueblo de Dios, Israel, está ciego y sordo. Eso nos presenta un problema. ¿Cómo puede ser que este pueblo, que se supone será “una luz para las naciones”, sea ciego y sordo a la verdad de Dios? ¿Cómo puede un pueblo ser ciego y además confiársele la tarea de llevar vista a otros que son ciegos? Algunos comentaristas no necesitan complicarse con este problema, pues interpretan los primeros versículos de la haftará como si se refirieran a un sirviente individual, ya sea el profeta Isaías o un mensajero que reestablecerá al pueblo de Israel. Pero los rabinos que le dieron forma a esta haftará, al comenzarla en el versículo 5 del capítulo, que lleva directamente a la referencia de “El pueblo del pacto, una luz para las naciones”, han privilegiado la lectura en la que el siervo de Dios es Israel. Por lo que volvemos a nuestro problema. ¿Cómo puede un pueblo ser ciego y, al mismo tiempo, ayudar a otros a salir de su ceguera?
La paradoja de ese desafío capta un aspecto esencial de lo que es ser humanos. Dios no hace al pueblo de Israel “una luz para las naciones” porque seamos fundamentalmente distintos de las demás naciones. Si fuéramos diferentes, entonces ¿qué tipo de luz despediríamos? Las naciones nos ignorarían y dirían que nuestra realidad y la de ellas no tienen nada que ver. Para poder ser una luz para las naciones, necesitamos reconocer nuestra propia cautividad y encontrar la fuerza para confiar en que Dios nos liberará; necesitamos reconocer nuestra propia ceguera y abrirnos camino en la oscuridad hasta que encontremos alguna luz. Lo que nos distingue no es una diferencia esencial específica entre nosotros y ellos, sino nuestro compromiso con el pacto –pacto que fomenta la esperanza cuando estamos en la desesperación más oscura–, que permite a nuestro drama inspirar a otros con una confianza igualmente redentora.
Al final, llegamos a entender que caos y posibilidades, exilio y el anhelo de restauración, están presentes tanto en Bereshit como en Isaías. Mientras que la creación en Bereshit comienza con “muy bueno” para pasar luego al lamento de Dios, la creación en Isaías comienza con el mundo quebrado que provoca en Dios ganas de gritar (Isaías 42:14), proporcionándonos el desafío de asociarnos con Dios para hacerlo “muy bueno”. Ken yehi ratzon, sea ésta la voluntad de Dios.
Shabat shalom,
Rabina Mychal Springer
La publicación y distribución del comentario del JTS de Parashat Bereshit,
por la Rabina Springer, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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