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Abram en la luz; Abram en las tinieblas. Abram con hombres en guerra; Abram con mujeres en guerra. Como una novela picaresca, la Parashá Lej Lejá sigue a nuestro patriarca de escena en escena, con lugares y gente entrando y saliendo de las sombras. Conforme Abram pasa de Mesopotamia a Canaán a Egipto y de vuelta, los conflictos le rodean y sin embargo parece tranquilo. A pesar de todos sus asombrosos actos, Abram solamente pronuncia unas pocas palabras en toda esta porción. ¿Quién es este hombre, este padre fundador de nuestra nación? No tenemos indicios sobre su apariencia, pero podemos observar claramente sus cualidades.
Decidido. Cuando Dios le ordena desarraigarse para ir en busca de una nueva tierra, Abram emprende el camino sin rechistar. Cuando se entera de que su sobrino Lot fue tomado como rehén, Abram corre al campo de batalla, vence a cuatro reyes y rescata a su caprichoso pariente. Nunca vacila en discutir con reyes o con el mismo Dios.
Desprendido. Abram no le da importancia a las promesas de recompensa, ya vengan de parte del afectado rey de Sodoma o del eminente Dios de los cielos. Indiferente, le ofrece a Lot que elija cualquier tierra que prefiera. Abram no busca ni riquezas ni tierras. Cuando se le pide circuncidarse a sí mismo y a los hombres de su casa, el Abram de noventa y nueve años se apresura a cumplir. Su único deseo declarado es el de tener un heredero.
Fiel. Cuando Dios aparece en el capítulo quince y le promete una gran recompensa, Abram responde amargamente: “Señor Dios, ¿qué me darás a mí, si ando sin hijos, y el mayordomo de mi casa es Eliécer de Daméseq?” Y sin embargo todo lo que requiere Dios para calmar su ira es prometerle un heredero. Abram confía en Dios y Dios recompensa esa confianza (Génesis 15:6).
Complejo. Es raro, sin embargo, que el mismo confiado Abram exija pruebas apenas dos líneas después, cuando Dios le ofrece la tierra (15:8). Este cambio ha asombrado a lectores por muchos siglos. Rashi alega, convincentemente, que Abram no duda de Dios en este pasaje. Más bien, siente curiosidad por saber qué méritos harán él y sus descendientes para merecer la tierra. El pacto de los animales partidos insinúa el culto del futuro Templo, que asegura el derecho de Israel a la tierra. Tal vez Rashi tenga razón, pero no podemos saberlo realmente. Algo extraño está pasando en el capítulo 15.
Nos parece entender a Abram a través de sus actos. Pero, ¿lo entendemos realmente? ¿Está él lleno de fe o de furia? Apenas cuando comenzamos a preguntarnos sobre estos juicios, las luces se atenúan, y Abram cae en el temor de un profundo sueño llamado tardemá. Abram regresa a las sombras. ¿Qué tipo de tinieblas son éstas?
Ya hemos oído hablar de la tardemá. Adán cayó en una tardemá cuando Dios le quitó su costilla y le construyó una esposa. Adán estaba muy solo y necesitaba una compañera, pero ¿qué se podía hacer? A todo esto, ¿podía Dios arrancarle la costilla y hacer a Eva? Los rabinos señalan, con razón, que esto hubiera horrorizado y hasta repugnado a Adán. Su tardemá le permite a Adán finalizar una etapa infructuosa de su vida y entrar en una nueva. Es una oscuridad preñada, un sueño fértil que le permite a Adán reiniciar y cumplir su destino.
Ahora Abram cae en una tardemá, para poder extraer una profecía de él. Ve un futuro plagado de problemas para su progenie; cuatro siglos de esclavitud y sufrimiento, seguidos de libertad y riquezas. ¿Por qué tiene Abram que estar anestesiado para recibir esta profecía? Sus otras conversaciones con Dios fueron en estado consciente. ¿Qué une la tardemá de Abram con la de Adán?
Me parece que, en ambos casos, nuestros patriarcas han llegado a un callejón sin salida. La vida con Dios es una aventura encantadora, pero no parece ofrecer ningún futuro. La tardemá se presenta como una coda, dando por terminada una etapa de la vida y comenzando la siguiente. La oscuridad es una etapa en la renovación. Cuando su computadora se congela, ¿qué hace usted? En cierto momento, no hay ninguna otra opción más que pulsar el botón: apagarla y reiniciarla. Quizás la tardemá de Abram deba entenderse de esta manera. Es un reinicio espiritual para un patriarca bloqueado.
Las tinieblas son un efecto dramático que precede otras grandes transiciones en la Torá. La oscuridad cae sobre Egipto antes de la plaga final (éxodo 10:22) y, de nuevo, las tinieblas separan a Israel de Egipto antes de la división de las aguas (14:20). La oscuridad cae en el Monte Sinaí poco antes de la brillante luz de la revelación (Deuteronomio 5:19). Cada apagón finaliza una etapa y anuncia el nacimiento de un nuevo comienzo. Isaías cita repetidamente imágenes de oscuridad y luz para subrayar el papel de Israel en la gran redención: “El pueblo que anda en tinieblas, vio gran luz; y sobre los habitantes de la tierra de sombra de muerte, luz resplandeció sobre ellos” (Isaías 9:1).
Asimismo, Abram necesita reiniciarse. Una cosa es levantarse y emigrar a una nueva tierra. Está bien que se nos prometa descendientes tan numerosos como las estrellas. Pero esto no está funcionando. Abram necesita entrar en un trance para enterarse de un futuro difícil. Sus hijos serán esclavos. Esta oscuridad es terrorífica. Y sin embargo es una etapa necesaria para que Abram se convierta en Abraham, un padre de muchas naciones, el patriarca de Israel.
Hace 62 años el pueblo judío salió de una tardemá; una oscuridad profunda y espantosa. Objetivamente, habría sido fácil abandonar toda esperanza frente a tamaña destrucción sin precedentes. Y aún así, las nubes se desplazaron, se encontró una luz nueva y nueva vida fue creada. Sobrevivientes del Holocausto en campamentos de Personas Desplazadas se casaron y tuvieron hijos. Los judíos en Israel crearon vida, cultura y democracia; defendieron vigorosamente su libertad. Llevaron luto, pero luego rebotaron con pasmosa resistencia.
De la penumbra a la luz, el pueblo judío siguió adelante implacablemente. Como Avraham Avinu, el moderno Israel se rehusó a desesperar. Leyendo la Parashá Lej Lejá, reclamemos este modelo una vez más. Enfrentemos nuestros retos existenciales con claridad, valor y creatividad. Que una nueva luz brille sobre Sión, y que todos merezcamos compartir este resplandor.
Shabat shalom,
Rabino Daniel Nevins
La publicación y distribución del comentario del JTS de Parashat Lej Lejá,
por el Rabino Nevins, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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La traducción del comentario de la Parashá del JTS es realizada por la Unión Judía
de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe:
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Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe,
con autorización del Seminario Judío de Teología. Esta versión en
español no ha sido supervisada por el JTS. Traducido por Inés Baum, de la Congregación
B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearit
Israel, Panamá.
Versión original en inglés.
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