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Pobre Isaac; prensado entre el “ejemplar” Abraham y el “enérgico” Jacob, exhibe muy poca personalidad. El reciente comentario de la Torá de Robert Alter caracteriza a Isaac como: “el pálido y esquemático patriarca entre los tres antepasados, precedido por el fundador ejemplar, seguido por el luchador enérgico.”
Las palabras introductorias de la Parashá Toldot subrayan la palidez de Isaac. V’elé toldot Yitzjak ben Avraham, Avraham olid et Yitzjak. “Y éstas son las generaciones de Isaac, hijo de Abraham: Abraham engendró a Isaac” (Génesis 25:19). La oración que le sigue inmediatamente presenta a Rebeca, y para el final del párrafo, Jacob y Esaú ya han llegado. Isaac casi no aparece en su propia historia. ¡Definitivamente no es la estrella de su propia película! En un puñado de frases, la Torá nos lleva de Abraham a Jacob, dejando a Isaac en el polvo.
El comentario introductorio de Rashi sobre Toldot, parafraseando un pasaje del Midrash Tanjuma, intensifica el dilema de Isaac. Dios, según Rashi, hizo los rasgos faciales de Isaac idénticos a los de Abraham. ¡Isaac ni siquiera tiene un rostro propio! Toldot sí conserva un ciclo de historias dedicadas a Isaac pero, al echarles un vistazo superficial, revelan una semejanza muy cercana con los relatos contados anteriormente sobre Abraham. Aún más, ese ciclo, al igual que Isaac mismo, está rodeado por las sagas más emocionantes de la rivalidad fraternal entre Jacob y Esaú, que abren y cierran esta parashá.
Pobre Isaac. Sin historia, sin rostro, sin personalidad propia. ¿Qué hacemos con él?
Hace 18 años batallé con esa pregunta, mientras preparaba el sermón previo a mi ordenación del JTS. De algún modo, yo sabía intuitivamente que Isaac merecía algo mejor y, con la ayuda de mi maestro, el Rabino Simón Greenberg, z”l, y de la biblioteca de primera categoría del JTS, busqué comentarios que me ayudaran a rescatar la reputación de Isaac. De todos los libros que abrí, solamente uno me sirvió para lo que quería, y resultó ser un libro en verdad muy interesante.
En 1632, el Rabino Menashé ben Israel publicó, en español, un volumen llamado “Conciliador”, diseñado para reconciliar contradicciones obvias en la Biblia Hebrea. R. Menashé escribió para su propia comunidad, hijos y nietos de los marranos portugueses, en un esfuerzo por apoyar su recién recuperada fe en el judaísmo clásico. Eludiendo las críticas del criticismo bíblico temprano y del escepticismo bíblico, Menashé respondió con una atrevida y enérgica defensa de la enseñanza judía tradicional.
El “Conciliador” viene en forma de preguntas, cada una de las cuales presenta una contradicción evidente de las Escrituras, seguida de respuestas, o reconciliaciones. La pregunta número 48 yuxtapone el nombramiento de Abraham de Beer Sheva con la asignación de Isaac del mismo nombre al mismo lugar. “Siendo que Abraham le dio nombre a la ciudad, ¿cómo entonces nos dice seguidamente que el nombre fue dado por Isaac?” La historia de Isaac, esto es, hasta este pequeño detalle, no es más que un reestreno de Abraham. ¿Quién lo necesita? ¿Qué agrega, si es que agrega algo?
Tras recorrer gran número de posibles respuestas, R. Menashé llega a su resultado final: “Abraham solo le dio nombre al lugar y emplazamiento donde encontró el pozo, pero Isaac se lo dio a toda la ciudad… lo que reconcilia los versículos.” Isaac, en otras palabras, de hecho hizo algo distinto y original. ¡Recibió lo que su padre dejó atrás y construyó sobre ello!
Este “pálido y esquemático patriarca” surge, cuando se profundiza un poco más en la lectura, como el heredero original de nuestra tradición. Y, en ese papel, tiene mucho que enseñarnos. Una revisión cuidadosa al ciclo de historias de Isaac en el meollo de Toldot (todo Génesis 26), trae a la superficie una visión maravillosamente matizada de lo que significa heredar. Isaac imita los patrones de la vida de su padre; ese es el primer paso. Prosigue a la reclamación consciente de elementos perdidos, o escondidos, del legado de Abraham, un proceso descrito por la Torá con la rica metáfora de cavar antiguos pozos de nuevo. Y finalmente, Isaac recibe la herencia llamada Beer Sheva, y la extiende y la realza. Imitación, reclamación, expansión creativa; estos son los esquivos mensajes de la vida de Isaac.
Por supuesto, todos nosotros heredamos de aquéllos que estuvieron antes de nosotros. Isaac nos enseña que un compromiso profundo con el sendero de nuestros ancestros puede conducirnos a nuestro “yo” más verdadero, siempre y cuando sigamos ese camino con dedicación y con miras a realzar lo que hemos recibido.
Shabat shalom,
Rabino David M. Ackerman
La publicación y distribución del comentario del JTS de Parashat Toldot,
por el Rabino Ackerman, ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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