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Este comentario apareció originalmente en
1999.
El primer capítulo de un libro es a menudo el último que se
escribe. Al principio, el
autor puede no tener una visión muy clara de la obra. Escribir es la etapa final del
pensamiento y muchos cambios – en el orden, énfasis e interpretación – son
el producto de batallar con un revoltijo de material. Solo cuando ya todo está en su
lugar, pareciera aclararse el tipo de introducción que la obra
reclama.
A
menudo pienso que así fue como la Torá comenzó, haciendo un retrato
austero y majestuoso de la creación del cosmos. Un acto de percepción
retrospectivo añadió un segundo
relato de la creación. Uno, en la forma del capítulo dos,
que comienza más narrativamente con la
historia de la tierra y de sus primeros habitantes, habría sido
suficiente, especialmente al dejar en claro que el mal brotó de la
debilidad humana. Todo lo
demás es realmente secundario.
Me gustaría sugerir que la inclusión de una segunda historia de la
creación desde una perspectiva cósmica, con toda su redundancia poco
elegante y sus contradicciones, fué provocada por la necesidad de paliar
una falla profunda que apareció dentro del legado cada vez más grande de
textos sagrados, que eventualmente constituyeron la Biblia Hebrea. El despliegue canónico se expresó
mediante distintas voces. El capítulo uno de Génesis
tenía la intención de reconciliar puntos de vista conflictivos acerca del
mundo natural. ¿La reverencia por la naturaleza desemboca en la idolatría
o en el monoteísmo?
La primera posición se identifica con la Torá, los primeros cinco
libros de Moisés, donde se exhibe una penetrante y profunda sospecha hacia
el mundo de la naturaleza.
Dios, por su carácter trascendente, no debe ser buscado ni
experimentado entre las maravillas de la naturaleza. Ese es el mensaje de alerta del
segundo de los Diez Mandamientos.
La prohibición tajante de hacer imágenes representando fenómenos
naturales es una protección contra la idolatría, contra la posibilidad de
comenzar a adorar el símbolo mismo en lugar de lo que éste
representa. El Deuteronomio
insiste, en un largo discurso sobre la revelación pública en el Monte
Sinaí, que la experiencia fué totalmente auditiva. Dios no asumió ninguna forma
visible y por lo tanto, “ no sea que alces tus ojos a los cielos, y veas
el sol, y la luna, y las estrellas, con todo el ejército de los cielos, y
seas impulsado a postrarte ante ellos y darles culto; cosas que el Señor,
tu Dios, ha dado como porción suya a todas las naciones debajo de todos
los cielos.” (4:19) Queda claro, entonces, que la
adoración de cualquier deidad astral sería castigada con la lapidación,
como se afirma en el Deuteronomio más adelante,
(17:3-7).
Con la naturaleza fuera de nuestros límites, como el dominio de la
religión pagana, la Torá le concede a la historia el privilegio de ser el
único reino válido donde descubrir el poder y la compasión de Dios. El primero de los Diez
Mandamientos afirma contundentemente la existencia de Dios haciendo
referencia a la redención de Egipto, un acontecimiento que se convertiría,
no por casualidad, en la esencia misma de la conciencia religiosa de los
israelitas. Del mismo modo,
el Éxodo y el viaje en el desierto proporcionaron una capa de validación
histórica a los antiguos festivales agrícolas de Pésaj y de Sukot. Algo aún más sorprendente, el
sacrificio anual de los primeros frutos en el santuario central por parte
de campesinos agradecidos, se convirtió en la oportunidad no de ofrecer
una oración de agradecimiento por la abiundancia de las cosechas de la
tierra, sino más bien de ofrecer una sinopsis de profesión de fe de
la antigua historia de los israelitas, que culmina con la promesa de Dios
de “una tierra que mana leche y miel” (Deut. 26:1-10, actualmente parte de
la Hagadá de Pésaj. En resumen, las maravillosas proezas de Dios (niflaot) se manifiestan, no en
trabajos sublimes de la naturaleza, sino en milagros que marcan el curso
de la historia (por ejemplo Ex. 3:20, 15:12, 34:10, Jueces 6:13, Salmos
96:3, 98:1, 106:7, 107:8).
No obstante, la segunda posición, con su apego a la naturaleza como
un camino válido para llegar al Dios de Israel, no queda eliminada
totalmente con la preferencia por la historia. Se refugia en la tercera sección
de la Biblia Hebrea, en los Escritos, donde se atreve a celebrar la
grandeza y el misterio de la mano omnipresente de Dios en la
naturaleza. En directa
oposición a la admonición en el Deuteronomio, el autor del Salmo 8
exclama: “Cuando contemplo
Tus cielos, obra de Tus dedos, la luna y las estrellas que Tú
estableciste, ¿qué es el
hombre para que tengas de él memoria?” (versos 4-5). De igual manera, el autor del
Salmo 19 clama: “Los cielos
cuentan la gloria de Dios, y el firmamento manifiesta la obra de Sus
manos” (verso 2). En estos
sentimientos no hay el menor indicio de ansiedad
de que la contemplación de la naturaleza pudiera seducirnos a
abandonar el monoteísmo puro (Job 31:26-27).
Del mismo modo, el libro de Job es la articulación más extensa de
asombro extremo ante el Dios de la naturaleza de la Biblia Hebrea. El tema se introduce muy pronto,
cuando Job define a Dios como “el que hace cosas grandes e insondables,
maravillas sin número” (Job 5:9), donde la palabra “maravillas” (niflaot) se expande ahora para
incluir a las maravillas de la naturaleza (como lo hace también en el
Salmo 136:3) Ante todo, es la
sublimidad absoluta de la naturaleza desplegada por Dios, en un gran final
que hace a Job humillarse en un silencio pasmado. El sufrimiento infinito de los
humanos no es resultado de un mero caos sino mas bien de un grado de orden
que por siempre excederá la comprensión
humana.
Teniendo en cuenta esta polaridad de puntos de vista sobre el mundo
natural, ya sea como peligrosa o edificante, veo en el capítulo
introductorio del Génesis un intento anticipatorio de reconciliación. La ambivalencia hacia la
naturaleza se supera al imaginar un acto supremo de voluntad divina. Un universo creado es un milagro,
porque se origina en un punto específico del tiempo, y es bueno porque es
obra de Dios. Al integrar la
naturaleza al reino de la historia, la creación señala a un Señor Hacedor
de Milagros (adon
ha-niflaot, nombre
rabínico para Dios que aparece en el Sidur), cuyos cuidados animan tanto
el mundo de la naturaleza como el de la humanidad. De hecho, el primer capítulo del
Génesis no es más que una reconciliación efímera y precaria, necesitada de
renovación periódica dentro de la larga historia del judaísmo, y nunca
tanto como en nuestros días.
Shabat
shalom u-mevoraj,
Ismar Schorsch
La
publicación y distribución del comentario de Bereshit del Dr. Schorsch ha
sido posible gracias a la donación generosa de Rita Dee y Harold (z”l)
Hassenfeld.
Este
comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de
Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido
supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la
Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo
Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión
original en ingles, en este mismo
website. |