PARASHAT VAIKRÁ o ¿sabes qué olor tienen los recuerdos?
¿Me permiten que les lea una poesía? Se llama “Belleza”, su autora es Isabel Rodríguez, y dice así:
El día, la luz, la gente,
Todo dilapida belleza,
Que silencia un misterio,
¿Cuántos nombres de Di’s guarda lo bello?
Su secreto es lo vulnerable.
Se asombra, mi alma, caminando despacio, y tiene miedo,
¿Sabes tú cómo es el olor de la belleza?
¿Saben ustedes cómo es el olor de la belleza? ¿A qué huele? ¿Cómo es el infinito mundo de los olores que nos traen los más bellos recuerdos? Piensen, intenten un viaje fugaz al pasado a través de los olores, de los aromas en medio de los cuales fuimos creciendo. El aroma de una buena comida, de un buen vino, del perfume de alguna novia o del primer novio; esas cosas no se olvidan. El aroma de esa primera flor que nos regalaron, que guardamos apretada entre las hojas de un libro; el olor de un libro viejo, que no abrimos hace años… Tantas cosas…
Recuerdo el olor de Pésaj, el olor de Iontev, ese olor a guefilte fish inconfundible de la casa de mi mamá. Era entrar, en realidad era ir subiendo por el ascensor y ya ir respirando hondo los aromas de la fiesta. Aparte, hace algunos años era la sumatoria de olores a guefilte fish de todas las familias judías que vivían en el edificio. Algunos ya no están, otros han hecho Aliá, los más van a las casas de sus hijos, y donde los hijos ya no es lo mismo, es otra cosa, es otra generación. Yo mismo soy hijo de esa generación, y no sé si en esto coincidirán conmigo, pero ya no es lo mismo.
Di’s también recibe con alegría los buenos aromas. Comenzamos a leer el libro de Vaikrá, tercer libro de la Torá, que comienza relatando cada uno de los korbanot, ofrendas de elementos vegetales y animales ofrecidas en algún momento de la historia judía por el pueblo de Israel, ofrendas que realizaba el Cohen en su nombre y en nombre del pueblo. La Torá repite una y otra vez la expresión: ishe reaj nijoaj la A-donai, “…y tomará el sacerdote de aquella ofrenda, y la hará arder sobre el altar. Ofrenda encendida, aroma grato ante A-do-nai”. El libro de Bereshit nos muestra una escena similar cuando Nóaj ofrenda a Di’s, luego de concluido el diluvio. Nos dice la Torá: vaiaraj Ado-nai et reaj hanijoaj…, “…y respiro, inhaló Di’s ese aroma grato”. La Torá se expresa así para mostrarnos la complacencia divina por esta búsqueda constante de acercamiento a Di’s, de distintas maneras de acercarnos a Di’s a través de los tiempos.
Vaiaraj Ado-nai et reaj hanijoaj. Inhaló Di’s, respiró profundo esos aromas gratos entregados por el hombre, igual que nosotros, igual que yo subiendo por el ascensor en erev iontev, inhalo profundo para guardar en los recuerdos ese aroma de la fiesta, ese piut shel jag. Me encanta ese cuento. “Piut shel Jag”. “La poesía de la festividad”. El aroma de la fiesta. ¿Alguien conoce el relato?
Durante todos los años que Aarón Mirkin vivió en la gran ciudad solía viajar, una vez al año para Jag Hapésaj, a su pequeño pueblo natal, a la casa de su padre, para “saborear el verdadero Piut shel jag”.
Después de la muerte de sus padres procuró buscar hogares de conocidos, donde se celebrara el Séder la noche de Pésaj. Pero pocas veces lo consiguió. La mayoría de sus conocidos eran hijos de la nueva generación, que no festejaban las festividades o que las observaban solo parcialmente. Jámetz junto con matzá.
Aun aquellos pocos que celebraban el Séder, no conseguían imbuirle ni un poco de aquel Piut Shel Jag que él tanto añoraba.
“¿Esto es un Séder”, solía burlarse, “en el que los knéidalaj son más importantes que la Hagadá?” Solo después de que Aarón encontró una mujer afín a sus ideas, nació en él la esperanza de volver a saborear el verdadero sabor de Jag Hapésaj.
Su joven mujer era hija de un Rabino de un pequeño pueblo; aunque ya hacía varios años que vivía en la ciudad y ya no cumplía con todas las mitzvot, todavía no había desaparecido de su corazón el sentimiento del sabor religioso, por lo que recibió con satisfacción la propuesta de su esposo de celebrar Pésaj según las normas: “como en la casa de papá”.
Aarón se esforzó con los preparativos varios días antes de la fecha, para que fuera un verdadero Séder. La noche de Pésaj fue a la sinagoga a rezar y su esposa Ester preparó la mesa, según todas las costumbres que conservaba en su memoria.
Cuando Aarón regresó de la sinagoga, encontró una mesa bellamente tendida. Sobre ella, la keará con jaroset, karpas, velas encendidas. Todo alrededor brillaba. Solo un momento se iluminó el rostro de Aarón, pues inmediatamente después sintió que algo fundamental faltaba allí.
Todo era aroma festivo, pero el Piut Shel Jag faltaba. No dijo nada. Aún ardía en su corazón una chispa de esperanza... pronto saldría de su escondite el Piut y se le rebelaría.
Tomó el Sidur y leyó en voz alta el Kidush, con la melodía de su padre. Después de tomar el vino, miró hacia todos los rincones de la habitación; quizás desde alguno de ellos espiaba el ansiado Piut, pero no, no estaba…
Leyó la Hagadá con la melodía tradicional, imitando también todos los gestos de su padre; tal vez surgiría el Piut que tanto anhelaba en su alma, pero en vano. Luego, comió la comida festiva, alabó a su joven esposa que tantos manjares de Pésaj había preparado, leyó la segunda parte de la Hagadá apresuradamente, no como había planeado cantar hasta la medianoche. Después del Séder, salieron a pasear. Era una noche de luna clara, era temprano y en las casas aún continuaba la cena. La pareja caminaba lentamente, cada uno sumido en sus pensamientos. Aarón Mirkin pensaba: “el Piut no es algo que pueda ser logrado artificialmente, sino que está celosamente oculto en el corazón judío, y es este el que lo irradia en el Séder. Pero el corazón de esta joven generación se vació, y no veo la forma de llenar esta carencia.”
Ester, como si percibiera los sentimientos de su marido, se dirigió a él diciéndole: “¿Sabes. Aarón, qué se me ocurrió? El año próximo viajaremos para Pésaj a lo de mi padre. Allí el Séder es más lindo. ¿No crees?”
Al cabo de un año, viajó Aarón con su esposa a la casa del padre de ella, el Rabino del pequeño pueblo. Llegaron la víspera de Pésaj, por la tarde.
En cuanto entró, lo envolvió el aroma de Pésaj. Le pareció que retornaban a él los días de su infancia. La noche del Séder, ni bien regresaron de la sinagoga, miró a su alrededor y vio el ansiado Piut depositado en cada rincón de la casa, en cada pliegue del rostro de aquel anciano, en cada palabra que salía de su boca. Aarón observó a su esposa, sentada frente a él. Sus ojos estaban concentrados en la Hagadá, sus labios murmuraban siguiendo a su padre. Le pareció que también ella estaba envuelta en el Piut.
Desde hacía muchos años, desde el tiempo en que Aarón festejaba el séder en la casa de sus padres, no había vuelto a saborear el verdadero sabor de la festividad como en esta noche.
Se vio a sí mismo como si una pesada carga cotidiana que desde hacía muchos días le oprimía se desprendiera de él, y se sintió aliviado. También esta vez salió con su esposa a pasear después del séder. Era pasada la medianoche. Afuera reinaba el silencio, casi no se veía gente. Solo la luna llena acompañaba a la pareja, que caminaba en silencio sin pronunciar palabra.
Un solo pensamiento había en su mente y en su corazón: “Nosotros, hijos de esta generación, todavía tenemos la posibilidad de venir a reunirnos en la casa de nuestros padres, que conservaron en sus almas tesoros de calor y santidad. Pero nuestros hijos... ¿encontrarán ellos el Piut en nuestras casas? ¿Adónde irán cuando el frío inunde sus espíritus?”
¿Hacia dónde iremos cuando el frío inunde nuestros espíritus? Guardemos el aroma de la fiesta, guardemos esos aromas para que las próximas generaciones, no tan próximas porque ya las tenemos aquí, puedan sentir el piut shel jag, puedan respirar profundo y sentir esos aromas gratos que nos llenan de recuerdos. Recuperemos en cada rincón de nuestras casas esos sabores gratos a las tradiciones con las cuales crecimos, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan encontrar junto a nosotros el aroma de la festividad.
Les pregunto de nuevo, ¿saben ustedes cómo es el olor de la belleza?
Shabat Shalom Umeboraj,
Rabino Pablo Berman
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