Impureza y pureza: morir y volver a nacer
Comienza la parashá de esta semana diciendo:
“Habló Adonai a Moshé diciendo: ‘Habla a los hijos de Israel diciendo: Una mujer cuando engendrare y diere luz a un varón, habrá de permanecer impura siete días, como en los días de sus dolores menstruales habría de permanecer impura’” (Levítico 12:1-2).
Este versículo nos confronta con una gran interrogante: ¿por qué se considera impura a la mujer que da a luz a un hijo? Transcurrieron nueve meses de paciencia, sueños, proyectos, ilusiones; nace una nueva criatura. ¿No es este fenómeno un verdadero milagro?
En realidad, lo difícil es entender qué significa el concepto de impureza, a qué se refiere la Torá cuando nos habla utilizando este término. Existen varias interpretaciones al respecto. Una forma de comprender mejor este concepto es observando qué otros fenómenos en la Torá son considerados como impuros.
Lo impuro por excelencia, tanto para la Torá como para el pensamiento rabínico, es la persona fallecida, considerada Abi Abot Ha-tumá (fuente máxima de impureza). Otra situación considerada impura es la mujer que se encuentra en su período de menstruación. Aparentemente, estas situaciones no tienen nada que ver la una con la otra, pero sin embargo, si hurgamos con profundidad encontraremos que tienen algo en común. La mujer que se encuentra en su período de menstruación (Nidá), sin duda cambia de estado. Pasa de un período de fertilidad a uno de infertilidad momentánea. Algo muere y algo volverá a nacer. Quien fallece, termina su ciclo de vida y no sabemos qué situación nueva comenzará. También le ocurre a la mujer que da a luz un hijo. Al nacer un nuevo integrante, la familia se agranda, ya no es la misma que antes. Sin duda, se termina una etapa y se comienza otra en la dinámica familiar.
Podríamos entonces considerar la impureza no como algo ligado a la enfermedad o suciedad sino como la finalización de una etapa, nuestra confrontación con nuestra propia mortalidad, y la purificación, por su parte, como el nacimiento de algo nuevo en nosotros mismos. De alguna manera aprendemos de este concepto que en vida nacemos y morimos varias veces. Cuando algo termina, una nueva dimensión vuelve a nacer.
Es interesante que la tradición prescriba, en los tres casos, la inmersión del cuerpo bajo el agua. En el caso de la persona que fallece, se realiza la Tahará, baño ritual del cuerpo antes de ser enterrado. En los otros casos, se sumerge en la Mikve. También en otras situaciones se acostumbra realizar el ritual de la inmersión. La persona que se convierte al judaísmo debe sumergirse en la Mikve; sin duda, en la vida del converso algo termina y algo nuevo comienza a nacer: un cambio de identidad manifiesta ante la sociedad. También la novia, el día anterior a su boda, se sumerge en el agua, dejando atrás su vida de soltera para comenzar su nueva vida matrimonial.
La inmersión en la Mikve es un ritual y, como todos los rituales, no es una simple acción sino que conlleva un sentido trascendente. La inmersión simboliza el volver a nacer. Dice Aryeh Kaplan en su libro “Aguas del Edén”:
“En algún sentido, el agua representa la placenta de la creación. Cuando una persona se sumerge en la Mikve, se está ubicando en el estado en donde el mundo está todavía por nacer, sometiéndose él mismo al poder creativo de D”s”.
Quizás cuando la Torá nos habla de impureza y pureza nos está diciendo que nuestras propias vidas constantemente se modifican, cambian de estatus; perdemos ciertas cosas y ganamos otras.
Atravesamos momentos de dolor y de alegría, de caos y de claridad. Muchas veces creemos que nuestras vidas son lineales y no somos capaces de reconocer los diferentes momentos. Nacemos y renacemos más de una vez. De nosotros depende purificarnos de vez en cuando, dejar cosas atrás y comenzar nuevos senderos con coraje y valentía.
¡Shabat Shalom!
Rabina Daniela Szuster
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Este comentario de la Parashá es realizado por la Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe y puede ser reproducido citando su origen.
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