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Uno de los primeros indicadores que nos enseñan sobre la existencia de cuerpos sociales emergentes radica en la capacidad de comunicarse que fueron desarrollando las personas. A partir de las posibilidades de relacionarse a través de un determinado lenguaje, los hombres y mujeres de la antigüedad pudieron comenzar a construir vínculos fuertes que se transformaron en sociedades en donde los miembros de las mismas trabajaban, convivían, y se protegían mutuamente. Es entonces que, gracias al lenguaje y a su constante utilización, hemos diseñado los diversos mundos que habitamos hasta el día de hoy.
En la tradición de Israel, la importancia del lenguaje va más allá todavía: no solamente podemos rastrear los orígenes de la civilización a partir de encontrarnos con hombres que se comunican y van definiendo su propio lenguaje, sino que de acuerdo a lo relatado por la Torá, Ds mismo hizo uso de la palabra para crear el mundo. No por casualidad, todas las mañanas nosotros agradecemos y reconocemos la obra creativa rezando: Baruj sheAmar, “Bendito sea el que habló, y con Su verbo el mundo se hizo”. Es en este espíritu que nuestro pueblo nos enseña que nuestro compromiso para con la recreación y reparación del mundo también pasa por la construcción de espacios incluyentes y significativos, a partir (también) de la forma en la que hablamos.
Sin embargo, al menos en lo que respecta al ser humano, la comunicación y el lenguaje no son ciencias exactas. Como solía afirmar el filósofo Ortega y Gasset, cada vez que nosotros hablamos, decimos más de lo que queremos decir, y decimos menos de lo que queremos decir. Y esto ocurre, en parte, porque las palabras tienen la propiedad de ser polisémicas, pudiendo contener al mismo tiempo todo tipo de significados diversos, e incluso por momentos hasta contradictorios. Esta propiedad polisémica de las palabras permite, en nuestro pueblo (y en otras culturas y civilizaciones también), que la tradición interpretativa nunca se agote y siempre nos regale nuevas posibilidades de entendimiento de los versículos o términos de nuestra Torá.
En este sentido, Parashat Kedoshim nos ofrece uno de los psukim más desafiantes en lo que respecta a su interpretación. Así está escrito en la Torá: Habló Ad-nai a Moshé diciendo: “Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: ‘Santos seréis, porque santo soy Yo, Ad-nai, vuestro Ds’” (Levítico 19:1-2). En principio, no parecerían ser tan complejos estos versículos: nos encontramos con una suerte de obligación moral a ser santos en aras de que nuestro Ds es santo. Y así como somos llamados a imitar Su obra a partir de nuestros actos, también somos llamados a ir en pos de Su santidad a partir de la nuestra.
Y aun así, el problema principal radica en la palabra Kedoshim, o “santos.” Es decir, ¿qué significa ser santos? ¿Cuál es el sentido de la santidad? Y, ¿cómo hacemos para llegar a dicho nivel?
En nuestra tradición, dos fueron las vertientes principales en lo que hace al tema de la santidad. Dichos grupos pueden ser descritos como los defensores de la santidad intrínseca y los defensores de la santidad en tanto producto de un vínculo. O en otras palabras, al analizar las posiciones adoptadas por grupos de judíos a lo largo de la historia, nos podremos encontrar con aquellos, como Rabí Iehuda haLevi, que sostenían que hay personas, lugares o tiempos ontológica o esencialmente diferentes (o sagrados), y aquellos que entendían, como Rabí Moshé ben Maimón, que la santidad es una propiedad que se deriva de la relación que se establece entre las partes. Mientras los primeros sostenían que el Shabat era sagrado, los segundos contestaban diciendo que el Shabat sólo se consagra si un grupo de personas, en este caso los judíos, lo consagran. Mientras que, para los primeros, la santidad es un dato dado, para los segundos es un horizonte al que solo se llega a partir del trabajo, el compromiso y la propia acción.
Y en este sentido, aun cuando sería mucho más fácil adoptar la primera posición, personalmente coincido y comulgo con la idea de la santidad como producto de una relación. Creo que nosotros, en tanto judíos liberales, somos interpelados por nuestra tradición en el desafío de consagrar nuestras uniones y relaciones, tanto en lo que hace a nuestro vínculo con la comunidad, como con la sociedad, el mundo y Ds. Porque es sólo a partir de lo que hagamos con nuestras vidas, que los tiempos y los espacios que habitamos se podrán consagrar, y será entonces que nuestros días se llenarán de sentido trascendente.
Que podamos entonces comprometernos a encarnar a diario los ideales de nuestra Torá, uniéndonos en la senda que nos lleve a ser santos, y a seguir caminando tras los pasos de Ds.
Shabat shalom,
Joshua Kullock
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