PARASHAT KÓRAJ o cómo mantener el corazón en su lugar
En el texto talmúdico, en el capítulo correspondiente a Kibud Ab Vaem, “el respeto por el padre y por la madre”, uno de los sabios talmúdicos comenta acerca de su madre, de qué manera él cumplía este importante precepto, nada menos que uno de los 10 mandamientos, y cuenta que ayudaba a su madre a subir y a bajar de la cama, dando a entender que su madre era una persona anciana y que, de esta manera, él le brindaba toda su ayuda. Llega entonces al Beit Midrash, a la casa de estudios, y comenta esto entre sus compañeros, a lo que el maestro le responde: “Tú no llegaste ni siquiera a la mitad de lo que significa Kibud Ab Vaem. ¿Sabes lo que es realmente respetar al padre y a la madre? Que tu madre lance tu billetera llena de dinero al medio del océano y tú no digas nada, eso es Kibud ab vaem; significa que tu madre puede sacarte de quicio, y tú no dirás ni una sola palabra. Es que mantengas tu compostura ante cualquier cosa que puedan decirte o hacerte; ahí demostrarás, tal vez, lo que es honrar a tu madre y a tu padre”.
Sacarnos de quicio. La mayoría de nosotros somos personas tranquilas; creo que, en general, todos mantenemos cierto equilibrio emocional, por llamarlo de alguna manera. ¿O no? De todas maneras, siempre hay alguien que logra romper este delicado equilibrio. Siempre hay alguien que puede producir como un sismo en nuestro sistema nervioso y sacarnos de quicio, descontrolarnos, provocando que dejemos de ser aquellas personas normales que somos a diario.
A Moshé lo sacan de quicio, esta vez lo sacan, producen en él una reacción en la que cae al suelo, vaipol al panav, “cae sobre su rostro” diciendo “¡Basta! Hasta acá aguanto. ¡Así no va más!”
Kóraj, un primo hermano de Moshé, logra sacarlo de esta actitud de control y equilibrio que, siendo seres humanos sanos, solemos tener. Kóraj quiere poder, quiere ser igual que Moshé. “¿Quién te nombró líder?”, preguntan a Moshé. “Todos podemos ser líderes, todos podemos detentar el poder que tú detentas, ¿y por qué tú y Aharón se pusieron como líderes sobre nuestras cabezas?” Ahí Moshé dice “basta”, como si ya no hubiera tenido bastante con los meraglim (exploradores), con el becerro de oro, con llevar por el desierto a un pueblo que todo el tiempo insiste en que en Egipto comían pescado gratis. A un punto tal de cinismo y locura llegan Kóraj y su grupo que le dicen a Moshé: ha meat ki eelitanu me Eretz zabat jalab hu dbash, leamitenu ba midbar, “¿acaso es poco que nos hayas hecho ascender de una tierra que mana leche y miel, para hacernos morir en el desierto?” Es el punto más alto del cinismo y la mentira; ahora Egipto es la tierra donde fluye leche y miel. Moshé está indignado, trata de controlarse, de evitar tomar a Kóraj por el cuello. él es Moshé, y los líderes no deben dejarse llevar por las primeras reacciones. Por eso su reacción es caer al suelo, cubrirse el rostro y refregarse los ojos para ver si lo que estaba escuchando y viendo no sería tal vez una horrible pesadilla. Y como buen líder, Moshé invita a su querido primo a una prueba en la que el mismo Di’s decidirá quién es aquel que debe seguir con la conducción del pueblo, rumbo a la verdadera tierra prometida. Por supuesto que Kóraj no termina bien, y la tierra habrá de abrirse para tragarse a Kóraj, su familia, su casa, sus pertenencias, y todos aquellos que le acompañaron en esta aventura de juegos de poder.
Ahora bien, todos tenemos nuestro momento, todos tenemos a alguien que nos puede, que nos saca de quicio.
¿Qué produce que nuestra presión suba a 150, cómo controlar esto? ¿Cómo cuidar nuestra salud?
Hace mucho tiempo, en el puerto de Andalucía, un mercader esperaba el arribo de un cargamento de mercancías que había comprado en países lejanos. Un mensajero se acercó cierto día para informarle que había ocurrido una gran desgracia: el barco se había hundido, y las mercancías de muchos mercaderes como él habían ido a parar al fondo del mar. Al recibir esta noticia, el mercader bajó la cabeza, cerró los ojos y, al cabo de un momento, dijo en voz muy calma: “Gracias a Di’s”.
Pasaron unas semanas y el mismo mensajero golpeó la puerta de la casa del mercader. “Jefe”, exclamó alegremente, “tengo buenas noticias. Tu mercadería acaba de llegar a puerto sana y salva. Parece que el barco que se hundió no era el que la traía, sino que era otro barco.”
Al escuchar esto, el mercader bajó la cabeza, cerró los ojos, y al cabo de un momento, murmuró: “Gracias a Di’s”.
El mensajero, intrigado, le preguntó: “Amigo, ¿qué es todo esto de bajar la cabeza y cerrar los ojos?” El mercader respondió: “En ambos casos, me tomaba un momento para asegurarme de que mi corazón permaneciera inmóvil”.
Cuidemos nuestro corazón, cuidemos nuestra salud. Cuando estemos frente a alguien, o frente a alguna situación que nos saque de nuestro equilibrio, que nos saque de quicio, tomémonos un instante para bajar la cabeza, cerrar los ojos y, como hizo nuestro amigo el mercader de manera muy sabia, asegurarnos de que nuestro corazón no se haya movido. Siempre habrá alguien dispuesto a sacarnos de quicio, alguien dispuesto a que caigamos como Moshé con el rostro cubierto al piso. Por eso, sigamos el consejo del mercader: antes de reaccionar, bajemos la cabeza, cerremos los ojos y asegurémonos de que nuestro corazón permanezca inmóvil. Así ganaremos en salud y sobre todo en años de vida.
Shabat shalom umeboraj,
Rabino Pablo Berman
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