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Comentarios sobre la Torá

 

BERESHIT 5769
Bereshit – Génesis 1:1-6:8
25 de octubre, 2008 – 26 de Tishrei, 5769

Por el Rabino Gustavo Kraselnik,
Congregación Kol Shearith Israel de Panamá

 

La maestra conversa con sus pequeños alumnos sobre los Diez Mandamientos. Después de explicar el quinto, “Honra a tu padre y a tu madre,” uno de los niños pregunta: “¿Y cuál de los Mandamientos habla sobre los hermanos?”. Inmediatamente otro niño responde: “No Matarás”.

Este viejo chiste se vuelve menos gracioso al confrontar la historia de Caín y Abel, los primeros hermanos de la historia, que culmina trágicamente con el asesinato del segundo a manos del primero.

Caín y Abel, las primeras criaturas humanas creadas por otros seres humanos, resultan incapaces de convivir. Hijos de los mismos padres, al no poder compartir su presente, ¡vaya paradoja!, se convierten en socios inseparables de su destino; uno como asesino y el otro como asesinado; uno enterrado y el otro desterrado. Opuestos en vida, son protagonistas del primer fratricidio y para la posteridad, ambos están indisolublemente unidos en la tragedia. No hay Caín sin Abel, ni Abel sin Caín.

En apenas ocho versículos se resume la tragedia de toda una vida de desencuentros. (Gén. 4:1-8) Ante lo escueto del relato, los interrogantes proliferan. Sorprende la ausencia de los padres, quizás sumidos en la sombra de sus propios fracasos, y la manipulación divina, exacerbando los celos y la competencia entre los hermanos. Pero la pregunta que sobresale es la más obvia: ¿Por qué Caín mató a Abel?

Para dar un mayor dramatismo al desenlace, el texto hebreo omite la discusión entre los hermanos. Después del rechazo divino de la ofrenda de Caín y la posterior conversación con Dios, dice la Torá (Vs. 8): “Caín dijo a Abel su hermano ... y cuando estaban en el campo se levantó contra su hermano y lo mató.”

Los puntos suspensivos marcan que algo falta. ¿Qué le dijo Caín a Abel? No lo sabemos.

La Septuaginta, la traducción de la Torá al griego realizada en el siglo III A.e.c., completa el faltante con la frase “Vamos, salgamos al campo”.  Es difícil saber si esto es un agregado de los traductores o pertenecía al original hebreo y por alguna razón misteriosa desapareció de nuestros textos.

De todas formas, el agregado de la Septuaginta tampoco explica el motivo del asesinato.  Por el contrario plantea nuevas dudas: ¿Caín invitó a Abel al campo para conversar o ya tenía decidido matarlo? ¿Buscaba en el campo la intimidad para una plática de corazones abiertos o la soledad para llevar adelante su odio?

Para intentar encontrar alguna respuesta a nuestra pregunta, debemos recurrir al midrash. Profundos conocedores de la experiencia humana, los sabios afirman que, al salir al campo, Caín y Abel tuvieron una fuerte discusión que terminó en asesinato, y dan tres motivos posibles de disputa. (Bereshit Raba 22:7)

El primer motivo es una disputa económica. Caín era dueño de la tierra y Abel del ganado. Cada uno quería imponer su dominio sobre el otro. Hay quienes ven en la lucha de los hermanos un resabio de la tensión entre clanes nómadas ganaderos, representados por Abel, y clanes sedentarios dedicados a la agricultura, identificados con Caín. 

La segunda razón es de tipo religioso-político. Imaginando ya su herencia, la mitad del mundo para cada uno, la disputa surge sobre el lugar de asentamiento del Beit Hamikdash (el Gran Templo de Jerusalem). “En mi territorio se va a construir”, proclama cada uno de los hermanos como antesala al desenlace fatal.

La tercera razón, disputaban por una mujer. Para algunos se trataba de la primera Eva: un motivo midráshico que hace referencia a la parte femenina de la primera criatura del capítulo 1 del Génesis, diferente a la Eva que aparece en el capítulo siguiente creada de la costilla de Adán. Para otros, era sobre la segunda hermana melliza de Abel; basado en otro Midrash, donde se dice que Caín nació con una hermana melliza y Abel con dos. Sea cual fuere la mujer en disputa, ambos hermanos peleaban por su amor, a tal punto que estaban dispuestos a matar por ella.

Vastas enseñanzas encierra este Midrash. Cuántas veces vemos a hermanos inmersos en una permanente relación de amor y celos, de competencia y antagonismo, ya sea por dinero, por imponer su visión de las cosas o por el amor y el reconocimiento de otros.

Cuántas familias han quedado desgarradas por peleas fraternas en donde se potencian los temores y la desconfianza. Cuántos hermanos han dejado de hablarse debido a que la rivalidad derrota a la concordia. En ese instante ya no hay ni inocentes ni culpables. Caín mató a Abel, pero si Abel hubiera matado a su hermano, ¿cuál sería la diferencia?

El Midrash enuncia los motivos de la disputa pero no establece culpas ni razones. Cuando la espiral del encono comienza a desarrollarse, las identidades se desvanecen. Ambos son víctimas, ambos son victimarios.

En el capítulo siguiente dice la Torá (Gén. 5:1-3): "Este es el libro de las generaciones de Adán... y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Shet.” ¿Dónde están Caín y Abel? Enceguecidos por el odio y la muerte quedaron marginados de la historia.

Enorme lección, desde entonces y hasta hoy, para hermanos, hijos y padres.

Shabat shalom,

Gustavo



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Enviado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearith Israel, Panamá.

 

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Última actualización:    7 de noviembre, 2008