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Comentarios sobre la Torá

 

JAIÉ SARÁ 5768
Bereshit - Génesis 23:1-25:18
3 de noviembre, 2007 – 22 de Jeshván, 5768

Por el Rabino Rami Pavolotzky,
Congregación B’nei Israel, Costa Rica

 

Morir como vivimos

Muchas veces nos preguntan a los rabinos con respecto al entierro de personas judías en cementerios no judíos, cementerios privados, etc. En mi opinión, la respuesta es evidente y ya fue dada por el primer hebreo, Abraham, en la parashá de esta semana.

Al comienzo de Parashat Jaiei Sara, muere la matriarca Sara a la edad de 127 años. La Torá nos cuenta acerca del duelo y del llanto de su esposo Abraham. Hasta ese momento, Abraham y su clan no tenían un cementerio propio, ya que todavía no habían sufrido ninguna muerte familiar.

Abraham decide comprar una cueva, según la costumbre de la época, para enterrar allí a su esposa. El pretende adquirir Mearat ha-Majpelá, la “cueva de Majpelá”, que pertenecía a un hombre llamado Efrón, quien pertenecía al pueblo hitita. Se produce entonces una intensa negociación: tanto los hititas en general, como Efrón en particular, le ofrecen a Abraham un lugar gratuito entre las tumbas privadas de los hititas. Sin embargo, Abraham se niega a este ofrecimiento e insiste en comprar el terreno. Finalmente Efrón accede a venderle Mearat Ha-Majpelá y Abraham puede enterrar allí a su esposa.

La pregunta que surge es cuál fue el motivo por el cual Abraham rechazó un lugar gratuito para el entierro y prefirió comprarlo. Pues bien, Abraham podría haber aceptado el ofrecimiento de los hititas, pero eso no le daba ninguna seguridad con respecto al futuro de la tumba de su esposa: lo que se da como cortesía, en algún momento se puede quitar. Si los hititas decidían mudarse, si luego de unos años destruían las cuevas para edificar o para cultivar el campo… ¿acaso Abraham podría oponerse a eso? ¿Acaso existía algún derecho que lo protegiera? La respuesta es negativa: sólo si Abraham compraba una propiedad podría asegurarse el descanso eterno de su esposa, además del de toda su familia en el futuro.

Hay otro aspecto que seguramente Abraham tuvo en cuenta cuando insistió en comprar el terreno, y tiene que ver con el culto. Puedo imaginar a Abraham preguntándose: “¿Quién me garantiza que podré recordar a mi esposa de la manera que yo considero adecuada, según mi tradición, mi cultura y mi idiosincrasia? ¿Acaso me permitirán los hititas cumplir con mis propios ritos funerarios? Y aun cuando me lo permitan, ¿me sentiré cómodo cuando alrededor de la tumba de Sara quizás deba presenciar las ceremonias hititas?”

Ya desde los tiempos de Abraham, los judíos nos preocupamos por tener un cementerio propio. Para nosotros, disponer de un cementerio es una tarea sagrada e irrenunciable. De hecho, muchas de las comunidades judías que se constituyeron en el continente americano a partir del siglo XIX, tienen su origen en la necesidad de poseer un cementerio y formar una jevra kadisha.

Así como una comunidad debe preocuparse siempre por mantener su cementerio, un judío debe preocuparse siempre por ser enterrado en un cementerio judío. Ese es el único lugar sobre el que puede estar seguro de que jamás será utilizado con fines comerciales, que siempre será preservado como cementerio y que en él siempre serán observadas las normas judaicas. Es el único sitio en el que puede afirmar con seguridad que descansará para siempre de la manera en que vivió, respetando así su identidad, tanto en la vida como en la muerte. Como Abraham y Sara, como nosotros.

Shabat shalom,

Rabino Rami Pavolotzky



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Enviado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearith Israel, Panamá.

 

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Última actualización:    14 de enero, 2009