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Minutos antes de escribir esta reflexión sobre las dos parashiot de la semana, Vaiakel y Pekudei, veía en televisión las imágenes de Bernard Madoff siendo conducido a la cárcel después de declararse culpable de todos los delitos que le fueron imputados.
Esto me produjo una gran sensación de vergüenza: un judío que accedió a los máximos honores de su comunidad y que ocupó cargos importantes dentro de ella, resultó ser un vulgar criminal. Incapaz de controlar su propia codicia y aprovechando la codicia ajena para manipular la estafa más grande de que se haya tenido noticia.
¿Dónde quedaron los principios morales, la pulcritud y la honradez que son patrimonio invaluable e intangible de nuestra civilización y nuestra fe?
Precisamente las lecturas de esta semana nos dan testimonio fiel de ello.
Moisés pidió al pueblo traer Terumá para construir el santuario, como leímos hace ya algunas semanas. Esta Terumá era un tributo absolutamente voluntario y sin coerción de ningún tipo.
La respuesta fue tan abrumadora que, en el texto de hoy, Moisés se ve obligado a pedir que no traigan más, ya que las necesidades para construir el Santuario estaban ya cubiertas.
Acto seguido, comienza un recuento detallado de las obras realizadas y, de pronto, hay una interrupción, en que Moisés ofrece los datos (Pekudei) minuciosos de los gastos efectuados y los materiales empleados en cada uno de los menesteres ordenados por Dios en la construcción.
Moisés era por cierto un hombre más allá de toda sospecha, de cualquier forma de duda acerca de su integridad. Y sin embargo, el sintió que era necesario mostrar las cuentas y los balances, puesto que los contribuyentes merecían conocer el destino de sus aportes.
Así nos da un ejemplo de lo que debe ser la conducta del hombre público y de la pulcritud que debe reinar en el manejo de dineros recaudados. Más tarde, el texto de la Torá abundará en detalles sobre las mil maneras en que esta conducta debe encontrar su expresión práctica.
Entonces, algo tan reprochable como la conducta de Madoff no se origina en falta de modelos o de ejemplos positivos sino en exceso de ambición, y en la censurable dicotomía en que vivimos tantos judíos, donde la belleza y sabiduría de nuestras tradiciones y modelos éticos quedan relegados y son reemplazados por simples formas de culto, usualmente vacías de significado y que no generan compromiso alguno.
El Mishkán, el santuario portátil que acompañaría a las tribus de Israel en el desierto, quedó terminado.
Dentro del Arca fueron colocadas con reverencia las segundas Tablas de la Ley que Moisés bajó del Monte Sinaí, y también los pequeños trozos que quedaron de las primeras, después que Moisés las destruyera en un momento de furor, tras conocer la aberración del becerro de oro.
Estos trocitos se guardaron por ser sagrados, pero también para recordarnos que no importa cuán sabia una ley pueda ser; es solo letra muerta cuando no logra involucrar el compromiso de los individuos en su observancia.
Shabat Shalom,
Rabino Mario Gurevich
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Enviado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearith Israel, Panamá.
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