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Comentarios sobre la Torá

 

BEMIDBAR 5769
Bemidbar – Números 1:1-4:20
23 de mayo, 2009 – 29 de Iyar, 5769

Por el Rabino Joshua Kullock,
Comunidad Hebrea de Guadalajara, México

 

Quiero compartir con ustedes algunos pensamientos no sistemáticos respecto de la espacialidad como condición necesaria para el despliegue de nuestro ser en el hacer. Lo que intento decir es que todo lo que nosotros somos, es decir, todo lo que nosotros hacemos, lo realizamos emplazados en algún lugar. Dichos lugares van configurando nuestras experiencias y nuestras formas de entender el mundo. Es por ello, por ejemplo, que la palabra griega “Atopos,” que literalmente se traduce como “falta de lugar,” significaba antiguamente “bizarro” o “extraño.” ¿Acaso no es así como nos sentimos cuando nos sabemos des-ubicados?

Nuestra parashá comienza hablándonos de un lugar. Este espacio, el desierto, se instituye desde el texto bíblico como el sitio en donde el Pueblo de Israel pasará cuarenta años hasta acceder a la tierra prometida. El desierto será el escenario en donde hombres y mujeres irán definiendo sus prácticas comunes, en la utilización de las herramientas y recursos con los que allí contaban. Desentenderse de la importancia del espacio que uno habita significa desconocer las diferentes fuerzas que operan a nuestro alrededor. Creer que nuestro funcionamiento puede ser definido mediante abstracciones, y sin necesidad de tomar en cuenta los contextos de los que somos parte, significa ignorar nuestra condición de seres sociales que construyen y se construyen al interactuar con los demás en situaciones concretas.

Una vez abandonado, el desierto se fue transformando en la Tradición de Israel en un lugar nostálgico. Las narrativas bíblicas remiten a los deseos de volver hacia ese espacio mítico para renovar los pactos establecidos. De esta manera, el profeta Eliahu busca regresar sobre los pasos de Moshé, y el profeta Irmiahu (2:2) exclama: “Anda y proclama a los oídos de Jerusalem, diciendo que así dice Ad-nai: ‘Me he acordado de ti, de la fidelidad de tu juventud, del amor de tu desposorio, cuando me seguías en el desierto, en tierra no sembrada.’”

Ahora bien, debemos reconocer que, aun frente a estas conmovedoras citas, el pueblo no volvió al desierto para establecerse y asentarse. El desierto se transformó en nostalgia, volviéndose esa clase de añoranzas que uno prefiere nunca alcanzar. Y quizá no haya que culpar al pueblo por eso… frente a las comodidades y beneficios de las ciudades, ¿por qué volver a pasar calurosos días y frías noches bajo la intemperie de un desierto que no da tregua? Mejor permanecer en la civilización, esperanzados (aunque no demasiado) con la vuelta al encuentro en el desierto.

Les propongo ahora enfocarnos en la ciudad como el espacio que habitamos. Ya que ninguno de nosotros realmente tiene planeado volver al desierto, salvo para algún que otro paseo por un par de horas, puede resultar interesante el ejercicio de concentrarse en aquellos lugares que habitamos, tratando de descubrir cuáles son las herramientas que dichos sitios nos ofrecen en la construcción de nuestro continuo hacer. Sin embargo, yo no puedo más que invitarlos en el desafío de identificar tales recursos y herramientas, ya que cada espacio habitable difiere con cada lector. Imposibilitado de reconocer ciudades que no habito, confío en que cada uno tomará para sí dicha responsabilidad. Por mi parte, intentaré compartir con ustedes dos formas posibles de conocer una ciudad (ya que para identificar, primero debemos conocer):

Por un lado, tenemos el modelo de aquel que, para conocer una ciudad, decide subirse al piso más alto de algún edificio importante, y desde allí contemplar todo lo que sus ojos alcancen a ver. Esta definición de conocimiento propone una aproximación que impone determinadas distancias, junto a lecturas que se elevan por sobre la ciudad. En contraposición, encontramos el modelo del hombre que conoce la ciudad a través de caminarla. De esta manera, su conocimiento no es meramente visual, sino que incluye todo su cuerpo, y todos sus sentidos. Frente a la contemplación pasiva de aquel que mira desde lo alto, el caminante “hace su camino al andar,” conformándose en parte de esa ciudad que él mismo habita, construyéndola desde su hacer.

He aquí, entonces, dos modelos. Cada uno elige cuál le parece más apropiado. Una vez efectuada la decisión, deberemos pensar si nuestro próximo ejercicio no consiste en proponer a la misma Tradición de Israel como una ciudad que nos invita a ser habitada, a ser conocida. Mientras tanto, ya se pueden comenzar a establecer derivaciones.

Shabat Shalom,

Rabino Joshua Kullock



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Enviado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearith Israel, Panamá.

 

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Última actualización:    17 de junio, 2009