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Comentarios sobre la Torá

 

VAIESHEV 5768
Bereshit - Génesis 37:1-40:23
1° de diciembre, 2007 – 21 de Kislev, 5768

Por el Rabino Pablo Berman,
Comunidad Israelita de El Salvador

 

La poética del nunca está todo perdido

Está reunido un grupo de judíos, de distintas comunidades, ortodoxos y conservadores, y cada uno empieza a elogiar a sus respectivos rabinos. Uno de los hombres cuenta que durante 15 años, él y su esposa no habían podido tener hijos; menos de un año después de ser bendecidos por su rabino, tuvieron una hija. Otro de los presentes contó cómo la bendición de su rabino había devuelto a casa a un hijo que estaba un poco descarriado, andando por caminos complicados. Un tercer hombre se levanta y empieza a contar su historia; cuenta que su rabino había bendecido un importante negocio en el que había invertido varios miles de dólares, y perdió hasta el último centavo. No le quedó ni una moneda. “¿Y cuál es el milagro?” Le preguntaron. “El milagro”, respondió el hombre, “fue que seguí teniendo esperanzas en Di’s y en mi rabino”.

Sabemos muy bien que lo último que perdemos es la esperanza. Nunca tenemos que resignarnos cuando pasamos por una situación difícil. Quiero que hablemos de la Esperanza ante determinadas situaciones. Nunca está perdido todo. Mientras vivimos y hay voluntad, mientras hay energía, entonces hay esperanzas. Luchamos siempre por una vida mejor, y cuando luchamos podemos conseguirlo. Veamos qué pasa en el relato bíblico. Iosef no pierde las esperanzas. Iosef es el hijo preferido de Iaakov. Iosef recibirá de su padre una túnica ornamentada de regalo. Sólo él recibirá el regalo y no sus 12 hermanos restantes. Cuando un padre ama más a un hijo que a otro, cuando los padres hacemos diferencias entre nuestros hijos, eso a la larga o a la corta traerá problemas, nos guste o no nos guste.

Y todos los hermanos de Iosef lo odian, y actuarán en consecuencia. Desde lejos, ven a su hermano Iosef acercarse, entonces se dijeron unos a otros... “he aquí el hombre de los sueños está viniendo”. Iosef, aquel que soñaba y podía interpretar los sueños, aún no podía imaginar –ni en sus peores pesadillas– lo que sus propios hermanos tramaban contra él. “Y ahora venid”, dice uno de los hermanos, “matémoslo y arrojémoslo en uno de los tantos pozos que hay aquí en el desierto, y diremos una fiera salvaje lo ha devorado, y veremos entonces cuáles serán sus sueños” (Gén. 37:19-20).

Cuando llegó Iosef hasta sus hermanos, lo despojan de su túnica, lo toman y lo arrojan al pozo. Vaikajeu, vaiashliju oto habora, ve habor rek ein bo maim. “Y el pozo estaba vacío, no había en el agua”. En el pozo no hay sueños; cuando estamos en el pozo no hay posibilidad de soñar. Desde las profundidades, desde la oscuridad del abismo todo parece perdido. No podemos soñar, no podemos proyectarnos; resulta muy difícil imaginar que aún nos quedan posibilidades, que aún nos quedan esperanzas.

Iosef será extraído del pozo por una tribu nómada y vendido como esclavo a la casa de Potifar, cortesano del faraón. Ganara rápidamente su confianza, y lamentablemente también la de su mujer. Ante la negativa de Iosef a meterse en problemas con la mujer de su amo, Iosef será acusado por la esposa de Potifar de querer seducirla, y otra vez Iosef terminará en el pozo, ahora de la cárcel de Egipto, junto a los reclusos del faraón. Nuevamente la oscuridad, nuevamente el fracaso. ¿Cuántas veces podemos fracasar en la vida? ¿O cuántas veces tendremos la fuerza necesaria para soportarlo?

¿Acaso nos dicen de antemano cuántas veces fracasaremos, o cuántas veces triunfaremos, o si la vida solo nos deparará un camino recto y sin sobresaltos? Eso es lo menos parecido a la realidad que nos toca vivir. Iosef ha tocado fondo y, como escribe el poeta Joan Manuel Serrat, “Bienaventurados los que han tocado fondo, porque de ahí en más solo queda ir para arriba…” Solo queda la esperanza de volver a ver la luz del día. Hay un dicho que dice que cuanto más oscura es la noche, más cerca está el amanecer. Iosef sabía esto y esto es lo que el relato quiere transmitirnos. Iosef salió también de ese pozo, de esa oscuridad, y después de ese fracaso, Iosef no era ya el mismo Iosef de antes. Algo en él había cambiado, algo había aprendido. De ahí en más, solo quedaba mirar hacia arriba; Iosef habría de convertirse en Príncipe de Egipto, la mano derecha del Faraón. Los fracasos también nos enseñan algo de nosotros mismos, y la esperanza y la confianza que podemos tener en nosotros mismos es lo único que puede ayudarnos a cambiar la oscuridad por la luz.

Luz por oscuridad, ese es el mensaje, creo yo, de toda la Torá, de todos nuestros sabios, de esta hermosa festividad de Janucá que hoy comienza. Elegir cambiar luz por oscuridad.

Cierta vez, existió debajo de la tierra una caverna. Durante toda su existencia había permanecido en la oscuridad. Un día una voz llamó: “Sube y ven hacia la luz, ven a ver la luz del sol”. La caverna respondió: “No entiendo qué quieres decirme; nada existe fuera de la oscuridad”. Pero finalmente, la caverna tuvo valor para subir y quedó sorprendida al ver la luz por todas partes. Entonces la caverna se dirigió al sol y le dijo: “Ven ahora tú conmigo y conocerás la oscuridad”. “¿Qué es la oscuridad?”, preguntó curioso el sol. La caverna insistió: “Ven conmigo y verás…”
Un buen día, el sol aceptó la invitación. Al entrar, la caverna dijo: “Ahora verás mi oscuridad”. “¿Qué oscuridad?”, preguntó el sol. La caverna insistió: “Ven conmigo y verás mi oscuridad”. Pero no había ninguna oscuridad.

La oscuridad no es nada más que la ausencia de luz, así como cuando estamos en un pozo es la ausencia de esperanza. Luz y esperanza van de la mano. Tenemos que traer luz sobre la oscuridad y esperanza sobre la resignación. Depende de nosotros, de abrir los ojos para la luz y para la vida. Vivir nuestra luz y la luz de aquellos que amamos ilumina nuestra fe. Quiera Di’s que las luces de Janucá iluminen cada momento de nuestras vidas, que iluminen nuestro espíritu, nuestro ser, y podamos irradiar de esa luz que sale de adentro a todos los seres que amamos.

Shabat Shalom, Jag Hurim Saméaj,

Rabino Pablo Berman



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Enviado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearith Israel, Panamá.

 

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Última actualización:    15 de octubre, 2009