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Uno de los temas recurrentes en el libro de Bereshit es, sin duda, el de la conformación y construcción de la familia, y junto a él, el de todos los conflictos que pueden ir surgiendo a partir de las dinámicas que se van generando entre los diversos actores involucrados. Desde los hijos de Adam y Java hasta Iosef y sus hermanos, difícil se nos hará encontrar una familia exenta de conflictos que van marcando las vidas e identidades de sus protagonistas.
En el comienzo de Parashat Vaigash, podemos ver un nuevo punto de tensión: en este caso, Iosef se enfrenta con su hermano Iehuda por el futuro que habrá de correr Biniamin. El menor de los hermanos había sido incriminado (a propósito) por Iosef para medir la reacción de los demás, y es Iehuda quien aparece como el líder que aboga por la liberación de Biniamin, en pos de la salud del anciano Iaacov. Será esta postura protectora la que permitirá, luego de muchos años de separaciones y dolor, el que Iosef comience a hacer las paces con sus hermanos, y finalmente se produzca la reconciliación.
Y aun así, los múltiples llantos de Iosef, de sus hermanos y de su padre no pudieron evitar que las relaciones entre las diversas familias – surgidas justamente de los hijos de Iaacov – se agrietaran con el correr de las generaciones, al punto de que la unidad de las doce tribus bajo un liderazgo unificado sólo fue una ilusión de tres generaciones: desde que el pueblo le pidió a Samuel un Rey (I Samuel 8) hasta la muerte de Salomón (I Reyes 11:42-43) pasaron algo menos de cien años… y luego la ilusión se quebró.
Fueron justamente Iehuda y Iosef – los hermanos que se confrontan al inicio de nuestra parashá – los que con el tiempo pasaron a representar al Reino del Sur y al Reino del Norte, reinos vecinos que lejos estuvieron de ser aliados y que vivieron épocas de profunda rivalidad. Y la historia se fue construyendo de manera tal que, en el año 722 AEC, el Reino del Norte cayó en manos del Imperio Asirio y diez de las tribus se perdieron, y en el año 586 AEC,. el Reino del Sur cayó en manos del Imperio Babilónico, finalizando entonces con la época del Primer Templo de Jerusalem.
Y aun así, en la misma época de la caída del Reino del Sur, vivió en Babilonia uno de los profetas más interesantes de los que nos han llegado noticias. Ezequiel, quien fue exiliado junto a muchos otros en el año 597 AEC, nos legó en su libro una cantidad de intensas profecías. Y una de ellas fue elegida justamente para ser leída en el Shabat de Vaigash. El tema central de la misma: la reunificación en un futuro del Norte y del Sur, la reconciliación de los hermanos que han sido separados, el reencuentro de aquellos que por años se erigieron como rivales. En palabras del propio profeta:
Vino a mí palabra de Ad-nai diciendo: “Hijo del hombre, toma ahora un leño y escribe en él: ‘Para Iehuda y sus compañeros los hijos de Israel.’ Toma después otro leño y escribe en él: ‘Para Iosef, leño de Efraim, y para sus compañeros la casa toda de Israel.’ Júntalos luego el uno con el otro, para que sean uno solo, y serán uno solo en tu mano. Y cuando te pregunten los hijos de tu pueblo diciendo: ‘¿No nos enseñarás qué te propones con eso?’, diles: ‘Así ha dicho Ad-nai Elohim: Yo tomo el leño de Iosef que está en la mano de Efraim y a las tribus de Israel sus compañeros, y los pondré con el leño de Iehuda; haré de ellos un solo leño, y serán uno en mi mano.’” (Ezequiel 37:15-19)
Esta profecía – como ocurre también con muchas otras –resuena hasta el día de hoy en nuestros oídos. La unidad del pueblo como principio fundamental para la existencia de la Tradición de Israel se eleva como el valor central que Ezequiel quiere compartir con aquellos que le oyen. Y aun así, como nos recuerda en uno de sus textos Yeshaiahu Leibovitz, esta profecía nunca pudo cumplirse: en aquel entonces, Iosef y Iehuda no volvieron a transformarse en un solo leño, ni lograron unirse nuevamente en un solo pueblo, en una sola comunidad.
Muchos años después, somos nosotros los responsables de ver cómo seguimos escribiendo los capítulos de esta historia. ¿Seremos aquellos que apostemos por la separación y el conflicto, o tendremos la valentía de aceptar el desafío de encontrarnos y reconocernos aun en nuestras diferencias?
En tiempos de la Torá se escribió parte de la historia. Los profetas continuaron dando testimonio de lo que ocurría en sus tiempos. Pero hoy en día, somos nosotros los que tenemos que tomar la decisión.
Que podamos entonces no solo elegir por la vida, sino que ésta sea una vida de trascendencia y profundo amor fraterno.
Shabat Shalom!
Rabino Joshua Kullock
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