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La
conversión está de nuevo en el tapete. Durante el período de las Altas
Fiestas que acaba de terminar, un Tribunal rabínico conservador en Europa
Oriental completó el proceso de conversión al judaísmo de dieciocho checos
y diecinueve polacos. Aproximadamente el 80% de ellos tenían raíces judías. Todos estudiaron formalmente al menos por un año (muchos
estudiaron más tiempo), y estuvieron obligados a estar activos en sus
respectivas comunidades judías. Antes de la conversión, los hombres fueron
sometidos al ritual de la circuncisión, completa o simbólica (aquellos que
ya estaban circuncidados), mientras que tanto hombres como mujeres pasaron
por el ritual de la inmersión. Otra media docena de personas en Praga
están en proceso de terminar su conversión.
El
rabinato ortodoxo, como de costumbre, condenó las conversiones tachándolas
de inválidas y procuró obstaculizar el proceso. Negó el acceso a las
mikvaot (baños rituales) bajo su control y, en Praga, ordenó a la
comunidad organizada no venderle carne kosher a los conversos. Hace unos
años, cuando visité Praga, me sentí consternado al enterarme de que para
unirse a la comunidad organizada había que pasar prácticamente por una
inquisición, con el fin de obtener el certificado de judío según la
halajá. Como resultado de esto, la comunidad cuenta con tan solo 1600
miembros, a pesar de que en la ciudad existe una población de entre 15 y
20,000 personas con algún vestigio de judaísmo, muchos de los cuales
estarían felices ante la oportunidad de volver a sus raíces. En lugar de
estar anuente a la apertura, el rabino ortodoxo de Praga, converso él
mismo, quien fuera ordenado en Israel y encarna la estrechez de miras que
es su patrimonio, ha cerrado todos los caminos. En toda Europa existe un
rabinato entrenado en Israel que no hace más que levantar obstáculos para
desanimar a los interesados en convertirse al judaísmo. La tragedia no
reconocida de la ola de inmigrantes rusos no judíos a Israel, que carecen
de recursos para pedir una conversión razonable, se desarrolla, en
miniatura, en muchas ciudades de Europa, para detrimento del pueblo
judío.
Lo que
caracteriza a esta tragedia nacional es que los extremistas han ido mucho
más allá de lo que dicta la normativa halájica sobre la conversión. El
principio de equilibrio halájico que debiera prevalecer está enunciado en
un midrash brillante y fortalecedor en nuestra parashá, y recoge una
pequeña discrepancia en la narrativa que probablemente trataríamos de
paliar. Cuando Dios puso a Adán por primera vez en el Jardín del Edén,
“para que lo labrara y lo guardase”, Dios le ordenó no comer del “árbol
del conocimiento del bien y del mal” (Gén. 2:17). Pero, al ser interrogada
Eva por la serpiente acerca de esa prohibición, ella citó a Dios diciendo
“No comáis de él, ni lo toquéis, no sea que muráis” (3:3). El añadido,
según el midrash, le dio a la serpiente la oportunidad de tenderle una
trampa. Un día que Eva pasaba al lado del árbol, la serpiente la empujó
sin consecuencia alguna, y después procedió a argumentar que así como el
haber tocado el árbol no le había provocado ningún mal, tampoco se lo
haría el comer de sus frutos.
El
midrash da a entender que la fuente de ese adorno habría sido Adán, a
quien se le dio la orden antes de que Eva fuera creada. En consecuencia,
cuando Adán le traspasó la orden a Eva, probablemente aumentó sus alcances
para asegurarse de su obediencia. La orden de no tocar mantendría a Eva a
una distancia segura del árbol, disminuyendo así la tentación de comer su
fruto. No obstante, la defensa terminó provocando su caída, de donde el
midrash sacó su lección de que “No debemos hacer la valla más grande que
el principio ordenado, para que no vaya a ceder y a destruir los brotes”
(Bereshit Rabá 19:3). El autor del midrash ofrece así una nota de alerta
ante un sistema legal, propenso a promover la observancia de sus estatutos
mediante la construcción de vallados protectores. La pérdida del balance
entre lo que es periférico y lo que es central puede provocar
involuntariamente un resultado absolutamente opuesto.
Este
espíritu de moderación es el que está presente en la beraita (texto) del
segundo siglo en el Talmud Babilónico (Ievamot 47a-b), que primero formula
las cuatro etapas del proceso que culmina en la conversión al judaísmo
(ver Shaye J.D. Cohen, The Beginnings of Jewishness, 1999, capítulo 7). En
primer lugar, se debe desengañar a los candidatos haciéndoles ver que no
obtendrán ninguna ventaja material al unirse al pueblo judío. “¿Ignoráis
acaso que los israelitas en este día son heridos, oprimidos, perseguidos y
quebrantados y que las aflicciones se ciernen sobre ellos? Si él dice: ‘Lo
sé y soy indigno’, lo aceptan de inmediato” (según la traducción de
Cohen).
La etapa
dos consiste en darles alguna instrucción preliminar y parcial sobre el
judaísmo: “Y le hacen saber a él unos pocos de los mandamientos más leves
y unos pocos de los mandamientos más severos” (según trad. Cohen). Más
específicamente, los miembros del Tribunal deben informar a los futuros
conversos sobre sus obligaciones de proveer al pobre, los castigos por
violar mandamientos tales como comer grasa prohibida o profanar el Shabat,
y las recompensas por apegarse a los mandamientos, especialmente en el
mundo venidero. Las etapas tres y cuatro incluyen la circuncisión para los
hombres y la inmersión ritual para ambos, seguidas de nuevo por un poco
más de instrucción: “unos pocos de los mandamientos más leves y unos pocos
de los mandamientos más severos” (las mismas palabras que antes) (según
trad. Cohen).
Mi
intención al citar este texto es destacar el hecho de que el proceso de
conversión en su concepción original, no era ni muy prolongado ni
exhaustivo. Una vez que el Tribunal determinaba la sinceridad del
candidato, la admisión se concedía de inmediato. De igual importancia en
un sistema legal que privilegia las opiniones de autoridades posteriores
más que la de autoridades anteriores, el texto talmúdico se repite al pie
de la letra en el código de Maimónides del siglo XII, en el código de
Asher ben Iaakov del siglo XIV, y en el código de Iosef Karo del siglo
XVI. En resumen, no se debe someter al candidato a la conversión a la gama
completa de la ley judía, sino tan solo a “unos pocos de los mandamientos
más leves y unos pocos de los mandamientos más severos”. La conversión es
el principio de un recorrido de toda la vida de aprendizaje del judaísmo,
como lo es también el haber nacido judío.
Declara
inequívocamente que “Un gentil que está preparado para aceptar todas las
palabras de la Torá excepto una debe ser rechazado. R. Iosi, hijo de R.
Iehuda, dice que aún una simple prohibición rabínica (es suficiente para
que sea rechazado)” (Talmud, Bejorot 30b). El ánimo de este
pronunciamiento es claramente todo o nada. Pero lo que lo hace menos
normativo es su contexto. Aparece como parte de un pasaje que trata de la
admisión a una hermandad de judíos dedicada a la observación estricta de
las reglas del diezmo y al consumo de comida ordinaria en un estado de
pureza ritual. En consecuencia, R. Meir afirmaba que “Un judío no
observante admitido como miembro en una confraternidad, que se convierte
en sospechoso con respecto a una sola ley de la Torá, se convierte en
sospechoso de violar la Torá completa.” A pesar de que los rabinos no
estuvieron de acuerdo con R. Meir (la sospecha no debía desatarse a
ciegas), la exclusividad de la hermandad tendía a fijar los obstáculos
para la admisión en un nivel muy alto. Por analogía, la admisión al
judaísmo se hizo igualmente rigurosa.
Pero la
analogía probó ser demasiado restrictiva (hermandades semejantes en la
antigua Palestina eran poco comunes), y los códigos medievales hicieron
poco uso del pasaje. La ceremonia para admitir a una persona formal y
públicamente al judaísmo puede, de hecho, haber tenido sus raíces en este
mundo de hermandades santas, pero ya para entonces el judaísmo hacía
tiempo se había juzgado a sí mismo como una religión de valor universal,
aún después de la destrucción del Templo y la debacle de Bar
Kojba.
En pocas
palabras, si alguna vez hubo una crisis contemporánea en la vida judía
susceptible de ser resuelta por la halajá, ésta es el reto de la
conversión. Las fuentes no requieren la adopción de una línea dura.
Desviarse hacia la derecha es tan malo como desviarse hacia la izquierda.
La piedad no es mejor a la hora de impedir el abuso del poder que
cualesquiera otras virtudes. Lo que sufre al final cuando se pierde el
equilibrio es el bienestar público.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Bereshit ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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