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El último
fragmento mitológico que tenemos en la Torá, antes de llegar a la figura
de Abraham, es la Torre de Babel. Con este episodio, la Torá vuelve su
atención de lo universal a lo particular, de la historia de la humanidad a
la historia de los descendientes de Sem, primogénito de Noé. Tal y como se
preserva, el relato consta de solo nueve versículos; corto, insignificante
y poco edificante, no mucho más que una sátira licenciosa sobre Babilonia.
A lo más, tratamos de conectar este fragmento al misterio del lenguaje
humano. Si todos somos descendientes de Noé, ¿cómo llegamos a hablar
tantas lenguas diferentes?
Pero esa
pregunta tiene un ligero matiz académico. Lo que realmente falta en esta
coyuntura narrativa de la Torá es una etiología del politeísmo. Dado que
la polémica contra el politeísmo ocupa un papel tan central en el antiguo
Israel, ¿por qué no hay especulación en forma de relato sobre cómo pasó la
humanidad del monoteísmo al politeísmo? En efecto, en los primeros
capítulos del Génesis se asume que nuestros primeros ancestros eran
monoteístas. Por intuición, sentían que la composición múltiple de la
realidad emanaba a partir de una única deidad suprema, con la que les era
fácil comunicarse. Adán y Eva “oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba
en el jardín a la brisa del día” (3:8). Caín, Abel, y más tarde Noé,
ofrecieron sacrificios espontáneamente para expresar su agradecimiento a
Dios (4:3-4, 8:20). En resumen, la Torá no nos aclara cómo fue que la
humanidad se perdió, teológicamente hablando.
Fue
precisamente esta omisión la que hizo a Maimónides (el filósofo judío
medieval más inclinado hacia la historia) plantear una teoría sobre los
orígenes del politeísmo. El resbalón de la humanidad estuvo marcado por
buenas intenciones. Primero, le rindieron culto a los cuerpos celestes,
pensando que Dios estaría complacido de que honraran Su entorno. Segundo,
pusieron dentro de los templos, construidos con este propósito, imágenes
físicas del séquito de Dios. Todavía en este punto la humanidad sabía que,
detrás de estos representantes, Dios reinaba supremo. Pero cuando llegaron
a la tercera etapa, ese enlace crucial se rompió. El esfuerzo por expresar
a Dios en forma física y artística, tuvo como resultado que la humanidad
comenzara a reverenciar al representante, como un ídolo que encarnaba
poderes trascendentales. Según Maimónides, la misión de Abraham y de la
nación de su simiente fue la de repudiar esa noción fragmentada de
trascendencia, así como la moral y las costumbres que se derivaron de ella
(Mishné Torá, Hiljot Avodat Kojavim 1:1). Para pasar por alto ese contexto
histórico, Maimónides afirma, en su Guía a los Perplejos, que muchas de
las prohibiciones de la Torá eran inexplicables (III, 37), y no es por
occidente que, en su código, el número de mitzvot que se encuentran en el
libro sobre idolatría (51) es mucho mayor que en cualquier otro
libro.
Aún así,
ninguna de estas ingeniosas teorías tiene una base textual en la Torá.
Pero sí nos ofrece un lente a través del cual podemos reexaminar la Torre
de Babel. El relato tiene varias características que vale la pena
destacar. Es un cuento de desvío, de alejamiento. Cualquier intimidad
entre Dios y Noé pareciera haber desaparecido. Hace énfasis en los asuntos
materiales. Los habitantes de Shinar se enorgullecen de su habilidad para
compensar la falta de recursos naturales. Los ladrillos bien hechos eran
tan buenos como la piedra labrada, con los que podían construir una ciudad
y un templo indestructibles. En el centro de su mundo estaba el
todopoderoso ego.
Pero Dios
es más difícil de encontrar en un mundo hecho por el hombre. Rodeados por
monumentos de nuestra propia ingenuidad, nos convertimos en sordos a los
ecos de la eternidad. En el relato bíblico, la voz de Dios está claramente
ausente. Frente a la arrogancia humana, Dios se retira al rincón más
remoto del cosmos. De aquí el deseo de asaltar los cielos. El esfuerzo
humano puede restaurar la interrupción en la
comunicación.
El relato
se burla de la idea misma. Para llegar a Dios no hay necesidad de subir al
cielo. Dos veces se dice que Dios desciende de lo alto fácilmente. No es
la construcción sino la contrición lo que une lo humano con lo divino; lo
que salva el vacío es nuestro estado interior, no un vasto recinto
sagrado.
Entonces,
la construcción de la torre fue un acto de rebelión nacido de la
prosperidad. En la frase “y se establecieron allí” (Génesis 11:2), los
rabinos encontraron un tono de finalidad. Los emigrantes del este
terminaron su viaje por haber llegado a una tierra plena de bendiciones. Y
sin embargo, lo que Dios había planeado para su bien, se convirtió
rápidamente en la fuente de su caída. La autosatisfacción alimentó su
arrogancia (Tosefta Sotá 3:10), o como observaron los rabinos, “Un
estómago lleno es la fuente de muchos males” (Talmud Berajot
32a).
Como
ejemplo de rebelión, la Torre de Babel se apega al tema dominante del
preludio de la Torá a la historia de Abraham. La maldad humana pone en
peligro la creación de Dios. Sin restricciones, el hombre continúa siendo
un animal salvaje en la selva. Los Rabinos se refieren a las mitzvot de la
Torá como a un yugo, un sistema de leyes destinado a enjaezar el talento
humano hacia el bien. Como simples mortales, tendemos a abusar de nuestra
autonomía. El yugo de lo divino nos ayuda a conseguir el auto-dominio. El
politeísmo no es más que un subconjunto de las desviaciones que
constituyen la depravación humana. El pasar de una a muchas lenguas
implica el paso de uno a muchos dioses. Con la vista fija en las cosas
materiales, perdemos de vista lo espiritual. La rebelión contra Dios
trastorna el destino dispuesto para nosotros en el principio, como socios
en el sustento de la creación.
Shabat shalom
Ismar Schorsch
La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch
de Parashat Noaj ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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