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Desde que
era niño, he luchado con una pregunta fundamental acerca de la
personalidad de Abraham, pregunta planteada en Vaiera, la parashá de esta
semana. Cuando Dios llega donde Abraham y le dice que la ciudad de Sodoma
será destruida por su maldad, Abraham responde con agresividad al punto de
avergonzar a Dios haciéndole prometer que la ciudad se salvará si se
pueden encontrar 50 personas justas dentro de sus muros: "Lejos sea
esto de Ti. ¿El Juez de toda la tierra no ha de hacer justicia?" (Gén.18:25). Después, con un estilo de regateo que le envidiaría cualquier
vendedor de autos usados, adolescente o abogado defensor, logra reducir el
número a cuarenta y cinco, a treinta, a veinte, a diez.
En
contraste, cuando Dios le ordena a Abraham "Toma a tu hijo, a tu único
hijo, al que amas, a Isaac, y ofrécelo en holocausto" (Gén. 22:2), Abraham
no dice nada y se va a cumplir la voluntad de Dios. ¿Cómo es posible que
Abraham se preocupara tanto por gente extraña, no luchara por la vida de
su propio hijo?
Me
sorprende mucho más el fervor y la concentración que Abraham pone en su
tarea. En lugar de demorarse en las despedidas, no se retrasa; se levanta
al amanecer y se pone en camino inmediatamente, cuidando muchos detalles
por sí mismo. Cuando Dios llama a Abraham para que ofrezca a su hijo (Gén.
22:1), Dios dice su nombre una vez, y Abraham responde Hineni, "Heme
aquí". En contraste, cuando el mensajero de Dios llama a Abraham para que
se detenga, en el último momento (22:11), lo llama dos veces,
"Abraham, Abraham"; a Abraham solo hay que pedirle una vez que esgrima el
cuchillo, pero dos veces para que lo baje.
Creo que
los sabios trataron de suavizar esa percepción cuando re-imaginaron cada
frase de la orden de Dios a Abraham como un lado de una conversación, con
Abraham contestando al otro lado (Sanhedrín 89b):
"Toma a
tu hijo." "¡Pero yo tengo dos hijos!" "Tu hijo único..." "Este es
el hijo único de su madre, y éste es el hijo único de su madre." "Al
que amas..." "Yo amo a mis dos hijos." "Isaac."
Y Abraham
es incapaz de decir nada más.
El tono
de esta conversación enfoca la pregunta en una forma diferente, porque
pone estos acontecimientos en el contexto del trato de Abraham hacia su
hijo mayor. Cuando Sara, tras el nacimiento de Isaac, exige que Ismael sea
enviado lejos, Abraham se siente muy apesadumbrado. Solamente después de
que Dios le asegura que todo irá bien con su hijo mayor, Abraham lo envía
a enfrentarse a la muerte en el peligroso desierto.
Hay
muchos enfoques para resolver esta paradoja. Por ejemplo, muchas fuentes
judías (por ejemplo, Pirke Avot 5:3) interpretan que el destierro de
Ismael y el sacrificio de Isaac fueron la culminación de las diez
"pruebas" que le hizo Dios a la fe de Abraham. Algunos podrían argumentar
que visto en este contexto, el cambio en las respuestas demuestra un
progreso en la profundidad de su fe. Al principio, Abraham se atrevió a
retar la sabiduría de Dios en voz alta (en el caso de Sodoma) o necesitó
de más confianza, aunque sus dudas no fueron externadas (en el caso de
Ismael). La complacencia de Abraham ante la idea de sacrificar a su propio
hijo podría verse, entonces, como un ejemplo de que había logrado el grado
más profundo de fe, una profunda apreciación de que en efecto todo pertenece a Dios. Algunos encuentran reconfortante esta explicación,
pero a mí me suena un poco falsa cuando la observo a la luz de las
acciones de Moisés y los profetas posteriores; hombres y mujeres de fe. En
las palabras de mi maestro, el erudito bíblico Yochanan Muffs, ellos "se
arriesgaron" a pedirle a Dios que rectificara el decreto divino y
defendiera al inocente.
El
comportamiento de Abraham tiene sentido a la luz de su medio ambiente
cultural. Los arqueólogos pueden debatir sobre la frecuencia real de la
costumbre de sacrificar niños en el antiguo Medio Oriente, pero el texto
bíblico lo retrata como una norma de expresión religiosa aún tentadora
para los israelitas, mucho después de la época de Abraham. El
relativamente avanzado sentido moral de Abraham podría haberlo capacitado
para percibir que el castigo colectivo de inocentes era malo. Sin embargo,
si los ídolos falsos, carentes de poder, recibían sacrificios humanos,
¿por qué Abraham le daría menos al único Dios verdadero, un Dios que
ya había dado, y demandado, tanto? Algunos eruditos modernos han sugerido
que la verdadera prueba no era si Abraham de verdad ofrendaría a su hijo,
sino más bien si no lo haría.
También
podríamos ver el comportamiento de Abraham como reflejo de una cierta
pureza de propósito. Abraham era un hombre tan humilde que podía retar al
creador del universo en beneficio de otros, pero no lo podía hacer cuando
el asunto afectaba sus intereses personales. Por supuesto que la
preocupación de Abraham por la gente de Sodoma no debiera verse como
totalmente desinteresada; su sobrino Lot vivía entre ellos, y ya había
actuado una vez (en la batalla de los cinco reyes contra los cuatro reyes)
para rescatar a su pueblo del desastre.
Últimamente,
he llegado a apreciar la paradoja a la luz de lo que significa equilibrar
las responsabilidades como padre con las responsabilidades para con la
comunidad en general. Tengo un respeto renovado por mis propios padres,
quienes de alguna manera lograron que la familia fuera su primera
prioridad, a pesar de su compromiso y devoción con la vida de nuestra
comunidad local y del mundo judío en general. Aún cuando muchos luchan con
la cuestión de cómo balancear el tiempo entre la familia, el trabajo y la
vida profesional, los retos son particularmente irritantes cuando uno está
involucrado en el trabajo de líder comunitario, o en una de las
profesiones "de cuidar", responsable del bienestar físico y/o espiritual
de otras personas. Estoy seguro de que mi propia experiencia, y la de mis
colegas en el rabinato, resuena al unísono con la de los educadores,
líderes laicos, líderes políticos, médicos y otros. Las demandas urgentes
de la familia comunitaria amenazan con atrapar las propias, y muchos
fallan al tratar de encontrar un punto intermedio. Abraham fue quizás el
primer líder judío, pero definitivamente no el único, en casi sacrificar a
sus hijos en aras de promover la tradición judía.
Dada la
concisión del texto bíblico, es difícil demostrar algo a partir de lo que
no se dice, pero me impresiona el hecho de que el texto bíblico hace el
recuento de muchas conversaciones de Abraham con Dios y con líderes
extranjeros, pero solamente una con Isaac. Esa única conversación se da
cuando van subiendo la montaña, con el cuchillo y la leña en la mano. Tal
vez Isaac estaba dispuesto a caminar hacia el olvido, con el carnero
misteriosamente ausente, siempre y cuando le proporcionara una oportunidad
para que padre e hijo "caminaran juntos".
Podríamos
interpretar el texto como prueba que Abraham no amaba a su hijo. Antes de
la Akedá, Dios se refiere a Isaac como "tu hijo, tu hijo único, al que
amas" (Gén. 22:2). Posteriormente, Dios se refiere dos veces a Isaac como
"tu hijo, tu hijo único" (Gén. 22:12,16), omitiendo la frase "al que
amas". Pienso que lo cierto es lo opuesto; siempre he percibido una
gran ternura y amor en la manera en que Abraham cargó los peligrosos
objetos él mismo, y en la forma en que le respondió a su hijo con el mismo
"HINENI" ("Heme aquí"), la misma "presencia" que le ofreció a
Dios.
Más bien,
fue necesaria la amenaza del cuchillo para que Abraham se diera cuenta de
la importancia relativa del alma única y singular que él y Sara habían
hecho juntos, frente a las muchas almas/seguidores que habían "hecho" en
Harán y traído con ellos a Canaán (Génesis 12:5). Fue necesario un
insondable decreto divino para que Abraham estuviera realmente presente
para su hijo. Todos nosotros nos enfrentamos a la misma prueba de Abraham.
¿Necesitaremos un momento de crisis para caminar junto a aquellos que
amamos?
Shabat shalom
Ioshua Heller
La publicación y distribución del comentario del Rabino Heller
de Parashat Vaiera ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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