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El
recuento de la gestación, parto y crecimiento de los gemelos más famosos
de la Biblia, Esaú y Jacob, me hace recordar una maravillosa película de
la PBS llamada “¿Cuán Difícil Puede Ser? El Taller de la Ciudad F.A.T.”
(How Difficult Can It Be? The F.A.T. City workshop). Las siglas F.A.T.
están por Frustración, Ansiedad, Tensión. Mediante una serie de
simulaciones y ejercicios, Richard D. Lavoie, un excelente maestro de
educación especial, convierte, en cuestión de minutos, a un grupo de
adultos muy bien preparados en estudiantes con dificultades de
aprendizaje. Lavoie nos recuerda que los niños con dificultades de
aprendizaje se enfrentan a los mismo problemas no solamente en la escuela
sino 24 horas al día, siete días por semana, lo que les provoca
frustración, ansiedad y tensión diarias en sus vidas cotidianas. En un
momento culminante de la película, Lavoie comenta que ser justo no es
tratar a todo el mundo por igual, sino darle a cada uno lo que cada uno
necesita.
Jacob y
Esaú, sus peleas, relación, personalidades y estilos de aprendizaje tan
diferentes, representan para mí los arquetipos de las profundas
diferencias existentes entre nuestros niños, en sus habilidades, métodos
de aprendizaje y logros. Cuando el Midrash (Bereshit Rabá 63:6) busca
entender la descripción de los dos gemelos que luchan y se revuelcan en el
vientre de Rebeca, pasa a comentar su cuidado prenatal. Jacob quiere
salirse del útero cada vez que Rebeca pasa frente a una sinagoga o casa de
estudio (una retrospección rabínica de las formas institucionales). Cuando
pasa frente a una casa de idolatría (brillantemente iluminada, como un
casino hipnotizante), es Esaú el que no puede esperar para salir del
útero. Conforme los muchachos crecen y se van a la escuela, otro Midrash
relata cómo Jacob era como un mirto y Esaú como una rosa salvaje,
creciendo uno al lado del otro. Jacob despedía un aroma agradable y Esaú,
espinas. Tras 13 años de escuela, Jacob continúa estudiando en pos de una
formación judía superior, mientras Esaú se lanza a una vida de
depravación, en la que la idolatría es una práctica
común.
La
tradición judía posterior pone por las nubes a Jacob, el aplicado, capaz y
ávido estudiante, y demoniza a Esaú, el hombre de la calle, el cazador, el
hombre que necesitaba trabajar con sus manos y estar siempre en
movimiento. Para mí, como padre y educador que le ha tocado enfrentarse a
muchos niños, incluyendo a mi hijo, que vienen a la escuela con una gran
gama de fortalezas, necesidades, déficits y retos de aprendizaje, la
yuxtaposición de estos dos estudiantes arquetípicos tiene una poderosa
resonancia. Por ser la tradición judía tan escolástica, tan verbal, tan
demandante de tipos de inteligencia de pensamiento lingüístico y lógico, a
menudo mira en menos otros dones que muchos estudiantes traen a su
experiencia escolar. Nuestros textos transmiten el mensaje de que para ser
un buen judío solo es necesario ser un maestro de las palabras, un
manipulador hábil de los textos. Esaú era cualquier cosa menos ese tipo de
estudiante.
Algunos,
como nuestro colega y maestro Dr. Ora Prouser, reconoce varios síntomas de
ADD/ADHD - hiperactividad / déficit atencional en la impulsividad de Esaú
y en su incapacidad para permanecer sentado y quieto durante largos
períodos. Observen la reacción de sus padres: Isaac prefiere el estilo de
vida de Esaú, sus labores manuales, la puesta en práctica y su tendencia a
estar fuera de la casa, mientras que Rebeca claramente prefiere al
estudiante, el hijo que es sabio en la escuela y que se destaca en la
academia. Demasiado a menudo nosotros como padres tendemos a valorar
inmediatamente los talentos de Jacob por sobre los de Esaú. Hemos crecido
dentro de una cultura que valora el aprendizaje a través de los libros
sobre cualquier otro aprendizaje. Pero no todos nuestros niños aprenden
verbalmente. Aquellos que no tienen esa habilidad, a menudo reciben el
mensaje de que son menos valiosos, menos queridos que el buen
estudiante.
Muchas
veces me ha tocado ver padres que se sienten muy afectados cuando los
tests psico-pedagógicos revelan que sus niños tienen déficit o
dificultades de aprendizaje. He visto padres renuentes a aceptar las
fortalezas y las debilidades de sus hijos, achacándole la culpa de los
problemas a la maestra o a la escuela. He visto a incontables padres pasar
por serias dificultades a la hora de matricular a sus hijos, porque desean
tratar a todos con justicia, con equidad. Y es aquí donde la sabiduría de
Lavoie se topa con nuestra parashá. Ser justo es darle a nuestros niños lo
que cada uno de ellos necesita, no tratarlos a todos de la misma manera.
Desafortunadamente, la tradición rabínica ha demonizado a Esaú,
identificándolo primero con nuestro enemigo Edom, después con Roma,
mientras por el otro lado glorifica a Jacob como el defensor de la
excelencia académica, lo que ha provocado una dicotomía insana y un
estereotipo inapropiado a la hora de valorar nosotros a nuestros niños y
sus necesidades. Un niño puede desenvolverse muy bien en un ambiente de
escuela formal, pero su hermano tal vez se desenvuelva mucho mejor en un
medio ambiente de educación alternativa. Por supuesto que es más
conveniente tener a todos nuestros hijos en la misma escuela, pero, ¿será
justo sacrificar a uno por las necesidades del otro, entendiendo por
equidad que todos nuestros niños deben hacer la misma cosa de la misma
manera?
La lucha
épica de Jacob y Esaú por desarrollar su autoestima e individualidad es
paradigmática para la forma en que tratamos a cada uno de nuestros niños.
Esto también podría significar que debemos esforzarnos por proporcionar
alternativas de acceso a la educación judía, para afrontar así la enorme
variedad de talentos e inteligencias diferentes con que los niños llegan a
la escuela judía. Tenemos nuestros Esaús y nuestros Jacobs, y si la idea
es capitalizar sobre las múltiples fortalezas con que nuestros niños
pueden contribuir al pueblo judío, debemos proporcionar experiencias que
valoren ambos tipos de alumnos. La manera de Esaú de comprender y
enfrentarse al mundo no es menos relevante para su desarrollo espiritual
que el enfoque de Jacob. Que nosotros, en nuestra calidad de educadores,
tengamos la capacidad de valorar las diferencias entre nuestros niños,
demostrando nuestra imparcialidad tratando de satisfacer las necesidades
individuales de cada uno. Irónicamente, mientras estoy aquí sentado frente
a mi computador escribiendo este ensayo, escuchando cómo mi plomero
arregla mi humidificador, me pregunto cuál de nosotros conoce mejor el
camino hacia el Dios vivo.
Shabat shalom
Steven Brown
La publicación y distribución del comentario del Rabino Brown
de Parashat Toldot ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
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