|
En la década de los 70, Roosevelt “Rosey” Grier, estrella de fútbol, cantó “It’s
All Right to Cry” en el álbum “Free to Be You and Me,” producido
por Marlo
Thomas, que marcó un hito en la historia. El antiguo defensa y
atajador
de los New York Giants nos dijo, en la canción Carol Hall, que
“llorar
te saca la tristeza. Está bien llorar; podría hacerte sentir
mejor.”
El feminismo había llegado a América, y a los hombres, incluso a
las
estrellas de fútbol con apodos femeninos, les estaba permitido
ahora
mostrar
sus emociones y llorar, y hasta se les incitaba a
hacerlo.
Una
década antes, en la cúspide de la era feminista y de una era de agitación
en América, vi llorar a mi padre por primera vez. Parado
frente
al
televisor, las lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras veía
los
acontecimientos
de esa tarde de noviembre de 1963, cuando el Presidente
John F.
Kennedy fue asesinado. Atónito por la horrible tragedia,
también
me
sacudió la abierta demostración de emoción por parte de mi padre.
Mi
padre era
un hombre cariñoso y amante, pero supongo que en mi infancia, también
yo estaba influenciado por las costumbres de la época: ¡Los Hombres
grandes no
lloraban! Serían necesarios el asesinato de Kennedy, la
grabación
de Marlo Thomas y una gran serie de eventos y cambios sociales
en
la vida
americana para hacer que el llanto de un hombre, aun en los confines
privados de su hogar, fuera socialmente aceptable.
En la
parashá de esta semana, las lágrimas de un hombre también juegan un
papel
central. José lucha con sus lágrimas, tratando de detenerlas,
cuando
se
enfrenta a sus hermanos de nuevo después de tantos años. Cuando
los
hermanos
se presentan ante él en busca de alimento, José los reconoce
de
inmediato.
Su primera reacción es la ira, la primera etapa típica de la
tristeza.
Como nos dice el texto: “Cuando vio José a sus hermanos, los
reconoció,
mas se hizo extraño para con ellos, y les habló con dureza” (Génesis
42:7). Esta no es una respuesta extraña, dados el dolor y el sufrimiento
que sus hermanos le habían infligido. Pero después José se
conmueve
hasta las lágrimas cuando escucha a sus hermanos hablar sobre
la
manera
cómo lo maltrataron: “Y ellos no sabían que (los) entendía
José,
porque se
entendía con ellos con ayuda de intérprete. Y él se retiró de
ellos, y
lloró” (Génesis 42:23-4).
La
segunda vez que José derrama lágrimas es cuando finalmente se encuentra
con su hermano Benjamín. Aquí el texto nos dice que a José “se le
habían
conmovido
las entrañas a causa de su hermano, y quiso llorar y entró en
su
aposento,
y allí prorrumpió en llanto” (Génesis 43:30). La frase en
hebreo
“vaivakesh
livkot” se podría traducir como “él quería llorar” o hasta
como
“él pidió
permiso para llorar.” José es preso de los convencionalismos.
José, un
líder público que ha logrado con éxito mantener sus emociones
escondidas
por tantos años, ahora se da cuenta de que su modelo de liderazgo ya
no funcionará más.
Las
palabras del texto sugieren que José reconoce que será
necesario
expandir
los límites del comportamiento normativo, de un soberano, de
un
hombre,
con el fin de poder demostrar sus sentimientos abierta y públicamente.
Aquí, José lo logra parcialmente. No listo aún para llorar
en
público, se va a otra habitación, donde las lágrimas que
derrama
comienzan
a transformarlo. Las lágrimas de José ya no son sólo de ira;
esta vez
sus lágrimas son lágrimas de dolor. De seguro llora por él
mismo;
por su
infancia perdida, por el abismo entre él y sus hermanos, por su pérdida de inocencia, por sus sentimientos de abandono, por su
sufrimiento. Al reconocer su dolor, José pudo empezar a imaginar un futuro
que incluía
tanto su
rol público como su relación privada con su familia. Sin estar
preparado
todavía para hacerlo público, se lava el rostro (Génesis
43:31),
“y salió,
y se contuvo, y dijo ‘¡Servid la comida!’” La transformación
de
José no
es completa sino hasta la parashá de la próxima semana, cuando
se
revela
finalmente a sus hermanos. En ese momento, “lloró en alta voz; y
lo
oyeron
los egipcios... Cayó entonces sobre el cuello de Benjamín, su hermano,
y lloró... Besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos...” (Génesis
45:2,14,15). Solamente en ese momento se da la curación y
reconciliación
total.
En 1963,
América sólo comenzaba a experimentar lo que llegaría a conocerse como la
segunda ola del feminismo americano, una revolución que
tendría
profundos
efectos sobre todos los aspectos, tanto de la vida americana
como
de la
vida judía, para hombres como para mujeres. Mientras que el
impacto
que tuvo
sobre la vida de las mujeres es mucho más conocido, en términos
de
oportunidades
educativas, profesionales y actitudes liberadoras, la vida de los hombres
también sufrió transformaciones. Una de las maneras en que se beneficiaron
los hombres fue que se hizo aceptable el que ellos entendieran
y se
avinieran con sus vidas, tanto personales como
profesionales.
El campo
de los estudios judíos también se transformó, en parte como resultado de
la influencia de esta misma ola de feminismo. La perspectiva
feminista
y los análisis de género a menudo revelan aspectos que nunca
antes
habíamos notado en nuestros textos sagrados. Los comentaristas
tradicionales
mencionan poco las lágrimas de José, pero según el Sefer
Haiashar
(un trabajo midráshico medieval), citado por Luis Ginzberg en
su
obra
“Leyendas de los Judíos”, José lloró porque Benjamín le recordó a
su
madre
Raquel, y “solamente las lágrimas apagan los carbones encendidos del
corazón.” Comparto esta opinión. Las lágrimas de José son un elemento
necesario para su transición a la edad adulta y al verdadero
liderazgo.
Solamente
cuando ha encontrado la forma de reconciliar su dolor infantil
con la
posibilidad de una nueva relación con sus hermanos, su figura
pública
con su vida privada, su invencible poder con su
vulnerabilidad;
solamente
entonces emerge como el héroe bíblico que enciende la empatía
y
admiración
tanto de hombres como de mujeres.
Muchos
americanos recuerdan a Walter Cronkite, el periodista principal del día,
estallando en llanto mientras anunciaba la muerte del Presidente
Kennedy.
Inmediatamente
después del asesinato, las encuestas identificaron a Cronkite como el
hombre más confiable de América. Su poder público
aumentó
por su vulnerabilidad y emotividad.
Por sí
solas, las lágrimas pueden ser amargas. Como preludio a la empatía,
las
lágrimas pueden ser agridulces. Como precursoras de mejores días porvenir,
nuestras lágrimas hasta pueden ser completamente dulces.
Shabat Shalom veJag Sameaj
Shuly Rubin Schwartz
La publicación y distribución del comentario de la Rabina Schwartz
de Parashat Miketz ha sido posible gracias a la generosa donación
de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.
|