Educación para Adultos

 

Comentarios sobre la Torá del Canciller Schorsch
                (Seminario Teológico Judío de América)

 

MIKETZ - Janucá 5763
Bereshit - Génesis 41:1-44:17
7 de diciembre, 2002 - 2 tevet 5763

Por la Rabina Shuly Rubin Schwartz
Decana del List College y Profesora Asistente
de Historia Judía Americana en el J.T.S.

Reemplazando al Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum



En la década de los 70, Roosevelt “Rosey” Grier, estrella de fútbol, cantó “It’s All Right to Cry” en el álbum “Free to Be You and Me,” producido por Marlo Thomas, que marcó un hito en la historia. El antiguo defensa y atajador de los New York Giants nos dijo, en la canción Carol Hall, que “llorar te saca la tristeza. Está bien llorar; podría hacerte sentir mejor.” El feminismo había llegado a América, y a los hombres, incluso a las estrellas de fútbol con apodos femeninos, les estaba permitido ahora mostrar sus emociones y llorar, y hasta se les incitaba a hacerlo.

Una década antes, en la cúspide de la era feminista y de una era de agitación en América, vi llorar a mi padre por primera vez. Parado frente al televisor, las lágrimas corriendo por sus mejillas, mientras veía los acontecimientos de esa tarde de noviembre de 1963, cuando el Presidente John F. Kennedy fue asesinado. Atónito por la horrible tragedia, también me sacudió la abierta demostración de emoción por parte de mi padre. Mi padre era un hombre cariñoso y amante, pero supongo que en mi infancia, también yo estaba influenciado por las costumbres de la época: ¡Los Hombres grandes no lloraban! Serían necesarios el asesinato de Kennedy, la grabación de Marlo Thomas y una gran serie de eventos y cambios sociales en la vida americana para hacer que el llanto de un hombre, aun en los confines privados de su hogar, fuera socialmente aceptable.

En la parashá de esta semana, las lágrimas de un hombre también juegan un  papel central. José lucha con sus lágrimas, tratando de detenerlas, cuando se enfrenta a sus hermanos de nuevo después de tantos años. Cuando los hermanos se presentan ante él en busca de alimento, José los reconoce de inmediato. Su primera reacción es la ira, la primera etapa típica de la tristeza. Como nos dice el texto: “Cuando vio José a sus hermanos, los reconoció, mas se hizo extraño para con ellos, y les habló con dureza” (Génesis 42:7). Esta no es una respuesta extraña, dados el dolor y el sufrimiento que sus hermanos le habían infligido. Pero después José se conmueve hasta las lágrimas cuando escucha a sus hermanos hablar sobre la manera cómo lo maltrataron: “Y ellos no sabían que (los) entendía José, porque se entendía con ellos con ayuda de intérprete. Y él se retiró de ellos, y lloró” (Génesis 42:23-4).

La segunda vez que José derrama lágrimas es cuando finalmente se encuentra con su hermano Benjamín. Aquí el texto nos dice que a José “se le habían conmovido las entrañas a causa de su hermano, y quiso llorar y entró en su aposento, y allí prorrumpió en llanto” (Génesis 43:30). La frase en hebreo “vaivakesh livkot” se podría traducir como “él quería llorar” o hasta como “él pidió permiso para llorar.” José es preso de los convencionalismos. José, un líder público que ha logrado con éxito mantener sus emociones escondidas por tantos años, ahora se da cuenta de que su modelo de liderazgo ya no funcionará más. Las palabras del texto sugieren que José reconoce que será necesario expandir los límites del comportamiento normativo, de un soberano, de un hombre, con el fin de poder demostrar sus sentimientos abierta y públicamente. Aquí, José lo logra parcialmente. No listo aún para llorar en público, se va a otra habitación, donde las lágrimas que derrama comienzan a transformarlo. Las lágrimas de José ya no son sólo de ira; esta vez sus lágrimas son lágrimas de dolor. De seguro llora por él mismo; por su infancia perdida, por el abismo entre él y sus hermanos, por su pérdida de inocencia, por sus sentimientos de abandono, por su sufrimiento. Al reconocer su dolor, José pudo empezar a imaginar un futuro que incluía tanto su rol público como su relación privada con su familia. Sin estar preparado todavía para hacerlo público, se lava el rostro (Génesis 43:31), “y salió, y se contuvo, y dijo ‘¡Servid la comida!’” La transformación de José no es completa sino hasta la parashá de la próxima semana, cuando se revela finalmente a sus hermanos. En ese momento, “lloró en alta voz; y lo oyeron los egipcios... Cayó entonces sobre el cuello de Benjamín, su hermano, y lloró... Besó a todos sus hermanos, y lloró sobre ellos...”  (Génesis 45:2,14,15). Solamente en ese momento se da la curación y reconciliación total.

En 1963, América sólo comenzaba a experimentar lo que llegaría a conocerse como la segunda ola del feminismo americano, una revolución que tendría profundos efectos sobre todos los aspectos, tanto de la vida americana como de la vida judía, para hombres como para mujeres. Mientras que el impacto que tuvo sobre la vida de las mujeres es mucho más conocido, en términos de oportunidades educativas, profesionales y actitudes liberadoras, la vida de los hombres también sufrió transformaciones. Una de las maneras en que se beneficiaron los hombres fue que se hizo aceptable el que ellos entendieran y se avinieran con sus vidas, tanto personales como profesionales.

El campo de los estudios judíos también se transformó, en parte como resultado de la influencia de esta misma ola de feminismo. La perspectiva feminista y los análisis de género a menudo revelan aspectos que nunca antes habíamos notado en nuestros textos sagrados. Los comentaristas tradicionales mencionan poco las lágrimas de José, pero según el Sefer Haiashar (un trabajo midráshico medieval), citado por Luis Ginzberg en su obra “Leyendas de los Judíos”, José lloró porque Benjamín le recordó a su madre Raquel, y “solamente las lágrimas apagan los carbones encendidos del corazón.” Comparto esta opinión. Las lágrimas de José son un elemento necesario para su transición a la edad adulta y al verdadero liderazgo. Solamente cuando ha encontrado la forma de reconciliar su dolor infantil con la posibilidad de una nueva relación con sus hermanos, su figura pública con su vida privada, su invencible poder con su vulnerabilidad; solamente entonces emerge como el héroe bíblico que enciende la empatía y admiración tanto de hombres como de mujeres.

Muchos americanos recuerdan a Walter Cronkite, el periodista principal del día, estallando en llanto mientras anunciaba la muerte del Presidente Kennedy. Inmediatamente después del asesinato, las encuestas identificaron a Cronkite como el hombre más confiable de América. Su poder público aumentó por su vulnerabilidad y emotividad.

Por sí solas, las lágrimas pueden ser amargas. Como preludio a la empatía, las lágrimas pueden ser agridulces. Como precursoras de mejores días porvenir, nuestras lágrimas hasta pueden ser completamente dulces.

Shabat Shalom veJag Sameaj

Shuly Rubin Schwartz

La publicación y distribución del comentario de la Rabina Schwartz de Parashat Miketz ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.


La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión Judía de Congregaciones de Latinoamérica y el Caribe: http://www.ujcl.org/. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

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Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Congregación Kol Shearit Israel, Panamá. Versión original en inglés.

 

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Última actualización:    17 de mayo, 2003