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Educación para Adultos

 

Comentarios sobre la Torah del Canciller Schorsch
(Seminario
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MENSAJE PARA YOM KIPPUR 5762
Rector Ismar Schorsch

Los acontecimientos recientes han imbuido un significado inesperado a palabras largamente apreciadas. En la época del Templo, el Sumo Sacerdote entraba al Sancta Sanctorum solo una vez al año, en Yom Kipur. Como depósito de la Torá, el acceso estaba prohibido. Cuando el Sumo Sacerdote salía ileso después de un intrincado ritual de expiación, oraba por un año nuevo generoso y por el bienestar de todo Israel, nombrando especialmente a aquellos que estaban en riesgo por catástrofes naturales. “Que sus hogares no se conviertan en sus tumbas.” Desde el 11 de setiembre, esa oración ha estado siempre presente en mi mente.

Nuestros hogares y lugares de trabajo, nuestros medios de locomoción y espacios públicos se convierten en nuestras tumbas cuando son golpeados sin aviso. Los antiguos temían a los terremotos; nosotros los americanos debemos aprender ahora a vivir bajo la sombra del terrorismo. El ataque simultáneo al World Trade Center y al Pentágono por un enemigo invisible que, diabólicamente, convirtió aviones de pasajeros en misiles, nos ha arrebatado nuestra inocencia, nuestra sensación de seguridad y de confianza. En un conflicto en el que no hay reglas ni campos de batalla, todas las personas y los lugares están permitidos. El elemento sorpresa está pensado para elevar la devastación al máximo. La plegaria del Sumo Sacerdote viene a nuestros labios espontáneamente, aunque dirigida ahora contra el terror de la maldad extrema más que a los actos de la naturaleza. Puede ser que sus consecuencias sean similares, pero sus orígenes no lo son.

Hablamos de una erupción volcánica o de una tormenta tropical como catástrofes naturales, sea cual sea el saldo de muertes que dejen a su paso. Un incendio forestal puede hasta ser beneficioso a veces. Solamente los seres humanos cometen actos malvados, crímenes de una crueldad bárbara contra sus propios semejantes, que desgarran los lazos innatos de la solidaridad humana. Semejante malevolencia pura es siempre producto de una voluntad descarriada. Hannah Arendt introdujo el concepto en su estudio “Los Orígenes del Totalitarismo”, en 1951, mucho antes de que se utilizaran los términos “genocidio” y “Holocausto” para referirse a los crímenes de los nazis y de los comunistas. Ella describió el totalitarismo como un fenómeno único del siglo XX, en el que se hace uso del terror desenfrenado y sistemático para promover los intereses de un movimiento político altamente ideológico. La aplicación del concepto de maldad extrema en la tortura, sufrimiento y masacre infligida por ambos movimientos sobre millones de personas estaba pensada para evitar que los lectores cayeran en la “gran tentación de explicar lo intrínsecamente increíble mediante racionalizaciones liberales.”

El sentido común no estaba capacitado para entender lo impensable. En contraste, el terrorismo que nos despertó el 11 de setiembre fue producto de un odio irracional, no de una idea grandiosa, sin importar lo perversa que ésta pudiera ser. Igualmente nuevo y desestabilizador es el hecho irrefutable de que no escasean los hombres jóvenes dispuestos a sacrificarse con tal de lograr sus objetivos. Ni Hitler ni Stalin ni sus innumerables esbirros estuvieron nunca dispuestos al martirio con tal de lograr sus inhumanos propósitos. Tampoco promulgaron el suicidio las revueltas violentas de la Nueva Izquierda posterior a 1968. Si el resentimiento de los fanáticos musulmanes es una medida de su impotencia y empobrecimiento, entonces el suicidio como instrumento de separación modifica el equilibrio. Aun así, su estilo de terrorismo no es más que otra forma de maldad extrema, pues se burla de la santidad misma de la vida humana, tanto de la vida de la víctima como de la del asaltante.

Para el judaísmo, que valora la vida humana sobre cualquier otra cosa, nada puede ser más aborrecible. Entre los enemigos del Israel antiguo, los amalequitas fueron severamente condenados a ser erradicados de la faz de la tierra, no a ser sólo subyugados y vencidos. Fueron los primeros en atacar a los israelitas tras su salida de Egipto, en el desierto, y los más cobardes. Según la tradición, atacaban a los cansados y a los enfermos que caminaban en la retaguardia, a los civiles inocentes, evadiendo la lucha con los soldados que marchaban al frente. No es entonces una exageración concebir a Amalek como una nación terrorista cuyos actos cobardes provocaron la inflexible ira de la Torá. Algún día “borraréis la memoria de Amalek de debajo de los cielos. Que no se os olvide.” (Deuteronomio 25:17-19)

La enunciación más absoluta del valor fundamental de toda vida humana fue dada en la Mishná. En los casos de pena capital, los jueces le insistían a los testigos en la necesidad de no jugar con la verdad. Seguida por una homilía: ¿Por qué la vida humana en la tierra comenzó, según la Torá, con la creación de Dios de un único ser humano? Para enfatizar la idea de que una persona que extingue la vida de otra amenaza, de hecho, la continuidad de toda la especie humana. Puesto que, al principio, el destino de la humanidad descansaba en la supervivencia de Adán, nuestro único ancestro.
Los mismos orígenes humildes también enfatizaban la igualdad de todos los miembros de la raza humana. Ninguno podía alegar el ser descendiente de una mejor estirpe. Estamos inextricablemente unidos en nuestro ancestro común. Y finalmente, la individualidad infinita de la humanidad es un tributo a la grandeza de Dios. Un midrash nos dice que cuando un alfarero hace un molde, todos los artefactos moldeados a partir de éste, son idénticos. No sucede así con los descendientes de Adán y Eva.

A pesar de que comparten el mismo molde (podríamos decir el ADN), cada ser humano es diferente de los demás. Todos tenemos características que nos distinguen (Sanedrín 4:5). Frente a esta premisa de semejante visión del valor, igualdad e individualidad de todo ser humano, nadie debe ser tratado como un simple medio para obtener un fin, por más grande que éste sea. Cada uno de nosotros constituimos un fin en sí mismo, la personificación de un significado supremo. No sé de ninguna otra teología que proporcione un fundamento más firme a la doctrina política de los derechos humanos inalienables.

En las Altas Fiestas, los judíos se reúnen en sus sinagogas para dedicarse nuevamente a sí mismos a la consecución de esta visión de la humanidad. Invocamos la ayuda de Dios porque estamos conscientes de que el corazón humano es débil y perverso, incircunciso, según la simbología gráfica de las Escrituras. Pero esta no es una circuncisión que podemos efectuar por nosotros mismos. Necesitamos de la asistencia divina para domeñar nuestras pasiones. En todas las oraciones de la Amidá de esta época, le pedimos a Dios que infunda en la humanidad el sentimiento de la reverencial grandeza de Dios, para que así cada persona desee unirse con todo su corazón al servicio de Dios. “Sólo entonces prevalecerá la justicia para siempre, pues la iniquidad será silenciada y la maldad se desvanecerá como el humo y la tiranía desaparecerá de la tierra.” A largo plazo, la maldad extrema del terrorismo contemporáneo solo podrá ser erradicada compartiendo ampliamente las bendiciones de la bondad.

Que tengan un ayuno fácil
Ismar Schorsch

La publicación y distribución de este comentario de Yom Kipur ha sido posible gracias a la donación generosa de Rita Dee y Harold (z”l) Hassenfeld.

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website.

 

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