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Educación para Adultos

 

Comentarios sobre la Torah del Canciller Schorsch
(Seminario Teológico Judío de América)

 

 

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Parashat   Vaieshev
8 de diciembre, 2001 - 23 de Kislev, 5762

            En su rico libro “History of the Jews in Modern Times” (Historia de los Judíos en la Época Moderna), el Profesor Lloyd P. Gartner observa que “pocos judíos en el mundo de 1950 residían en la ciudad o país en que sus abuelos habían vivido en 1880” (p. 213).  Como el resto del mundo, los judíos en los siglos XIX y XX estaban en movimiento, ya fuera mudándose a ciudades boyantes en sus propios países o a tierras extranjeras que prometían mayores oportunidades.  Para 1915, la población judía en los Estados Unidos había aumentado de 280,000 a 3,197,000.  Los judíos representaban aproximadamente un 11 % del total de 22 millones de inmigrantes europeos que llegaron a estas costas entre 1880 y 1914.   La migración de enormes cantidades de personas durante estos dos últimos siglos, tanto dentro como fuera de las fronteras de su patria, ha representado un verdadero cambio de trascendentales consecuencias.

            Mi propia historia refleja esa marea.  Nacido en la Alemania Nazi, llegué a Nueva York el 28 de marzo de 1940, en el seno de una pequeña familia todavía intacta.  Seis años después, casi exactos, nos convertimos en ciudadanos americanos.  Mis padres abrazaron este país.  Hablaban solamente inglés en la casa y pasaban muy poco tiempo recordando lo que habían dejado atrás.   A menudo me he maravillado ante la firme determinación y la energía psicológica que les debe haber costado el lograr esta ruptura existencial. 

            Cada año, la primera línea de la parashá de esta semana me hace recordar estos pensamientos.  “Y habitó Jacob en la tierra de las residencias de su padre, en la tierra de Canaan” (37:1).  Tras una tormentosa ausencia de 20 años en el extranjero, Jacob regresó a la tierra de su juventud.   Para sentir la profundidad de su alivio, solo necesitamos recordar el terror que lo invadió en su huída.  El exilio lo había probado y transformado.  Jacob volvió a Canaan a tiempo de enterrar a su padre y ahora parecía dispuesto a terminar sus días tranquilamente en Hebrón, el lugar en el que tanto Isaac como Abraham habían residido (35:27-29).  La comodidad y seguridad de los alrededores familiares asegurarían la continuidad de su fe. 

            En mis viajes a través de los Estados Unidos, siempre tomo nota de las familias que han residido en la misma comunidad durante varias generaciones, un patrón mucho más común cuando se sale de Nueva York.  Nosotros, los judíos americanos, siempre estamos mudándonos, aunque no para escapar de la persecución como nuestros antepasados.  Sin embargo, el mudarse continuamente pone en riesgo la identidad judía.  Toma tiempo construir las redes sociales que regulan nuestro auto-centrismo.  Las familias bien arraigadas a menudo exhiben un sentimiento muy desarrollado de su responsabilidad de mantener lo que la historia ha interpretado como sagrado.  El precio de nuestra celebrada movilidad es una casa sin herencias. 

            Pero el verso que inicia nuestra parashá es mucho más que una recapitulación de tribulaciones superadas.  Señala tanto hacia delante como hacia atrás.  A Jacob no le sería otorgado el lujo de retirarse de la lucha para cultivar su vida interior.  Como escribió Isaac Abarbanel, líder de la judería hispana en el momento de su expulsión, en su comentario de la Torá, el sustantivo “magor” (literalmente “residiendo”) es idéntico a otro sustantivo que significa “miedo” o “terror”.  El término bíblico para “extranjero” (guer) también se relaciona con ambos.  Subliminalmente, entonces, encontramos que el verso contiene un susurro de presagios.  Si “vaieshev” (“y habitó”) hace referencia al final de un período de agitación en la vida de Jacob, “megurei aviv” (“las residencias de su padre”) anticipa otro peregrinar preñado de dolor.  Habiendo soportado Abarbanel la expulsión dos veces (la primera de Portugal, la segunda de España), sentía cierta afinidad con Jacob, quien estaba destinado a abandonar Canaan otra vez en su ancianidad. 

            En resumen, según Abarbanel, Jacob regresó a Hebrón no solo para morar en la comunidad de su padre sino también para ser asaltado por los mismos terrores.  Él también estaba destinado a ser testigo de amargas luchas entre sus hijos, debido a que falló en amarlos con igualdad.  Él también sufriría una larga separación de su hijo que terminaría en una reunión gozosa antes de su muerte.  Y como Isaac, Jacob sería enterrado por hijos que habrían alcanzado una cierta medida de reconciliación.   Para Abarbanel, el estar de nuevo en el hogar traía consigo el riesgo de repetir los errores de nuestros padres. 

            En un sentido mucho más profundo, el estar-en-casa no elimina la incertidumbre básica de la condición humana.  La dura realidad golpeó a Jacob en Canaan, como lo había hecho en Padan-Aram.   La Torá comienza con la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén, y la ambientación dominante de la narración se desarrolla fuera de la tierra prometida.  Y una vez conquistada, ni siquiera la tierra prometida procuró la estabilidad y la seguridad anhelada.   La sobria lección que surge de la historia del antiguo Israel es que, sea donde sea que residamos, la vida está plagada de vicisitudes.  El balasto en este mar de turbulencias es la vida interior.         

            Fue el judaísmo el que le proporcionó refugio a mis padres en el pasaje desorientador de una sociedad a otra.  El llamado rabínico de mi padre trascendió las fronteras.  El hebreo continuó siendo la clave para las verdades eternas.   El calendario judío continuó rigiendo el ritmo de nuestro hogar.  Nunca escuché a mis padres lamentarse por el dinero que se les prohibió sacar de Alemania; tan solo lamentaban el cargamento de libros de la biblioteca de mi padre que nunca llegó a América. 

            Mucho tiempo antes, los Rabinos habían afirmado confiadamente que, sin importar el lugar adónde Israel fuera a parar en sus peregrinajes obligados, Dios le acompañaría (TB Meguilá 29a).  Lo que nos acerca a Dios no es la santidad de la tierra sino la pureza del espíritu.  Con un libro como su posesión más sagrada, los judíos pueden vivir en sus cabezas, inmunes a los problemas que los aquejan.

Shabat Shalom,

Ismar Schorsch

Ismar Schorsch es el Rector del Seminario Judío de Teología. La publicación y distribución del comentario del Dr. Schorsch de la parashá Toldot ha sido possible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website.

 

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