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Parashat
Miketz
Este año no
estaré en casa para celebrar Janucá. Parto
para Israel el 6 de diciembre y no estaré de vuelta sino hasta el séptimo día de la
festividad, apenas a tiempo para encender las 8 candelas en la última noche, rodeado por
mi familia. Es muy difícil capturar la
belleza de esta fiesta, o de cualquier otra, estando solo.
Ni la sinagoga ni la oración logran agotar el repertorio ritual que le da
vida al carácter distintivo de cada una de las fiestas judías. El hogar es el gran acuífero de nuestro
judaísmo, indispensable pero devaluado.
Hace
muchos años me tocó pasar otra Janucá solo. El
año era 1963 y el lugar Corea del Sur. En
esa época, yo era capellán del ejército de Estados Unidos, destacado por un año en lo
que entonces era un país empobrecido y devastado. La
cordillera que formaba la espina dorsal de la península estaba desnuda de árboles. La mayoría de las aldeas carecían de
electricidad. Las cloacas desembocaban en
zanjas abiertas al lado de los caminos sin pavimentar, y el excremento todavía servía
como fertilizante.
Sumado a
estas primitivas condiciones, había dejado a mi esposa y a mi hijo recién nacido en los
Estados Unidos. El asesinato de John F.
Kennedy en noviembre resquebrajó el equilibrio que tanto me había costado adquirir. Solo, alejado de todo y sin información, temía
lo peor. Afortunadamente, durante el mes de
diciembre me trasladaron de Taegu, donde la cantidad de libros que me había traído para
estudiar era mayor que la de los hombres judíos a los cuales servía, a Seúl, donde sí
había más militares judíos. El trabajo
ayudó a disipar el tedio.
Una de mis
obligaciones fue la de preparar a un muchacho, hijo de un oficial de alto rango, para su
bar mitzvá, que se celebraría en el Shabat de Janucá.
En aquellos días, la instrucción se daba sin el beneficio de las
grabaciones. Juntos repasamos muchas veces la
haftará especial del profeta Zacarías. El
ejercicio revivió en mí un sentimiento efímero de normalidad. Ya no recuerdo nada sobre mi joven estudiante. Pero lo que sí me quedó grabado fue una afinidad
duradera con la haftará. Su incitante
afirmación del espíritu llena de imágenes vívidas calmó la resequedad de mi
alma.
Zacarías
representaba la explosión final de la profecía en los tempranos días de la
restauración de Babilonia. Su conquistador
persa, Ciro, había permitido a los exiliados de Judá regresar a Jerusalem en el 538
a.E.C. y reconstruir su Templo, a pesar de ser tan pocos.
La mayoría de sus descendientes había decidido quedarse en Babilonia en
sus nuevos hogares. Aquellos que volvieron se
encontraron en una ciudad sin murallas, sitiada por adversarios locales disgustados por su
reaparición. En una serie de notables
oráculos, Zacarías exhortaba a su pueblo a reasumir la construcción. Dios favorecía su causa. La luz incandescente de una nueva menorá
enlazaría el cielo y la tierra. Una piedra
angular tomada del antiguo Templo santificaría el nuevo.
(Varios siglos después, el libro II Macabeos expresaría esta misma idea,
al sostener que el fuego en el altar del nuevo Templo provenía del viejo.) Un Templo terminado albergaría de nuevo la morada
de Dios en Sión.
Sobre todo, el
éxito no dependía de la ventaja militar o la superioridad numérica sino más bien de
una voluntad indomable. Ésta es
la palabra que dice el Señor a Zerubabel (el líder político de los colonos): ¡No por la fuerza, ni con el poder, sino por Mi
espíritu!, dice el Señor de los Ejércitos (Zac.
4:6). Este mensaje es, por supuesto, la
razón por la cual los rabinos eligieron esta lectura de Zacarías para el Shabat de
Janucá. Ellos atribuyeron la sorprendente
victoria de los macabeos sobre una formidable maquinaria militar al espíritu inspirado
por la fe. Y esto me proporcionó la
sabiduría que necesitaba interiorizar para poder sobrevivir a mis propias dificultades. Mientras que no me era posible cambiar mis
circunstancias, la fe me ayudaría a superar las adversidades. La libertad humana fundamental es la actitud que
tomamos ante lo que nos sucede.
Si hemos
de pasar Janucá lejos de casa, Israel es, de seguro, el lugar que debemos preferir. Es el lugar donde nació la festividad, en un
forcejeo desesperado por afirmar el derecho a ser diferentes. A diferencia de Purim, Janucá amerita el recitado
del Halel completo todos los días en la sinagoga, puesto que la victoria fue ganada en la
tierra de la patria ancestral. Mi corazón se
conduele de los macabeos contemporáneos de Israel, quienes todavía necesitan luchar por
el derecho de ser diferentes a los que les rodean. Sus
fronteras porosas no pueden ser selladas contra los terroristas inclinados al asesinato
indiscriminado. Depravados suicidas escogen
para volarse lugares llenos de adolescentes. Las
palabras de un niño de 11 años que perdió a su padre en el ataque al World Trade Center
acerca de Bin Laden y sus seguidores reflejan la mentalidad perversa de todos los grupos
terroristas: Los niños de por allá
intercambian postales de terroristas en lugar de postales de béisbol. No existe ningún deporte nacional. Los terroristas son sus héroes. No tiene sentido. El terrorismo es la materia oscura del mundo
civilizado. Voy a Israel a identificarme con
los apuros de mi pueblo.
La
intifada se ha convertido en un cataclismo fuera de control. Después de todo el derramamiento de sangre,
Arafat no tiene nada que mostrar a su favor. Ha
fallado en la internacionalización del problema. Ha
enterrado al campo de la paz en Israel y ha empujado a Washington a apoyar los esfuerzos
de Israel en contra del terrorismo palestino. Montado
en el tigre, Arafat está a punto de ser devorado por él.
La libanización de la causa palestina pareciera peligrosamente cerrada.
Yo
solía ser una paloma y todavía tiemblo ante los excesos de la ocupación israelí. Pero ya no creo que el objetivo de la intifada sea
terminar con la ocupación. Si fuera así,
Arafat habría firmado en Camp David. Pero en
lugar de esto, ante la posibilidad de la salida del Líbano, desató el tipo de guerra que
Israel tiene más dificultad de ganar, una guerra de desgaste. La conferencia sobre el racismo en Durban, con su
absurda demanda del regreso de cinco millones de refugiados, indica que el objetivo es la
desmembración de Israel. Algún día, la
injusticia que subyace en los asentamientos israelíes en Gaza y Cisjordania tendrá que
ser atendida, pero nunca antes de que la razón restaure la voluntad de compromiso.
Hasta entonces,
el mensaje de Zacarías permanece vivamente relevante.
La intifada, aunada a las represiones de humanidad de Israel, ha
neutralizado la aterradora superioridad de su fuerza militar. En un terreno de juego plagado de violencia, será
la fe y la fortaleza del alma judía, fortalecida a través del tiempo por la adversidad,
lo que ayudará a Israel a soportar y prevalecer.
Shabat Shalom ve-Jag Urim Saméaj, Ismar Schorsch
Ismar Schorsch es el Rector
del Seminario Judío de Teología. Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación Bnei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. |
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