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Parashat
Vaieji
Al final de una vida tumultuosa, Jacob muere lo que una vez se llamó "una buena muerte". Se le conceden dos cosas: el tiempo para prepararse para su muerte y el consuelo de morir rodeado por su familia. Habiendo cumplido 147 años, y al sentir que menguan sus fuerzas, le exige a José la promesa de no enterrarlo en Egipto sino en el cementerio ancestral en Hebrón. Al mismo tiempo, le concede a José una dote extra sobre sus hermanos, al elevar a sus hijos, Efraím y Menasé, al mismo status que tienen los hermanos de José. Y comparte con cada uno de sus propios hijos presagios de cosas por venir, para concluir con la repetición de su deseo de ser enterrado en la cueva de Majpelá. En resumen, Jacob muere sin sufrir dolor alguno, en su sano juicio y con nada por decir. El último versículo de su biografía muestra un sentido de clausura y consumación: "Y cuando hubo acabado Jacob de ordenar esto a sus hijos, recogió sus pies en la cama, expiró, y se reunió con los suyos." (49:33) Cuán
espantosamente diferente fue el cruel destino de aquellos que perdieron la vida en las
Torres Gemelas, en el Pentágono y en los aviones secuestrados el 11 de septiembre. Para
su reconocimiento eterno, el New York Times ha añadido una sección diaria llamada
"Retratos de Dolor", en los que ha ido recopilando fragmentos de elogio para
cada individuo cuya vida fue tan súbitamente borrada en el World Trade Center. El dolor
se compone de la falta de preparación, de la ausencia de todos los restos. Al leer estas
viñetas personales de personas, en su mayoría jóvenes rebosantes de vitalidad, en busca
de sus sueños y mantenidos en alto por sus muchas relaciones, debo recordarme
constantemente que ya ellos no existen. Nada le queda a sus seres queridos para mitigar su
angustia "Retratos de Dolor" ilumina uno de los propósitos fundamentales de los ritos de duelo judíos, de la shivá. Durante siete días tras el entierro del padre o la madre, hermano o hermana, marido o esposa o hijo, nos retiramos al aislamiento de nuestros hogares para llorar y ser consolados. Es un tiempo para recoger los recuerdos. Cada pariente o amigo nos trae un fragmento del todo, un incidente, un comentario o una perspectiva, para ayudarnos a construir un mosaico del ser querido cuya muerte nos ha dejado desconsolados. El resultado es mucho más lleno de lo que teníamos al principio. La repetición no solo disminuye el dolor; también hace más profunda la imagen. Ante el vacío, la memoria toma el lugar de la presencia. Hay quienes
creen que el rito del duelo por siete días comenzó con la procesión funeraria de Jacob
desde Egipto hasta Canaan. Se nos dice que en Goren Ha-Atad, un poco al suroeste del
pueblo de Gaza, José y su séquito se detuvieron por un período de siete días para
lamentar la muerte de Jacob (50:10). Pareciera ser que la narrativa es el semillero de la
ley. Pero el Talmud de Palestina rechaza la idea de que una práctica halájica pudiera
originarse antes de que la Torá fuera entregada en el Ha sido de gran interés para mí la equivalencia atribuida por Maimónides a la celebración del matrimonio y al dolor de la muerte, confinando a cada uno a ser observado por un período de siete días. De nuevo, pareciera que Jacob es la fuente de la versión halájica de la luna de miel. Engañado por Labán al desposar a Lea, Jacob protesta amargamente diciendo que él trabajó por Raquel. Labán le responde con frialdad: "En nuestro lugar no se hace así, de dar la menor antes que la mayor. Cumple la semana de ésta (shevua zot), y te daremos también la otra, por el servicio que harás todavía conmigo siete años más" (Génesis 29:26-27). La referencia incidental que hace Labán a la semana de esponsales sugiere que celebrar con el novio y la novia por una semana entera era una práctica común. Sin embargo, como hemos visto, Maimónides prefiere los supuestos mandamientos de Moisés (no documentados en la Torá) al posible origen narrativo de esta práctica. La ley judía, como todo otro sistema legal, consiste de valores codificados. La vida se mueve entre polos opuestos. En las palabras clásicas del Eclesiastés: "Tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reír" (3:3-4). La vida de Jacob es un paradigma, una mezcla de gozo y de dolor. Dar rienda suelta a una reprimiendo la otra provoca el desastre físico y espiritual. Dominar los altos y los bajos exige balance y equilibrio. De aquí la equivalencia. Debemos celebrar la formación de una nueva familia por el mismo espacio de tiempo que nos dolemos por la contracción de una ya existente. Para ser efectivo, ambas requieren de la presencia de una comunidad interesada, de un minián. Pero la vida es a veces desordenada. ¿Cuál es la prescripción si en ocasiones se nos presenta la alegría y el dolor al mismo tiempo? En semejante remolino, la ley judía expresa sus prioridades. La vida precede a la muerte. O en el lenguaje legal de Maimónides: "Los siete días de esponsales son como los siete días de una festividad (i.e., Pésaj o Sukot). Y cualquiera que perdiere a un familiar durante los días de fiesta, aún a su padre o a su madre, deberá completar los días de celebración y solo entonces podrá observar los siete días de duelo" (MT Hiljot Avel 11:7). El inimitable
Shmuel Yosef Agnon tiene un cuento corto sobre un colono en Palestina que, apenas antes de
empezar Shavuot, recibe la noticia de que su pueblo natal ha sido diezmado en un pogrom
ruso. No está permitido que estas nuevas tan dolorosas interrumpan o disminuyan las
alegrías trascendentales del día en que la Torá fue entregada. Solo al finalizar la
festividad el colono se permite a sí mismo que la conciencia del horror lo posea. Lo
inviolable de la halajá mantiene los caprichos de Ismar Schorsch
Ismar Schorsch es el Rector
del Seminario Judío de Teología. Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación Bnei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. |
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