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Parashat
TRUMÁ 5762 - Éxodo 25:1 - 27:19 Siempre he apreciado un monólogo de George Carlin sobre el tema un lugar para tus cosas. El comediante describe la forma cómo acumulamos cosas físicas en nuestros hogares y sótanos. Cuando viajamos, llevamos con nosotros una versión más pequeña de nuestras cosas. Cuando estamos lejos de casa, recreamos la seguridad de nuestro hogar al desempacar. Es traumático para nosotros el tener que empacar una versión aún más reducida de nuestro equipaje cuando se trata de un paseo por el día o la noche, hasta que finalmente solo podemos llevar aquello que cabe en un bolsillo o en un alféizar. Su rutina, a pesar de utilizar gran cantidad de palabras que todavía no se pueden usar en televisión, y mucho menos en un dvar (comentario de) Torá, refleja un elemento esencial de la condición humana. Esa misma necesidad humana se ve reflejada en una forma más profunda en la porción de la Torá de esta semana, parashat Trumá. Dios, cuya presencia llena el universo, no necesita de un lugar para Sus cosas. Los israelitas, vagando por el desierto con solo lo que pudieron sacar de Egipto, necesitan la estabilidad de un enfoque físico - un lugar y objetos - para cimentar su relación con Dios. Un santuario permanente es, por supuesto, inviable; solo en el Deuteronomio, cuando la Tierra de Israel ya está a la vista, la Torá hace mención de esta posibilidad. Para el aquí y el ahora, Dios proporciona una alternativa, el Mishkán, un santuario portátil, un lugar donde Dios puede habitar en medio de ellos. (Éxodo 25:8) El Mishkán refleja una extraña tensión entre la portabilidad práctica y la permanencia psicológica. Éxodo 25-27 describe el diseño de cada una de las partes del Tabernáculo, para que pudieran ser desmontadas y transportadas. Las paredes estaban hechas de tablones y columnas, lo suficientemente pequeñas como para ser colocados en carretones. Los variados tapices y cobertores fueron diseñados en secciones, unidas entre sí por medio de más de cincuenta ganchos cada una. La mayoría de los objetos rituales tenían argollas, para poder ser transportados con solo atravesar estacas entre las argollas. Y sin embargo, esta misma portabilidad proporcionaba una especie de constancia: una vez que sus partes estuvieran unidas por cientos de presillas, broches y ganchos, y sus travesaños de acarreo fueran despojados de las muchas argollas de sus muchos utensilios, se requería el trabajo de cientos de levitas para lograr desmontarlo. Empacar y trasladar el Mishkán y sus implementos no era una tarea que pudiera tomarse a la ligera. El Arca de la Alianza era la excepción a esta regla, el único objeto que nunca era definitivamente desempacado o guardado. Dios ordena: Dentro de las argollas del Arca han de permanecer las varas; no se quitarán de ella (Éxodo 25:15). Existen varias explicaciones prácticas del por qué de este mandamiento. Por ejemplo, el Rabino Harold Kushner, en su sección del nuevo comentario de Etz Hayim, sugiere que con este mandamiento quería asegurarse de que el arca, como objeto más sagrado entre los objetos sagrados, no sería tocado innecesariamente. Otros sugieren que, mientras los demás objetos eran guardados en partes del Tabernáculo donde las varas podían interferir con el desempeño de las obligaciones sacerdotales, el arca permanecía en el lugar más sagrado, área solo visitada una vez al año por el Sumo Sacerdote, y en consecuencia no podía haber ningún palo atravesado en el camino. Aun así, existe un significado mucho más profundo. A través de la historia, los judíos han tenido que huir muchas veces con solo lo que podían transportar en sus manos. Han tenido que dejar atrás el calor de edificios e instituciones comunitarias, la comodidad de negocios y hogares, objetos personales y rituales, hasta queridos amigos y familiares. A veces ni siquiera deshacían sus maletas, temiendo un golpe en la puerta que sabían que en cualquier momento llegaría; otras veces se veían obligados a deslizarse al amparo de la noche, sin nada más que lo que pudieran dejar en el alféizar de algún vecino o que cupiera en un bolsillo. En medio de la
presunta estabilidad semi-permanente del Mishkán, siempre había un objeto empacado y
listo para partir en cualquier momento. No era la mesa, finamente recamada y símbolo de
la comodidad física y financiera, ni tampoco la menorá que iluminaba. Era más bien el
Arca, donde Esa lección volvió a mi mente hace poco. Yo, como la mayoría de los judíos americanos, no conozco esa experiencia de vivir realmente con solo una maleta, o de tener que partir aún sin eso. Durante los últimos meses, he estado trabajando con una sinagoga en Manhattan cuyos miembros conocen esa experiencia de primera mano, ya que vivían literalmente al lado del World Trade Center. Muchos no contaron más que con unos cuantos segundos para escapar de sus casas el 11 de septiembre, no pudieron volver durante semanas, y sólo recientemente han podido regresar. Y sin embargo, la misma semana del ataque se reunieron para celebrar los servicios de las Altas Fiestas, como lo tenían planeado, con un espacio y objetos rituales generosamente prestados por otras sinagogas del área. Estos judíos se vieron obligados a abandonar muchas cosas, tanto sus propias posesiones personales como los objetos rituales de su sinagoga, pero ellos encontraron que la fe y el compromiso que se llevaron consigo era algo cuyo valor recién en ese momento apreciaron en su totalidad, algo que les trajo consuelo en el período más difícil de su existencia. Ellos son testimonio del enunciado del midrash (Bamidvar Rabá 4:20) que dice que no es solo el pueblo judío el que acarrea el Arca, sino más bien el Arca la que acarrea al pueblo judío. Hasta que nuestras vidas se desarrollan, no siempre nos damos cuenta de lo que es permanente y lo que es Mishkán, una estructura temporal. No prevemos que muchas de nuestras pertenencias físicas pueden tener que ser empacadas o dejadas atrás. George Carlin nos recuerda lo fácil que es el encontrarnos prisioneros por todas esas cosas que hemos acumulado, y lo difícil que es escoger lo que deseamos llevar con nosotros en un momento de crisis. Las argollas del arca nos recuerdan que existen algunas cosas que no necesitan ser empacadas y que son infinitamente más valiosas. Shabat Shalom.
La publicación y distribución del comentario del Rabino Heller de la Parashá Trumá ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld. La traducción y distribución del comentario del Rabino Heller de la Parashá Trumá ha sido realizada gracias a la generosa donación de Eduardo y Sylvia Freund de El Salvador, en honor a la celebración, este shabat, de la Bat Mitzvá de su hija Michelle. Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación Bnei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen. |
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