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Parashat VAIAKHEL-PEKUDEI Shabat HAJODESH 5762
Éxodo 35:1 - 40:31

9 de marzo, 2002         25 de Adar 5762
Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum
  

La doble parashá de esta semana nos presenta un final triunfante del libro de Éxodo. Apenas erigido el Tabernáculo (el primero de Nisán, al comienzo de un nuevo año), se ve engalanado con la presencia de Dios. “De esta suerte acabó Moshé la obra. Entonces la nube cubrió la Tienda de Reunión, y la gloria del Señor llenó el Tabernáculo. Y no pudo Moshé entrar en la Tienda de Reunión, porque la nube descansaba sobre ésta, y la gloria del Señor llenaba el Tabernáculo” (40:33-35). La repetición sirve para recalcar el hecho de que Dios se había alojado en el santuario, al que había
contribuido todo Israel. El favor de Dios era visiblemente certificable. La nación no viajaría sin compañía.

Un interesante midrash enfoca su atención en una aparente contradicción: Mientras que en Éxodo se dice que “la Presencia del Señor llenaba el Tabernáculo”, en el Primer Libro de Reyes (8:27), el Rey Salomón pregunta, en la oración de dedicación al inaugurar su Templo: “Empero, ¿habitará verdaderamente Dios sobre la tierra? He aquí que los cielos y los cielos de los cielos no Te pueden abarcar, ¡cuánto menos esta Casa que yo acabo de edificar!” El rabino Levi, un Amoraita del siglo tercero en Israel y uno de sus predicadores más originales, respondió con una inspirada analogía: Para reconciliar estos conflictivos versos, debemos imaginarnos una cueva a la orilla del océano. Sus aguas se precipitan adentro para llenar el espacio de la cueva sin verse disminuidas lo más mínimo. Así mismo, a pesar de la presencia de Dios en el Tabernáculo, la presencia de Dios continúa difundiéndose por el universo (Torá Shlemá, Pekudei, Nº 69).

El midrash es digno de mención por varios motivos. Primero, por la gravedad de su interrogante fundamental, esto es, ¿Cómo debemos pensar en Dios? Segundo, por su honestidad. La plegaria de Salomón deja entrever su incomodidad ante la inmanencia y corporeidad del concepto de Dios del
Éxodo. Tercero, por la poesía de su respuesta. La imagen del océano y la cueva señala la verdad teológica de que Dios puede ser al mismo tiempo grande e íntimo, universal y particular. No hay necesidad de separar la polaridad. Y finalmente, porque la imagen del agua en este contexto no se
limita a los Rabinos.

A lo largo y ancho del Cercano Oriente antiguo, los sacerdotes tuvieron que explicar la presencia de sus dioses en múltiples santuarios al mismo tiempo. Y fácilmente reconocieron que ni el lugar sagrado ni la estatua de la deidad podían confinar su grandeza. Como nuestro midrash, un texto
egipcio más antiguo se valió del recurso de la imagen del agua para iluminar la paradoja de inmanencia y trascendencia.

Él (el dios) es uno que confunde por lo que ven los ojos (i.e., por su forma exterior en su estatua). Sea el dios servido en su estilo (i.e., de acuerdo a los requisitos apropiados) ya sea hecho de piedras preciosas o hecho de cobre, como agua que es reemplazada por agua. No existe corriente de agua que soporte ser confinada: siempre rompe el dique que la mantiene confinada. (The Biblical Archaeological Reader, ed. de Wright & Freedman, 1961, pp. 153-4)

Enfrentados a un acertijo teológico común, los sacerdotes egipcios y los rabinos palestinos no solo defendieron la misma convicción de que la particularidad y el universalismo divinos eran compatibles, sino que también usaron el mismo lenguaje metafórico para conceptualizarlo. Sin embargo, a pesar de todo el poder poético y resonancia histórica de nuestro midrash, éste no refleja la única manera de entender la tensión entre las concepciones de Éxodo y de Reyes.

Suficientemente apropiada, la haftará ashkenazi habitual para Pekudei es el primer tercio de la plegaria de Salomón (7:51-8:21) aunque no este año debido a que es Shabat HaJodesh. El hecho de haberse terminado el Templo en Jerusalén 480 años después de la redención de Egipto, daba oportunidad para reflexionar sobre la naturaleza de este nuevo santuario. La teología se
desarrolla en el curso de la narrativa.

En lugar de un documento único, la larga plegaria de Salomón (Reyes I 8:12-53) se puede leer como un compuesto de dos visiones distintas. En el espíritu de Éxodo, la primera afirma que el Templo, como el Tabernáculo, realmente se constituye en la residencia de Dios, lo que hace que Salomón
declare:

 

El Señor ha dicho

Que moraría en las tinieblas espesas.

Yo con empeño he edificado

Una Casa de habitación para Ti,

Una Morada estable donde hagas mansión,

Por los siglos venideros. (8:12-13)

 

La narración que precede a estas líneas subraya la continuidad entre el Tabernáculo y el Templo. El Santuario del segundo contiene el Arca, los querubines y las tablas de piedra del primero. Las primeras líneas de la plegaria se refieren claramente a la nube que se convirtió en emblema de la
presencia de Dios en el Tabernáculo, mientras que las últimas dos modifican tan solo un poco la culminación del cántico del Mar Rojo de Moisés: “El santuario, Señor, que establecieron Tus manos” (Éxodo 15:17).

En contraste, la segunda posición encarna el espíritu del Deuteronomio. Como revela el verso citado por nuestro midrash (8:27), la grandeza de Dios deja por fuera cualquier ilusión de que Dios pueda residir en el Templo. La frase que vimos anteriormente, “Casa de habitación para Ti” (mejón shivtejá), está ahora restringida únicamente al cielo (8:43).

Lo que distingue al Templo es su asociación con el nombre de Dios. Salomón ha hecho realidad el deseo de David de “edificar una Casa al nombre del Señor, Dios de Israel” (8:17), asociación que no por casualidad se repite al menos seis veces más en esta plegaria. Aún más, la descripción de
Salomón de su Templo carece de sacerdotes y sacrificios. Las almas apesadumbradas que entran por sus portales, incluyendo las de los gentiles, vienen a rezar a un Dios trascendente que es tan accesible como compasivo. Con su preferencia por la oración, la segunda posición ofrece una
misteriosa anticipación de lo que será la sinagoga.

El Deuteronomio se diferencia de Éxodo de muchas maneras, pero sobre todo al insistir en un grado más profundo de abstracción al pensar en Dios. En Éxodo, ver a Dios es una forma no tan rara (aunque sí arriesgada) de experimentar la Divinidad. Se describe la aparición de Dios en la cima del
Monte Sinaí (19:20), y cómo aquellos que subían la montaña con Moisés vieron literalmente a Dios. Después del pecado del becerro de oro, al atormentado Moisés se le concede captar un vistazo de la espalda de Dios, aunque no de Su cara (34:18-23).

Los autores de Deuteronomio encuentran repugnante este grosero antropomorfismo. Ellos sostienen que la revelación en el Sinaí fue totalmente auditiva: “Y habló el Señor con vosotros de en medio del fuego; una voz que hablaba oísteis, mas no visteis figura alguna, tan sólo una voz” (4:12). Del mismo modo, ellos exigen un único santuario que solo albergaría el nombre de Dios (12:11-14). No hay huella de ninguna nube símbolo de la presencia física de Dios.

En realidad, tras traer al santuario central, cada tres años, su ofrecimiento del diezmo para los Levitas y los pobres, el campesino debía dirigirse a Dios en términos universales: “Mira desde Tu santa morada, desde el cielo, y bendice a Tu pueblo Israel, y al suelo que nos has dado...” (26:15).

Debo admitir que he sacado a colación un tema complejo. Pero la forma en que converge nuestro midrash y los estudios modernos sobre la misma discrepancia me brinda la oportunidad de comparar cómo trabajaba cada uno. Las respuestas son distintas porque los eruditos modernos han abandonado la búsqueda por armonizar sobre la base de un único autor. Cada unidad literaria se examina ahora en sus propios términos.

En mi opinión, la pérdida de coherencia se ve más que compensada por la pluralidad de voces y puntos de vista. Las Escrituras Hebreas son una biblioteca y no un solo libro; con un alto grado de tolerancia por la individualidad. El pluralismo como valor religioso no es un invento moderno, sino que está enclavado en el texto fundamental del Judaísmo. Puesto que la religión es la respuesta humana a la experiencia de lo sagrado, la distancia entre las tendencias determina la variedad de las respuestas. Algunos perciben a Dios de manera visual y otros auditiva, algunos racionalmente y otros en forma mística, algunos a través de la música, otros a través de la poesía. Los fascinantes e ilimitados testimonios de este encuentro humano con lo Divino presentes en la Torá y en el Tanáj, en el Talmud y los Midrash, celebran la diversidad del tapiz de las tipologías humanas. O en palabras de los Sabios: “La misma señal llegó a muchos profetas, pero nunca dos profetas la entregaron de la misma manera” (Talmud de Babilonia, Sanedrín 89a).

Shabat Shalom.

 

La publicación y distribución del comentario del Dr. Schorsch sobre las Parashiot Vaiakhel -Pekudei ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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