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Parashat SHMINI
6 de abril, 2002         24 de Nisan, 5762
Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum
  

La muerte de un anciano es triste pero no trágica. El dolor de los seres queridos que quedan aquí se ve atenuado por el hecho de que así es el mundo. Es por esto que el Rey David, en su lecho de muerte, instruye juiciosamente a su hijo Salomón: “Yo me voy por el camino de todos. Ten valor y sé hombre.” (I Reyes 2:2). No hay por qué protestar. Se necesitará de gran determinación para aceptar la pérdida, pero lo natural de esa muerte trae consigo el consuelo.

No es lo mismo cuando se extingue una vida prematuramente. Lo antinatural de una muerte joven intensifica nuestra pena. No se supone que los padres entierren a sus hijos. Lo que va en contra del orden natural de las cosas nos llena de confusión. Tantas promesas incumplidas, tantas alegrías ahora inalcanzables.

Así es el destino de Aarón el día de su entrada en funciones. El Tabernáculo estaba a punto de ser inaugurado como la residencia terrenal de Dios. Un fuego divino se acababa de encender dentro de la Tienda de Reunión para consumir la ofrenda de Aarón en el altar, como símbolo no solo del favor de Dios sino también del hecho de que el fuego del culto no tenía origen humano. En este momento tan esperado de reconciliación entre lo divino y lo humano, Nadab y Abihu, dos de los cuatro hijos de Aarón, dieron un paso en falso. Dominados por la envidia o por el entusiasmo, se introdujeron en el drama que se desarrollaba con un fuego hecho por ellos. Pero esta vez el fuego de la Tienda se abalanzó sobre ellos y los incineró a los dos, transformando el triunfo en tragedia con inesperada brusquedad.

La severa reprimenda de Moisés de seguro agravó aún más el estado de shock de Aarón: “Entre los cercanos a mí mostraré mi santidad. y ante la faz del pueblo manifestaré mi gloria” (Lev. 10:3).

Frente a semejante calamidad, la única respuesta de Aarón fue el silencio: “Y Aarón guardó silencio” – tal vez el silencio más turbado de todas las Escrituras. ¿Era su silencio de sumisión o el de una angustia tan grande como imposible de expresar? Cuando Absalom, el hijo rebelde e inútil de David, fue asesinado ignominiosamente mientras huía, su padre desahogó toda su tristeza: “¡Hijo mío, Absalom!, ¡hijo mío, hijo mío, Absalom! ¡Quién me diera que hubiera yo muerto en lugar de ti, oh Absalom, hijo mío, hijo mío!” (II Samuel 19:1). Pero Aarón no dejó escapar ni siquiera un grito, a pesar de ser doble su pérdida.

El cuadro pintado por Edvard Munch en 1893, “El Grito”, nos viene a la mente. Una figura desolada parada sobre un puente, con el rostro contorsionado por el horror y las manos tapando sus oídos, tiembla en medio de un alarido cósmico, sugerido por un paisaje ondulante en intensos colores. Munch describió la experiencia tras la obra de arte: Caminaba una tarde por un camino; a un lado estaba el pueblo y debajo los acantilados. Estaba cansado y enfermo. Me detuve a observar el acantilado; el sol se ocultaba; las nubes de color rojo; como sangre. Sentí como si un grito traspasara la naturaleza. Pensé haber escuchado un grito. Pinté este cuadro; pinté las nubes del color de la sangre. Los colores gritaban.

Así es como me imagino a Aarón ante sus hijos caídos, espantado y petrificado por el caos que envolvió al Tabernáculo.

¿Cómo evitamos traspasar los límites? Muchos siglos después de Aarón, Rabí Iojanan ben Zakai, quien reestableció el judaísmo sobre la base de un un libro, décadas después de la destrucción del Segundo Templo, también perdió un hijo. Tenía una cohorte de cinco estudiantes destacados, que se convertirían en los maestros de la Torá de la siguiente generación. Cada uno de ellos visitó a Rabí Iojanan para consolarlo en su dolor. Los primeros cuatro lo hicieron de la misma manera, relatando uno de diversos relatos bíblicos en los que un padre pierde a uno o más de sus hijos y a pesar de ello no se muestran desconsolados, desde Adán a Job pasando por Aarón y David. Así como cada uno de estos personajes recobraron el equilibrio al permitir ser consolados, así mismo debiera hacer Rabí Iojanan. Pero las cuatro veces se rehusó a encontrar consuelo en la desgracia de otros: “¿No es suficiente que llore mi pena, para que ustedes me recuerden la pena de otros?”

Finalmente, Rabí Eleazar ben Arak entró y se sentó frente a su maestro. “Te contaré una parábola: ¿Con qué se puede comparar esto? Con un hombre a quien el rey confió un objeto. Todos los días el hombre lloraría y clamaría, diciendo: ‘¡Desgraciado de mí! ¿Cuándo me veré libre de esta confianza y en paz?’ Tú también, maestro, tú tenías un hijo: él estudió la Torá, los Profetas, las Sagradas Escrituras; estudió Mishná, Halajá, Agadá, y partió del mundo sin pecado alguno. Y tú debieras sentirte consolado al haber devuelto sin tacha aquello que se te había confiado.”

Rabí Iojanan le contestó: “¡Rabí Eleazar, hijo mío, tú me has confortado de la forma en que la gente debiera confortar!” (Avot de Rabí Natan, traducido por Judah Goldin, 76-77).

Más de un milenio después, este reconfortante relato le proporcionó gran consuelo a Glückel de Hameln cuando perdió a su hija de tres años, Mate. Nacida en 1646, comenzó a escribir sus memorias justificadamente famosas en 1690, tras la muerte de su primer marido Jaim
de Hameln, “para espantar la melancolía que viene con las largas noches”. Habían contraído matrimonio cuando Glückel tenía catorce años y durante los siguientes 30 años, parió un hijo prácticamente cada dos años. Por increíble que parezca, de sus trece hijos todos vivieron y se casaron, excepto Mate. La muerte de Mate entristeció tanto a Glückel y a Jaim que ambos cayeron enfermos. En su batalla contra la desesperación, ella se recobró gracias al relato de Rabí Iojanan ben Zakai. Años después dejaría por escrito la sabiduría que ganó con su trauma.

Todos nosotros sufrimos pérdidas amargas, pero más que ayudarnos, la pena y el duelo solo perjudican nuestro cuerpo y debilitan nuestro espíritu. Y nadie que esté deprimido en su cuerpo puede adorar a Dios como es debido. Cuando los profetas de antaño invitaban al espíritu del Señor a presentarse ante ellos, tocaban el tambor, la flauta y el arpa para regocijar sus miembros, pues el espíritu del Señor aparece lentamente cuando el cuerpo se siente enfermo.

En el análisis final, lo único que evita que caigamos en la locura es la creencia inamovible en la providencia. El mundo no carece de un hacedor ni nuestras vidas carecen de propósito. Siempre y cuando se mantenga este marco, podremos soportar las pruebas que se nos presenten. La fe nos llena cuando nuestro entendimiento nos falla. Cuando Job recibió la noticia del acto de la naturaleza que mató a todos sus hijos, se volvió loco de pesar. Rasgó sus vestiduras, se rapó el pelo y se lanzó a tierra. Pero aún así tuvo la suficiente compostura como para orar: “Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo volveré allá: el Señor me ha dado y el Señor me ha quitado: bendito sea el Nombre del Señor” (1:21). El ritual mantuvo a raya al caos. Y hasta el día de hoy, los judíos recitan las palabras de Job, “el Señor me ha dado y el Señor me ha quitado”, mientras se desgarra la prenda del doliente justo antes del servicio funerario. Un único Dios, omnipresente y solícito, permite que desahoguemos nuestra ira aun cuando estemos obligados a alabarlo. El silencio de Aarón no es una virtud.

Shabat Shalom.

Ismar Schorsch

 

La publicación y distribución del comentario del Dr. Schorsch de Parashat Shmini ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

La traducción del comentario de Parashat Hashavua del Rabino Dr. Ismar Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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