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Comentarios sobre la Torah del Canciller Schorsch |
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E R E S H I T
5 7 6 2 Génesis
1:1 - 6:8 Este comentario apareció originalmente en 1999.
El
primer capítulo de un libro es a menudo el último que se escribe. Al principio, el autor puede no tener una visión
muy clara de la obra. Escribir es la etapa
final del pensamiento y muchos cambios en el orden, énfasis e interpretación
son el producto de batallar con un revoltijo de material. Solo cuando ya todo está en su lugar, pareciera
aclararse el tipo de introducción que la obra reclama. A
menudo pienso que así fue como la Torá comenzó, haciendo un retrato austero y
majestuoso de la creación del cosmos. Un
acto de percepción retrospectivo añadió un segundo
relato de la
creación. Uno, en la forma del capítulo
dos, que comienza más narrativamente con la historia de
la tierra y de sus primeros habitantes, habría sido suficiente, especialmente al dejar en
claro que el mal brotó de la debilidad humana. Todo
lo demás es realmente secundario. Me
gustaría sugerir que la inclusión de una segunda historia de la creación desde una
perspectiva cósmica, con toda su redundancia poco elegante y sus contradicciones, fué
provocada por la necesidad de paliar una falla profunda que apareció dentro del legado
cada vez más grande de textos sagrados, que eventualmente constituyeron la Biblia Hebrea. El despliegue canónico se expresó mediante
distintas voces. El
capítulo uno de Génesis tenía la intención de reconciliar puntos de vista conflictivos
acerca del mundo natural. ¿La reverencia por la naturaleza desemboca en la idolatría o
en el monoteísmo? La
primera posición se identifica con la Torá, los primeros cinco libros de Moisés, donde
se exhibe una penetrante y profunda sospecha hacia el mundo de la naturaleza. Dios, por su carácter trascendente, no debe ser
buscado ni experimentado entre las maravillas de la naturaleza. Ese es el mensaje de alerta del segundo de los
Diez Mandamientos. La prohibición tajante de
hacer imágenes representando fenómenos naturales es una protección contra la
idolatría, contra la posibilidad de comenzar a adorar el símbolo mismo en lugar de lo
que éste representa. El Deuteronomio
insiste, en un largo discurso sobre la revelación pública en el Monte Sinaí, que la
experiencia fué totalmente auditiva. Dios no
asumió ninguna forma visible y por lo tanto, no sea que alces tus ojos a los
cielos, y veas el sol, y la luna, y las estrellas, con todo el ejército de los cielos, y
seas impulsado a postrarte ante ellos y darles culto; cosas que el Señor, tu Dios, ha
dado como porción suya a todas las naciones debajo de todos los cielos. (4:19) Queda
claro, entonces, que la adoración de cualquier deidad astral sería castigada con la
lapidación, como se afirma en el Deuteronomio más adelante, (17:3-7). Con
la naturaleza fuera de nuestros límites, como el dominio de la religión pagana, la Torá
le concede a la historia el privilegio de ser el único reino válido donde descubrir el
poder y la compasión de Dios. El primero de
los Diez Mandamientos afirma contundentemente la existencia de Dios haciendo referencia a
la redención de Egipto, un acontecimiento que se convertiría, no por casualidad, en la
esencia misma de la conciencia religiosa de los israelitas.
Del mismo modo, el Éxodo y el viaje en el desierto proporcionaron una capa
de validación histórica a los antiguos festivales agrícolas de Pésaj y de Sukot. Algo aún más sorprendente, el sacrificio anual
de los primeros frutos en el santuario central por parte de campesinos agradecidos, se
convirtió en la oportunidad no de ofrecer una oración de agradecimiento por la
abiundancia de las cosechas de la tierra, sino más bien de ofrecer una sinopsis de profesión de fe de la antigua
historia de los israelitas, que culmina con la promesa de Dios de una tierra que
mana leche y miel (Deut. 26:1-10, actualmente parte de la Hagadá de Pésaj. En
resumen, las maravillosas proezas de Dios (niflaot)
se manifiestan, no en trabajos sublimes de la naturaleza, sino en milagros que marcan el
curso de la historia (por ejemplo Ex. 3:20, 15:12, 34:10, Jueces 6:13, Salmos 96:3, 98:1,
106:7, 107:8). No
obstante, la segunda posición, con su apego a la naturaleza como un camino válido para
llegar al Dios de Israel, no queda eliminada totalmente con la preferencia por la
historia. Se refugia en la tercera sección
de la Biblia Hebrea, en los Escritos, donde se atreve a celebrar la grandeza y el misterio
de la mano omnipresente de Dios en la naturaleza. En
directa oposición a la admonición en el Deuteronomio, el autor del Salmo 8 exclama: Cuando contemplo Tus cielos, obra de Tus
dedos, la luna y las estrellas que Tú estableciste, ¿qué es el hombre para que tengas de él memoria?
(versos 4-5). De igual manera, el autor del
Salmo 19 clama: Los cielos cuentan la
gloria de Dios, y el firmamento manifiesta la obra de Sus manos (verso 2). En estos sentimientos no hay el menor indicio de
ansiedad de que la contemplación de la naturaleza pudiera
seducirnos a abandonar el monoteísmo puro (Job 31:26-27). Del
mismo modo, el libro de Job es la articulación más extensa de asombro extremo ante el
Dios de la naturaleza de la Biblia Hebrea. El
tema se introduce muy pronto, cuando Job define a Dios como el que hace cosas
grandes e insondables, maravillas sin número (Job 5:9), donde la palabra
maravillas (niflaot) se expande
ahora para incluir a las maravillas de la naturaleza (como lo hace también en el Salmo
136:3) Ante todo, es la sublimidad absoluta
de la naturaleza desplegada por Dios, en un gran final que hace a Job humillarse en un
silencio pasmado. El sufrimiento infinito de
los humanos no es resultado de un mero caos sino mas bien de un grado de orden que por
siempre excederá la comprensión humana.
Teniendo en cuenta esta polaridad de puntos de vista sobre el mundo natural, ya sea
como peligrosa o edificante, veo en el capítulo introductorio del Génesis un intento
anticipatorio de reconciliación. La
ambivalencia hacia la naturaleza se supera al imaginar un acto supremo de voluntad divina. Un universo creado es un milagro, porque se
origina en un punto específico del tiempo, y es bueno porque es obra de Dios. Al integrar la naturaleza al reino de la historia,
la creación señala a un Señor Hacedor de Milagros (adon ha-niflaot,
nombre rabínico para Dios que aparece en el Sidur), cuyos cuidados animan
tanto el mundo de la naturaleza como el de la humanidad.
De hecho, el primer capítulo del Génesis no es más que una
reconciliación efímera y precaria, necesitada de renovación periódica dentro de la
larga historia del judaísmo, y nunca tanto como en nuestros días. Shabat
shalom u-mevoraj, Ismar
Schorsch
La publicación y
distribución del comentario de Bereshit del Dr. Schorsch ha sido posible gracias a la
donación generosa de Rita Dee y Harold (zl) Hassenfeld. Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación Bnei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. |
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