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PARASHAT NASÓ 5762
25 de mayo, 2002         14 de sivan, 5762
Bemidvar-Números 4:21-7:89
Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum
  

El pronunciado y atemorizante giro hacia la derecha que se está dando en Europa Occidental proviene de diversas fuentes. Pero lo que alimenta a todas ellas es el poder residual de la nación-estado como factor determinante en la identidad étnica. Los mega-cambios en la inmigración, globalización y unificación europea han desatado en más de uno un temor profundamente enraizado por la pérdida de su carácter nacional. Al principio estas tendencias se consideraron el contrapeso lógico al nacionalismo extremo al que la nación-estado se inclinó durante el siglo veinte. Sin embargo, la identidad política se mantiene testarudamente local, una función de la disminuida realidad de la nación-estado. Las estructuras profundas no son susceptibles al cambio fácil, aún cuando se hayan convertido en algo claramente disfuncional.

Esta es también la modesta lección de la temprana historia del pueblo judío. La experiencia de opresión en Egipto y la revelación en el Sinaí le había conferido a los israelitas un sentimiento profundo de propósito nacional, pero no así la organización política capaz de confrontar los retos de la existencia como estado en una región constantemente arruinada por levantamientos. Con el tiempo, la confederación tribal imaginada, especialmente en el libro de Números, probó ser una deuda política. Su carácter descentralizado frustró la unidad nacional y el gobierno fuertemente centralizado, necesarios para llevar a cabo la conquista de Canaán y proteger a la entidad israelita asentada allí. La aparición de un formidable enemigo encarnado en los filisteos subrayó la urgencia de una reforma política con la que forjar un instrumento más efectivo de política exterior. Pero la monarquía resultante se desbarató en alianzas tribales insuperables. En efecto, las grietas tribales que atormentaron al cuerpo político israelita durante todo el período del Primer Templo no fueron superadas sino hasta la restauración de Jerusalem como un pequeño estado por los persas, al final del siglo VI a.e.c, después del exilio de Babilonia y la desaparición de las diez tribus.

En mi opinión, este importante asunto político, y no la institución ascética de los nazareos, es lo que une la parashá y la haftará de esta  semana. El libro de Jueces nos trae el epitafio del orden político descrito en Números. Ni siquiera el carisma de la figura de Sansón pudo arrancar el control de Canaán de las manos de los filisteos.

En Números, la unidad política básica es la tribu. Comienza con un listado de los doce nombres de los líderes tribales (1:5-15) y, al final de nuestra parashá, a cada uno se le concede el honor de contar con su propio día especial parar dedicar su ofrenda en el altar del Tabernáculo. Aunque todos los sacrificios son idénticos, se anuncian en forma separada. La repetición sirve para acentuar el punto de que la tribu es la roca fundamental de la nación (7:10-83).

En forma similar, el censo hecho antes de dejar el Monte Sinaí también se hace en forma tribal, con Judá siendo el que cuenta con más hombres, 74,600, en edad militar (1:20-42); igual es la formación del campamento mientras viajan (capítulo 2). El reacomodo de la tribu de Leví para reemplazar a los primogénitos israelitas en el transporte del Tabernáculo, es también otro ejemplo del triunfo del principio tribal (capítulo 3). Políticamente, la anticuada idea de enrolar a todos los primogénitos israelitas habría atravesado las líneas tribales, añadiendo un factor de cohesión. Pero Números no va más allá de un paradigma de tribus distintas con un ancestro común, unidas por un centro de culto compartido.

Con el auspicioso nacimiento de Sansón, la haftará nos introduce en la desordenada época del asentamiento israelita en Canaán tras la muerte de Josué. Anunciado a sus padres por un ángel, Sansón está destinado a vivir la vida de un nazareo asceta. Pero la inmensa fuerza física que se deriva de ese estatus es desperdiciada en la concupiscencia y la frivolidad. En lugar de liberar a los israelitas del yugo de los filisteos, cae víctima de las seducciones de sus mujeres. La Mishná comenta que su destino hizo juego con su conducta. Cuando los filisteos finalmente lo capturan, lo dejan ciego porque por sus ojos fue que cayó (Sotá 1:7). La insignificancia de su reinado de veinte años como juez, sobre el que no escuchamos ni una palabra, es acentuada por el hecho conciso de que al destruir el templo de Dagón, lleno hasta no dar más de filisteos en juerga, Sansón mató a más con su muerte que en toda su vida (Jueces 16:30). Tristemente, al no dejar nada perdurable, ni para su tribu (Dan) ni para la nación, desperdició una gran oportunidad para el cambio institucional.

Pero Sansón es tan solo uno de trece jefes cuyas efímeras hazañas se relatan en el libro de los Jueces. En este período las instituciones de auto-gobierno casi no operan y la unificación en pro de un bien común es poco frecuente. El libro comienza con una descripción de la conquista por completo diferente a la de Josué, es decir, ni coordinada ni arrolladora ni rápida. Según Jueces, cada tribu actuó por sí sola, apoderándose de cualquier territorio que pudiera. Grandes extensiones de tierra permanecieron en manos de los nativos (capítulo 1), y la tribu de Dan terminó sin territorio alguno (capítulo 18). Cuando Debora y Barak marcharon sobre Sisra, su ejército de 10,000 hombres no incluía ningún contingente de las tribus de Rubén, Gad y Asher (5:15-17). En ocasiones, las tribus hasta se trabaron en salvajes luchas entre ellas. La última línea del libro transmite el punto de vista del autor y el caos del momento: "En aquellos días no había rey en Israel; cada cual hacía lo que era recto a sus propios ojos." (21:25)

La creación de una monarquía unida bajo el mando de Saúl, de la tribu de Benjamín, fortaleció a los israelitas frente a los filisteos, aunque hizo poco por reducir las fallas internas. Las lealtades tribales todavía flotaban debajo de la superficie del horizonte político. Con la ascensión de David al trono, la tribu de Judá, al sur, ocupó un papel dominante, aunque solo temporalmente. A pesar de los enormes gastos por reconfigurar el centro de gravedad político y religioso de la nación en la ciudad de Jerusalén, conquistada recientemente, la Casa de David gobernó solamente 80 años, hasta que las brechas entre las tribus volvieron a reafirmarse. En vano Rejoboam, hijo de Salomón, se hizo proclamar rey de Samaria. Las diez tribus del norte rechazaron su mandato, quedando solo la poderosa tribu de Judá leal al linaje de David, sito en Jerusalén. Desde entonces, dos reinos israelitas, la expresión política de los intereses tribales en conflicto (y a menudo en guerra entre ellas), dividió el hogar ancestral de la tierra prometida. Ni el patrimonio religioso compartido ni los enemigos comunes fueron capaces de sobreponerse a las profundas estructuras de la identidad tribal. Aparte de una sagacidad y paciencia extraordinarias, el cambio institucional generalmente requiere de un empujón desde afuera.

Shabbat Shalom.

Ismar Schorsch

 

La publicación y distribución del comentario del Dr. Schorsch de Shavuot ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

La traducción del comentario de Parashat Hashavua del Rabino Dr. Ismar Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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