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SUCOT 5763
21 de septiembre, 2002

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum  

Cuando era un chiquillo en las calles de la pequeña América, en la década de los 40, la única sucá que había en el barrio estaba detrás de la sinagoga. Funcionaba para la congregación completa. Hasta mi padre, rabino de la sinagoga conservadora y observador devoto, nunca se le ocurrió pensar que podía construir una sucá en su propio patio. En aquellos días, la gente tenía menos tiempo para los rituales domésticos, y trataba de evitar cualquier exhibición pública de su judaísmo. La sinagoga en Pottstown, una estructura grande, elegante y con estilo de basílica, en la calle principal, se había convertido en el último ruedo de la expresión judía individual y colectiva.

Lo mismo con el Lulav y el Etrog; 2 o 3 pares en la sinagoga para el rabino, el cantor y los laicos interesados. A nadie se le hubiera ocurrido adquirir un set personal, tal vez por el precio, aunque sospecho que la razón más poderosa era que el judaísmo se había ido reduciendo cada vez más a ser una religión hecha por otros para uno.

La celebración de la fiesta de Sucot en América 50 o 60 años después es un notable testimonio del resurgimiento del judaísmo tradicional. Los barrios judíos nadan en sucot familiares, y cada vez son más las sinagogas que durante el Halel, semejan un mar de palmas. La ironía es exquisita: si una vez la ausencia de sucot en las familias fue el reflejo de nuestra incomodidad frente a un poco de antisemitismo, hoy, la profusión de cabañas, que simbolizan la falta de hogar del antiguo Israel en el
desierto, son testimonio de nuestro sentimiento de “estar en casa”. Ya no hay necesidad de mantener un perfil bajo.

En lo que respecta a la religión, la reapropiación de la sucá y el lulav por judíos individuales demuestra un renacimiento de nuestra sensibilidad religiosa. Un judaísmo ejecutado para nosotros por sustitutos nunca producirá una satisfacción profunda. El pagarle a alguien para que recite el Kadish por un ser querido despoja al ritual de todo su valor religioso. O como dijo Salomón Schechter en un contexto parecido: “No podemos hacer que nos escriban nuestras cartas de amor. Debemos escribirlas nosotros mismos, aun arriesgándonos a cometer errores gramaticales” (Seminary Addresses, p. 242). La metáfora se aplica porque el ritual es un lenguaje, el medio para comunicarnos con Dios. No puede funcionar para nosotros a menos que tratemos de hablarlo. La perfección viene con persistencia.

Pero déjenme profundizar un poco más. ¿Cómo funciona realmente el lenguaje? Cada vez que cumplimos con un acto ritual en el judaísmo, recitamos una bendición apropiada para ese momento. La mayoría de estas bendiciones comienzan de la misma manera: “Baruj Atá ... asher kidshanu bemitzvotav ...,” que yo traduciría como: “Bendito eres Tú, Señor Dios nuestro, Rey del universo, quien nos has santificado con actos de santidad ...” Así, por ejemplo, cuando nos sentamos a comer en la sucá, recitamos la siguiente bendición: “Bendito eres Tú, Señor Dios nuestro, Rey del universo, quien nos has santificado con actos de santidad, al ordenarnos morar (temporalmente) en la sucá.” El punto de mi traducción es subrayar el ritual como un acto mediante el cual podemos alcanzar un estado de santidad. La entrada de Dios en nuestras vidas comienza con nosotros. Las mitzvot encarnan la voluntad de Dios como la percibe el judaísmo, un lenguaje de hechos, antiguo, sagrado, que nos eleva sobre el ronco torrente de la vida de todos los días. Tocados por la santidad, comenzamos a sentir una realidad normalmente fuera de nuestro alcance.

La dinámica de esta experiencia interactiva es descrita vívidamente por los Rabinos en explicaciones muy profundas de varios versículos bíblicos. El primer verso declara: “Con los arrogantes es también arrogante, otorga su favor a los humildes. ” (Proverbios 3:34). Resh Laqish explica este versículo como: “a aquellos que van a profanarse a sí mismos (los arrogantes), Dios les abre la puerta, pero a aquellos que van a purificarse a sí mismos (los humildes), Dios les ayuda.” Según esta interpretación, el versícula trata de nuestra intención antes de un acto específico y no de lo que nos puede suceder después de hacer el acto. Si lo que buscamos es el pecado, Dios no nos detendrá, pero Dios nos ayudará si lo que queremos es dejar entrar un poco de santidad en nuestras vidas. En otras palabras,
Dios sigue nuestras instrucciones.

Como de costumbre, el Talmud agrega una analogía sacada de la vida cotidiana para aclarar aún más el punto. Un mercader en particular comercia con nafta y bálsamo. Al cliente que desea comprar nafta, le dice: “Mide la cantidad tú mismo (por su espantoso olor).” Pero al cliente que quiere comprar bálsamo, le dice: “Ven y lo medimos juntos para que ambos podamos disfrutar de su dulce aroma.”

Otro versículo en este pasaje talmúdico nos lleva a la misma idea. Resume en poquísimas palabras las razones para las leyes dietéticas en el Levítico: “Os santificaréis, y seréis santos” (11:44). El Talmud explica este versículo diciendo que si nos proponemos elevar nuestras vidas con una muestra de santidad, nos encontraremos nadando en santidad. O en otras palabras, si nosotros aquí nos santificamos un poco, Dios añadirá desmesuradamente a nuestra santidad desde arriba (Talmud, Ioma 38b-39a). En los dos casos el versículo del Levítico se lee en forma secuencial, o mejor aún, recíprocamente, esto es, si iniciamos nuestra búsqueda de santidad (“os santificaréis”) entonces Dios intervendrá para ayudarnos a alcanzar nuestra meta (“seréis santos”).

En pocas palabras, la gracia en el judaísmo no es inmerecida. Si damos el primer paso, Dios saldrá a encontrarnos a mitad del camino. Los actos rituales crean un escenario de santidad en el que la presencia de Dios se torna palpable. El ritual es una calle de dos vías donde el Yo y el Tú se
encuentran. En la vida de los cabalistas medievales, estas lecturas rabínicas jugaron un papel importante. Lo que ellos hacían en la tierra ponía a los cielos en movimiento. Los Rabinos no fueron tan lejos. Dios espera que el hombre tome la iniciativa. Sin Su ayuda, no llegaríamos muy lejos. De aquí que le demos gracias a Dios, “que nos ha santificado con actos de santidad”. La vida religiosa no es un monólogo. Al cumplir con la mitzvá, sentimos una infusión de santidad que se mezcla con la nuestra.

Shabat shalom veJag saméaj,

Ismar Schorsch

La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch de SUCOT ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

 
La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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