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SHEMINI ATZERET - SIMJAT TORÁ 5763
28 de septiembre, 2002

Por el Rabino Dr. Ismar Schorsch,
Rector del Jewish Theological Seminary

Traducción de Inés Baum  

Mi padre murió hace 20 años. Nunca me ha costado recordar el día de su yohrztait, pues es un día después del día fijado por el Talmud para la muerte de Moisés (Talmud, Kidushin 38a). Moisés murió el 7 de Adar, último mes del calendario bíblico judío, y mi padre el 8. Así, la fecha hebrea de la muerte de mi padre siempre estará anclada en mi memoria por su proximidad a la fecha tradicional de la muerte de Moisés. Por lo mismo, esa convergencia ha reforzado para mí el yohrtzait de Moisés, que pasa casi inadvertido en la mayoría de los calendarios judíos.

Mi padre no murió por un beso del cielo (bi-neshiká). La imagen final que tenemos de Moisés cuando asciende el Monte Nebo para morir a solas es la de un hombre cuyos ojos "no se apagaron y cuyo vigor "no se había debilitado" (Deut. 34:7). Fue la voluntad de Dios que su vida terminara en este punto, y los Rabinos explican la frase "al pi ha-shem" no metafóricamente como "por orden de Dios", sino en forma literal: "por boca de Dios", esto es, por un beso. El término Neshiká llegó a significar con el tiempo una muerte sin sufrimiento. La muerte de mi padre fue dolorosa y poco heroica. Él se
alejó de nosotros emocionalmente antes de morir físicamente. Pero el tiempo equilibra la balanza. Lo que recuerdo es su vida.

Lo que me une a Moisés es la manera en que mi padre vivió. Él también fue "un siervo de Dios" (Deut. 34:5). En una época en que la industria, la burocracia y la ideología magnificaron los horrores que los humanos podían infligirse unos a otros, el judaísmo fue el sostén de su vida y el rabinato un llamado. Su profunda fe consoló a muchas almas descarriadas. Ni la desesperación ni el escepticismo pudieron minar su amor por "la Enseñanza (Torá) que nos encargó Moshé, herencia será de la congregación de Iaakov" (Deut. 33:4). No tengo idea de si este versículo, con su tono afirmativo de orgullo y propiedad, sería el primero que aprendió mi padre en el regazo de su padre, como lo instruyen los Rabinos (Talmud Sucá 42a), pero lo que sí es cierto es que fue su punto de Arquímedes desde el cual organizó el mundo a su alrededor.

La imaginación rabínica adorna la austeridad del capítulo final de la Torá. Moisés murió en la cima del Monte Nebo, solo. ¿Quién, entonces, lo enterró? El verbo "Él le enterró" (34:6) es atormentadoramente vago. Ibn Ezra, racionalista de corazón, defiende la posición de que Moisés entró a una cueva para esperar su muerte, o sea, se enterró a sí mismo. Rashi, más inclinado al misticismo, prefiere la idea de que no fue otro sino Dios quien enterró a Moisés. La base para esta pretensión tan extravagante es la convicción de los Rabinos de que los asuntos humanos están gobernados por el principio moral de medida por medida. El acto de bondad de Dios fue la recompensa de Moisés por un acto suyo de bondad equivalente. Antes de la precipitada partida de los israelitas de Egipto, Moisés se detuvo a exhumar los huesos de José para enterrarlos en Canaán. El ego no lo detuvo a la hora de hacer un acto de compasión por debajo de su dignidad. En consecuencia Moisés, que a pesar de ser el personaje más importante se dignó a desenterrar a José, mereció ser atendido por Dios a la hora de su muerte (Mishná Sotá 1:9).

El acto de bondad no solicitada de Dios hacia Moisés dio pie a otro midrash para afirmar que la Torá termina con la misma generosidad de espíritu con la que empezó. Considerando que Dios interviene al final para prevenir que el cadáver de Moisés sea profanado por los seres de la naturaleza, al principio de la odisea humana, Dios viste a Adán y Eva con pieles antes de expulsarlos del jardín del Edén (Génesis 3:21). Esa narración circular señala la importancia suprema de los actos espontáneos de bondad pura (guemilut jasadim). Para que los humanos se parezcan a Dios deben ennoblecer su comportamiento hacia los demás. Al final, el judaísmo condesciende a elevar la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Pero la verdad es que la narración final de la Torá no necesita de ningún adorno midráshico. El simple significado del texto está lleno de contenido. La Torá elige terminar en una forma sobria más que triunfante. No solo Moisés muere a punto de completar la tarea que le absorbió los últimos 40 años de su vida, sino que su pueblo continúa en el exilio. Si nosotros fuéramos los autores del episodio final, lo más probable es que hubiéramos terminado la narración con la conquista de Canaán. Dios, de modo conmovedor, le concede a Moisés no más que una visión despejada de la arrebatadora vista que se convertirá en la patria del pueblo que él forjó en nación. Pero la realidad tiene una manera para empañar nuestros sueños. Como lo demostraría la historia, conquistar es más fácil que gobernar. Los
profetas son un recordatorio constante de cuán raramente las instituciones políticas y religiosas del antiguo Israel lograron la visión que les dio origen.

El más grande de estos iconoclastas fue Moisés. Y sin embargo a la posteridad se le negó todo conocimiento de su tumba. Sus palabras y sus actos son su única lápida. La Torá considera la magia como un anatema, porque compromete la soberanía de Dios. Moisés había advertido con anterioridad: "No se halle entre los tuyos quien haga pasar a su hijo o su hija por el fuego, ni quien practique la adivinación, ni quien observe agüeros por las nubes, ni encantador, ni hechicero, ni sortílego, ni quien
pregunte a espíritus, ni mago, ni quien consulte a los muertos" (Deut. 18:10-11). La sencilla coreografía de su muerte se apega a esta advertencia. Nuestra veneración por Moisés no debe ser expresada con peregrinajes o necromancia sino con la conducción de nuestras vidas de acuerdo a sus mandamientos. Mientras nuestra conciencia sea el hogar para sus palabras y sus actos, Moisés vivirá más allá de la tumba.

Shabat shalom veJag sameaj,

Ismar Schorsch

La publicación y distribución del comentario del Rabino Schorsch de SHEMINI ATZERET ha sido posible gracias a la generosa donación de Rita Dee y Harold (z"l) Hassenfeld.

 
La traducción del comentario de la Parashá del Rabino Schorsch es realizada por la Unión de Congregaciones Judías de Latinoamérica y El Caribe www.ujcl.org

Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

Para suscribirse o dejar de recibir el comentario de la parasha del Rabino Dr. Schorsch envíennos un e-mail a UJCL_parasha@yahoo.com. Si quiere dedicar la traducción en memoria de un ser querido o en honor de  algun acontecimiento familiar. Escríbanos a UJCL_parasha@yahoo.com

Este comentario ha sido traducido por la Unión Judía de Congregaciones de Latino América y el Caribe, con autorización del Dr. Ismar Schorsch, Rector del Seminario Judío de Teología. Esta versión en español no ha sido supervisada por el Dr. Schorsch. Traducido por Inés Baum, de la Congregación B’nei Israel, Costa Rica - Revisado por el Rabino Gustavo Kraselnik, de la Comunidad Israelita de El Salvador. Puede leer la versión original en ingles, en este mismo website. Esta traducción puede ser reproducida citando su origen.

 

 

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